El “Templo” nuevo y definitivo
“Se acercaba la pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Entonces hizo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes, desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los vendedores de palomas: “Quitad esto de aquí. No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado”.
Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu casa me devorará. Los judíos entonces le dijeron: “¿Qué signo puedes darnos que justifique que puedes obrar así?”. Jesús les respondió: “Destruid este santuario y en tres días lo levantaré”. Los judíos le contestaron: “Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” Pero él hablaba del santuario de su cuerpo. Cuando fue levantado de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de esto que había dicho, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había pronunciado Jesús. Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos; y no necesitaba que alguien le dijera cómo son las personas, pues él conocía lo que hay en el ser humano”.
(Evangelio según san Juan [Jn 2,13-25]; 3er Domingo de Cuaresma)
Expresiones como “la expulsión de los vendedores del templo” o “la purificación del templo” son títulos que, desde la perspectiva joánica, supone ignorar la diferencia entre el cuarto evangelio y la tradición sinóptica.
El autor del Evangelio reproduce el relato pero añade una palabra profética de Jesús que corresponde (audazmente), en lo esencial, a lo que los falsos testigos atribuyen a Jesús durante el proceso ante el Sanedrín: Nosotros le oímos decir: Yo destruiré este Santuario hecho por hombres y en tres días edificaré otro no hecho por hombres (Mc 14,58). El evangelista recoge las tradiciones y produce un relato unificado con una densidad teológica excepcional.
Respecto a la ubicación del texto hay ya una diferencia notoria. En el Evangelio de Juan se sitúa al inicio del ministerio. En los sinópticos después de la entrada a Jerusalén. Tenemos entonces un desplazamiento: ¿Por qué? Porque se trata del Cordero de Dios que viene a purificar el templo.
Así, tenemos en Mal 3,1-3: “He aquí que envío a mi mensajero a allanar el camino delante de mí, y enseguida vendrá a su templo el Señor a quien vosotros buscáis; y el Ángel de la alianza que tanto deseáis, ya llega, dice Yahvéh Sebaot. ¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿Quién se tendrá en pie cuando aparezca? Porque será como fuego de fundidor y lejía de lavandero. Se sentará para fundir y purgar.
Purificará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata; y serán quienes presentan a Yahvéh oblaciones legítimas”. De esta profecía, los sinópticos citaron solo el exordio: “He aquí que envío a mi mensajero a allanar el camino delante de mí”. Cita el exordio pero, además, lo aplica a la predicación del Bautista. Jesús purifica el templo de Israel en donde Dios quiso habitar. Lo purifica para anunciar el templo nuevo que es él mismo. En su humanidad y después de la resurrección para todos los que creen en él.
Solemnidad
El episodio se sitúa en una de las dos pascuas. La pascua evoca solemnidad, subida a Jerusalén, peregrinación, en consecuencia, ambiente cultual, festivo. Si Jesús “sube” a Jerusalén es para dirigirse al templo. El templo constituye el corazón de la vida de Israel. Consta de dos partes fundamentales: el recinto (hieron) y el santuario propiamente dicho (naós). Aquí, en el naós, se realizan los sacrificios, la liturgia, las celebraciones.
En la historia, se dio origen a prácticas no piadosas en el templo, prácticas mercantilistas con fines crematísticos, compra-venta de productos, animales y actividad cambiaria. En los vv. 14-16, Jesús “purifica” el templo como Mesías, dándole su verdadero significado, su verdadero sentido. Sensiblemente, el gesto de Jesús en los sinópticos es el mismo en el evangelio de Juan. Sin embargo, hay algunos matices que apuntan a la dramatización de la escena. Así, tenemos: Azote hecho con cuerdas; ausencia de los que compraban; no aparecen las palomas en la segunda mención.
Sí aparecen los bueyes y las ovejas. ¿Por qué? Bueyes y ovejas son animales de sacrificio en orden al rito, al culto, a la purificación. Así, el Cordero no solo pone orden y purifica sino que, además, suprime los ritos sacrificiales. Su gesto viene a ser una anticipación del paso de un orden cultual a un orden personal: No más sacrificios prescritos por la ley sino por el don de sí. Jesús es el que va a reconciliar en sí a Israel.
De esta manera, se tiende a identificar el templo con el cuerpo. Jesús cumple en sí la función que cumplía el templo. La palabra que acompaña al gesto difiere de los sinópticos. En efecto, los sinópticos hablan, según Is 56,7, de “casa de oración para todos los pueblos. El Evangelio de Juan se plantea una oposición entre “casa de mi Padre” y “casa de comercio”, según Zac 14,21: Ya no habrá mercaderes en la casa de YHWH de los Ejércitos aquel día. Pero Jesús dice: “Casa de mi Padre”. ¿Por qué? Porque el templo de Israel es para Jesús la casa de Dios en Israel. Por eso, nada, absolutamente nada, debe alterar su santidad.
Actitudes
Básicamente hay dos actitudes: la respuesta de los discípulos y la respuesta de los judíos. Los sinópticos presentan a Jesús como un reformador que apoyándose en una palabra profética, recuerda el verdadero sentido del culto. Por el contexto adquiere perfil de mesiánico al entrar en Jerusalén y entonces echa a los vendedores del templo; luego significara, por el episodio de la higuera seca, que va a morir un judaísmo que se ha hecho estéril. Interrogado sobre su autoridad, Jesús no responde (Mc 11,1-33).
Va a ser un falso testigo, al final del proceso, el que ve en una palabra inédita de Jesús, a cerca del templo, un motivo de acusación (libelo acusatorio) contra aquel que tenía pretensiones mesiánicas (Mc 14,58). El relato joánico no termina con el gesto en cuanto tal; señala a continuación una doble reacción: Gesto valiente para los discípulos; gesto criticable para los judíos. Con todo, ninguno de los dos grupos suscitan ninguna cuestión sobre el acto mismo; la atención de ambos grupos (favorable / desfavorable) se dirige al hombre. Los discípulos se acuerdan de un pasaje del Sal 69 donde el orante atribuye las persecuciones que sufre al “celo de tu casa que me ha devorado” (Sal 69,10; cf. v. 17).
Los judíos cuestionan a Jesús respecto a su autoridad. Requieren pruebas, signos que fundamenten sus obras (v. 18). Ellos, los judíos, se sitúan en el marco de una disputa. Exigen una prueba que legitime el gesto realizado. Al solicitar dicha prueba colocan el gesto en el ámbito profético cuya cualidad, tradicionalmente, se debería demostrar ante los demás. Jesús no satisface las exigencias y requerimientos judíos. Subraya el sentido actual del debate. Su palabra anuncia dos acontecimientos: la destrucción del Santuario; y la reedificación o reconstrucción del mismo.
La expresión “¡destruid!” no es una orden, no supone un imperativo que deba ser ejecutado. Se trata de un estilo profético conminatorio, como la expresión de Amós: ¡Acudid a Betel y pecad! (Am 4,4). Jesús invita a estigmatizar la relación entre devoción y pecado.
El pueblo elegido, que es de dura cerviz, facilitará la destrucción del templo. La destrucción del templo es consecuencia de la conducta pecadora del pueblo. Es lo que plantea el profeta Jeremías (cf. cap. 7). Si Jesús purifica el templo es porque le concede valor real. No lo critica como tal, como templo. Por eso, a la destrucción / purificación sigue la reconstrucción / reedificación (cf. 2 Sam 7,8).
La expresión “en tres días” adquiere en el Evangelio el sentido de brevedad, plazo breve que separa muerte de resurrección. “Tres días” es un tiempo escatológico. Los judíos se escandalizan. Descartan la interpretación escatológica. Su interpretación es según los criterios del mundo: 46 años / 3 días = resultado: absurdo. Por eso lo ridiculizan. Según la gematría a 46 le corresponde Adam, es decir, tiempo humano, tiempo de hombre.
En resumen
El cuerpo de Jesús es la habitación de Dios para los hombres. Así, en el templo (cuerpo) se manifestará en plenitud la gloria de Dios. Jesús es el constructor del templo futuro (“yo lo reedificaré”). Así, muerte y resurrección tiene su equivalente: La muerte se simboliza en el templo destruido, templo de piedra. La resurrección se significa en el templo reedificado, templo espiritual que es el templo escatológico (el Cordero del Apocalipsis).
En el v. 22 tenemos la interpretación del evangelista: Se accede al templo nuevo por la fe. El rechazo de la fe supone no acceder al templo nuevo. El itinerario pascual está significado emblemáticamente en los polos destrucción - construcción: esto es, la renovación de Israel donde solo habitarán los verdaderos adoradores. “Se acordaron”, dice el evangelista: la acogida de la palabra de Jesús se describe como dependiente de un “recuerdo”.
El verbo “acordarse” en el Evangelio de Juann se refiere a una profundización de la fe en Jesús, según el anuncio: El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre Enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará (hypomn?sei) todo lo que yo os he dicho (Jn 14,26).
De todas las instituciones religiosas de Israel, el templo de Jerusalén es la única -según la Biblia- que proviene de una iniciativa humana: fue David el que soñó con “levantar una casa a Yahvéh”. Pues bien, Dios no sancionó inmediatamente este proyecto, sino que respondió por medio del profeta Natán que le “construirá él mismo una casa”, es decir, una descendencia carnal. La misma palabra hebrea banah significa “construir” y “dar a luz”.
David sueña con una obra maestra de piedra; Dios piensa en una “casa” de carne, bien viva, a la que él mismo le asegurará la perennidad. De este modo queda establecida una relación entre los dos. ¿No significa esto que toda obra humana, por muy noble que sea, no tiene sentido más que con vistas a la persona humana? Así, la ofrenda cultual no tiene valor más que cuando favorece el servicio fraternal, cuando no hay divorcio alguno entre el culto y la vida