El océano ya no separa continentes, los conecta
Casi nadie sabe por dónde viaja realmente el internet. Abrimos el celular, enviamos un mensaje, hacemos una transferencia bancaria, vemos una serie en streaming o participamos en una videollamada internacional, y todo ocurre de manera automática. Para la mayoría de las personas, esa conexión invisible solo puede explicarse de una manera: los satélites. Miramos al cielo y asumimos que desde allí llega el internet. Pero la realidad es otra, mucho más física y mucho más profunda.
Desde la antigüedad, la humanidad ha imaginado civilizaciones completas ocultas bajo el mar. Platón hablaba de la Atlántida como una isla llena de riqueza, poder y conocimiento que se hundió en una sola noche. Durante siglos fue solo un mito. Hoy, sin embargo, existe una Atlántida real, no hecha de templos ni de oro, sino de cables, datos, información y riqueza digital; una civilización entera descansa silenciosamente bajo el océano sin que la mayoría dimensione su existencia.
De acuerdo con los mapas globales de telecomunicaciones elaborados por la consultora internacional TeleGeography, más del 95 por ciento del tráfico mundial de datos viaja por la red de cables submarinos y no por satélites. Lo que sostiene la economía digital, las finanzas, las comunicaciones y el comercio global no es una señal que baja del cielo, sino una infraestructura física que recorre el fondo de los océanos.
Los cables submarinos son sistemas de fibra óptica tendidos bajo el mar que conectan continentes entre sí. Por allí circulan los mensajes, las transferencias bancarias, las operaciones bursátiles, las plataformas digitales, el comercio electrónico y buena parte de las comunicaciones estatales. Los satélites cumplen un rol complementario en zonas remotas, uso militar o emergencias, pero no pueden sostener el volumen de datos que exige el mundo actual.
Detrás de esta red invisible existe una estructura organizada y altamente protegida. El International Cable Protection Committee, conocido como ICPC, reúne a gobiernos, operadores y expertos para coordinar la protección de los cables, reducir riesgos y responder ante daños. Estos sistemas están entre las infraestructuras más custodiadas del planeta, se monitorean de forma permanente, se restringe la navegación en zonas sensibles y los Estados los consideran activos estratégicos. Cada nuevo sistema cuesta cientos de millones de dólares y requiere años de planificación. Es una de las infraestructuras más costosas y más importantes del mundo, aunque casi nunca se la menciona de forma directa.
Hoy, además, una parte creciente de esta red ya no pertenece solo a los Estados. Las llamadas "Big Tech", como Google, Meta, Amazon y Microsoft, financian y controlan muchos de los cables más importantes del mundo para conectar directamente sus plataformas y centros de datos. En este contexto, el economista y exministro de Finanzas de Grecia Yanis Varoufakis plantea que el capitalismo clásico estaría siendo desplazado por un nuevo tipo de sistema que él denomina "tecno-feudalismo", una idea que toma del feudalismo medieval, donde los señores feudales no competían en un mercado abierto, sino que controlaban la tierra de la que todos dependían. Según su teoría, hoy las plataformas pasan a ocupar el rol de señores feudales digitales, porque ya no solo venden productos, sino que controlan los espacios donde ocurre la vida económica. Tanto las personas como las empresas ingresan a estos entornos, entregan datos, información, búsquedas, hábitos de consumo y patrones de comportamiento, y esos datos se convierten en los nuevos commodities del sistema. Con esta información, las plataformas organizan mercados, dirigen publicidad, empujan productos, influyen en decisiones y también venden esa data a terceros, lo que termina generando un bombardeo constante de estímulos comerciales sobre las personas. Para Varoufakis, ya no se trata solo de competir vendiendo productos como en el capitalismo clásico, sino de controlar directamente los territorios digitales donde se genera la riqueza; esta es su forma de interpretar el presente y aquí se menciona solo como marco explicativo.
Como toda infraestructura estratégica, los cables submarinos también son puntos débiles del sistema global. Por ellos circulan datos financieros, comunicaciones diplomáticas, información militar y secretos industriales. Aunque están fuertemente protegidos, su interrupción puede afectar regiones enteras sin necesidad de un solo ataque visible. En diciembre de 2006, tras un terremoto frente a las costas de Taiwán, varios cables internacionales se rompieron y gran parte del este asiático sufrió graves problemas de conectividad durante días. Más recientemente, en 2024, se registraron cortes de cables en zonas del Mar Rojo en el contexto de ataques y tensiones en la región. No siempre hay sabotaje directo confirmado, pero su vulnerabilidad existe y por eso son considerados puntos sensibles del sistema digital mundial. Cuando un cable se interrumpe, los efectos son inmediatos. Se afectan pagos internacionales, operaciones bursátiles, plataformas digitales, servicios en la nube, empresas que dependen del comercio electrónico y cadenas logísticas enteras. La economía mundial depende de que esta red invisible siga funcionando sin fallas.
Existen regiones donde se concentra una enorme cantidad de cables por razones geográficas y comerciales, como el Mar Rojo, el Estrecho de Malaca, el Atlántico Norte y las rutas entre Asia y la costa oeste de Estados Unidos (véase figura 1). Por estas zonas atraviesan algunos de los sistemas más importantes del mundo: el SEA ME WE, que conecta el Sudeste Asiático con Medio Oriente y Europa; el MAREA, que une Estados Unidos con España a través del Atlántico; el 2Africa, que rodea todo el continente africano impulsado por Meta y socios; y el Pacific Light Cable Network, que conecta Asia con la costa oeste de Estados Unidos. Son nombres que sostienen gran parte del tráfico digital global, aunque para muchos lectores esta sea la primera vez que los escuchan.
Vivimos en una era que se presenta como digital e inmaterial, pero que en realidad depende de una infraestructura profundamente física y vulnerable. Nuestra información, nuestra riqueza, nuestras comunicaciones, nuestras empresas y nuestra economía descansan sobre esa Atlántida de cables que atraviesa los océanos. Creemos que el internet viene del cielo, pero la realidad está bajo el mar. Allí se sostiene en silencio una parte decisiva del mundo en el que vivimos.
El autor es estudiante de Negocios Internacionales de Nottingham Trent University UK.