Víspera de la Virgen de Caacupé

Presbítero César Nery Villagra: "No hay límites para hacer el bien"

Durante la misa de la víspera de Caacupé, el presbítero César Nery Villagra instó a los fieles a redefinir el concepto de "prójimo", promoviendo acciones de misericordia genuina —más allá de credos, clases o cercanías—, como camino hacia la vida plena.
Homilía en la víspera del día de la Virgen de Caacupé. Foto: Santuario de Caacupé.

En su prédica ante una multitud congregada este domingo en la explanada del santuario, Villagra se apoyó en la parábola del buen samaritano para hacer un llamado profundo a la solidaridad efectiva. Recordó la historia del hombre asaltado en el camino de Jerusalén a Jericó y resaltó que quien se acercó a ayudar —un samaritano, considerado hereje por el contexto— fue justamente quien demostró compasión sin prejuicios.

"Proximidad no significa cercanía física o pertenecer al mismo grupo; significa compasión, acción, entrega. Ser prójimo es quien obra con misericordia, sin mirar a quién", enfatizó el sacerdote, instando a transformar la fe en gestos concretos de ayuda hacia los más vulnerables.

Presbítero César Nery Villagra, delegado del Obispado de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional.

El mensaje llega en un contexto social marcado por desigualdades y necesidades crecientes. En plena festividad de Caacupé, con miles de devotos desplazados hacia la ciudad, la prédica adquiere un sentido de urgencia: la misericordia no debe ser un valor aislado, sino una práctica comunitaria constante. 

Esto es bien común, mis queridos hermanos y hermanas. Socorrer a quien necesita sin distinguir quién sea y con quién nos encontremos en el camino de la vida".

Villagra también cuestionó la tendencia a privilegiar normas o sistemas —dice "leyes sin alma"— cuando estas se aplican sin humanidad, y advirtió que la justicia debe servir al hombre, no al revés. Por ello, consideró que la fe auténtica exige indignarse ante las injusticias y comprometerse con la dignidad y la vida del prójimo. 

La homilía concluyó con un llamado claro: no hay límites para hacer el bien. Cada persona puede aportar desde lo que tiene —tiempo, recursos, acompañamiento— y cada acto misericordioso, por pequeño que parezca, contribuye a construir "la vida entera" a la que invita el Evangelio. Una invitación que, en tiempos de celebraciones y sociedad fragmentada, suena más necesaria que nunca.