En su prédica ante una multitud congregada este domingo en la explanada del santuario, Villagra se apoyó en la parábola del buen samaritano para hacer un llamado profundo a la solidaridad efectiva. Recordó la historia del hombre asaltado en el camino de Jerusalén a Jericó y resaltó que quien se acercó a ayudar —un samaritano, considerado hereje por el contexto— fue justamente quien demostró compasión sin prejuicios.
"Proximidad no significa cercanía física o pertenecer al mismo grupo; significa compasión, acción, entrega. Ser prójimo es quien obra con misericordia, sin mirar a quién", enfatizó el sacerdote, instando a transformar la fe en gestos concretos de ayuda hacia los más vulnerables.

El mensaje llega en un contexto social marcado por desigualdades y necesidades crecientes. En plena festividad de Caacupé, con miles de devotos desplazados hacia la ciudad, la prédica adquiere un sentido de urgencia: la misericordia no debe ser un valor aislado, sino una práctica comunitaria constante.
Esto es bien común, mis queridos hermanos y hermanas. Socorrer a quien necesita sin distinguir quién sea y con quién nos encontremos en el camino de la vida".
Villagra también cuestionó la tendencia a privilegiar normas o sistemas —dice "leyes sin alma"— cuando estas se aplican sin humanidad, y advirtió que la justicia debe servir al hombre, no al revés. Por ello, consideró que la fe auténtica exige indignarse ante las injusticias y comprometerse con la dignidad y la vida del prójimo.
La homilía concluyó con un llamado claro: no hay límites para hacer el bien. Cada persona puede aportar desde lo que tiene —tiempo, recursos, acompañamiento— y cada acto misericordioso, por pequeño que parezca, contribuye a construir "la vida entera" a la que invita el Evangelio. Una invitación que, en tiempos de celebraciones y sociedad fragmentada, suena más necesaria que nunca.


