Sabanas, bosques y humedales en sinfonía: las aves que sostienen el paisaje de Ñeembucú
En una reciente campaña de campo al sur del Paraguay, la apreciada Rebeca Irala Melgarejo me destacaba el rol que tenían algunas aves que son bastante cosmopolitas y usan el ambiente disponible tanto de áreas abiertas como cerradas, así que asistido con algunas de sus bellas fotos, me dediqué a ver la evidencia que tenemos de estos temas y obviamente motivó la escritura de esta columna dominical, a ella y como siempre, un sentido reconocimiento.
El Departamento Ñeembucú del Paraguay, paisajísticamente muy similar a lo que hay al otro lado del rio Paraguay en Formosa y Chaco, o al otro lado del río Paraná en Corrientes, conforma un mosaico de humedales, sabanas y bosques de galería del valle central de la cuenca del Plata, en transición entre los pastizales con el Chaco Húmedo.
Esta heterogeneidad favorece una avifauna diversa que usa indistintamente ambientes abiertos (pastizales, sabanas, bordes) y cerrados (bosques y selvas de galería), desempeñando funciones clave para el mantenimiento del hábitat y la resiliencia socioecológica del paisaje. Hay algunos inventarios recientes en humedales de Ñeembucú que han registrado más de 200 especies de aves, lo que evidencia el valor como núcleo de diversidad y como laboratorio natural para estudiar interacciones ecológicas en paisajes productivos y de conservación.
Y vamos a ver entonces de estas aves, cuáles se destacan, como por ejemplo las aves insectívoras y controladoras de plagas, como los tiránidos (sirirís y benteveos) y horneros o alonsitos, que explotan bordes, claros y arbolado disperso, moviéndose entre sabanas y bosques ribereños. Al depredar insectos en diferentes estratos (vuelo, follaje, corteza), reducen presiones de herbivoría en cultivos y pasturas, con efectos cascada sobre la productividad y la salud vegetal. Y no podemos olvidarnos de los omnívoros generalistas y facilitadores de conectividad. Estas especies como los anós (de los que hablamos el domingo pasado), junto con benteveos y calandrias, ocupan matrículas agrícolas, sabanas y bordes de bosques. Su flexibilidad trófica les permite persistir en matrices modificadas y transportar propágulos (semillas, esporas) entre parches, conectando funcionalmente bosques de galería, isletas y pastizales.
Otro grupo (ensamble o gremios le decimos en ecología), es el de las aves frugívoras y dispersoras de semillas, como los zorzales, tangaras y palomas que usan la protección del bosque para descansar anidando y forrajean en ecotonos y sabanas arboladas. La dispersión zooócora (nuevo término, movimiento facilitado por los animales) que realizan promueve la regeneración de bosques de ribera y la recolonización de isletas tras incendios o pulsos de inundación, estabilizando suelos y microclimas.
Y un grupo de aves que también ya hemos tratado que son los carroñeros y recicladores de nutrientes, como los caranchos y buitres que patrullan áreas abiertas y se refugian en bosques para perchar. Al acelerar la descomposición de cadáveres, acortan ciclos de patógenos y devuelven nutrientes al sistema, beneficiando tanto a pasturas como a bosques ribereños.
Estos enunciados y los diferentes grupos, ensambles o gremios aseguran el mantenimiento del hábitat y la resiliencia del paisaje, todos los elementos son claves para el ambiente. Por un lado, la conectividad y servicios de soporte, ya que la movilidad diaria y estacional de estas aves entre bosques, sabanas y humedales asegura flujos de semillas y nutrientes, aumentando la conectividad funcional entre parches y la resiliencia ante sequías e inundaciones características del valle de la Cuenca del Plata. Por otro lado, la regulación biótica, al controlar insectos, pequeños vertebrados y carroña, moderan pulsos poblacionales, disminuyen riesgos sanitarios y favorecen la regeneración de la vegetación leñosa en bordes y relictos. No debemos dejar de considerar, a los indicadores del estado del ecosistema, que quienes hacemos ecología, los utilizamos constantemente, como la riqueza y composición de aves, que en el caso de Ñeembucú reflejan la integridad de humedales y bosques de galería. Su monitoreo permite anticipar degradación (drenajes, sobrequemas, fragmentación) y orientar intervenciones de manejo adaptativo (ya hablaremos de este concepto).
Todo esto tiene muy evidentes amenazas y vulnerabilidades, como la simplificación del mosaico. El drenaje de humedales, la intensificación ganadera y agrícola y la deforestación de bosques ribereños reducen refugios, sitios de nidificación y corredores, afectando especialmente a especies que requieren ambos ambientes. Por otro lado, el fuego y los cambios hidrológicos deben ser claros en estos análisis. Los incendios de alta severidad y alteraciones del pulso de inundación (diques/canales) desincronizan recursos (frutos, insectos), con impactos en la reproducción y la dispersión.
Ahora qué hacemos los ecólogos (y ecólogas!) para dar lineamientos de conservación basados en evidencia científica. Pues algunos de estos temas son (a) mantenimiento de la heterogeneidad y la conectividad, porque es clave conservar bosques de galería, isletas, setos vivos y árboles dispersos en sabanas; restaurar corredores ribereños y cercas vegetales que articulen áreas abiertas y cerradas. La protección de humedales clave (p. ej., complejos asociados a Lago Ypoá, reconocido bajo la Convención Ramsar por su valor para aves acuáticas, pero también nuevos sitios que puedan ir conservándose en el Ñeembucú) refuerza la red de hábitats en el paisaje. El manejo compatible en matrices productivas también es clave, ya que la producción es importante para el desarrollo económico y social del país, entonces es necesario promover sistemas silvopastoriles, calendarios de quema controlada de baja intensidad y franjas de amortiguamiento en cursos de agua; limitar drenajes; y preservar árboles frutales nativos que sostienen flujos de dispersión. Y finalmente, considero que tenemos evidencias para justificar el monitoreo y la ciencia participativa, si pudiésemos reforzar conteos y listas de verificación estacionales para detectar cambios en composición funcional (insectívoros, frugívoros, carroñeros) y ajustar manejos. Las iniciativas de las organizaciones de la sociedad civil y la academia han documentado la relevancia de Ñeembucú para la avifauna y pueden servir de plataforma para protocolos estandarizados y capacitación local.
El Ñeembucú tiene relevancia nacional y regional, necesitamos reforzar lo que ya existe y fomentar más aún para contribuir a redes de conservación nacionales e internacionales al sostener poblaciones de aves que usan múltiples hábitats y que, en algunos casos, cumplen criterios de Áreas Importantes para la Conservación de las Aves (IBAs) y otras figuras de conservación. Paraguay cuenta con varias unidades de conservación e IBAs identificadas por la presencia de especies amenazadas, de rango restringido y congregatorias; los humedales y bosques ribereños del sur del país son piezas clave en esta red, reforzando la necesidad de planificar a escala de paisaje y de cuenca.
Gracias Rebeca por el incentivo, considero que hoy más que nunca las aves que usan indistintamente áreas abiertas, boscosas y de sabana en Ñeembucú son "motores" ecológicos que sostienen procesos de dispersión, control biótico y reciclaje de nutrientes, y conectan funcionalmente los componentes del paisaje. Conservar su diversidad y abundancia exige mantener la heterogeneidad del mosaico, asegurar la conectividad entre hábitats y fortalecer el monitoreo y la gestión adaptativa basados en evidencia, con foco en humedales y bosques de galería que articulan la matriz productiva y la infraestructura ecológica regional. Y todo esto por la gente, para la gente y con la gente.
Fotos gentileza de Rebeca Irala Melgarejo