Parientes silvestres del mamón: tesoros fitogenéticos del ambiente
Cuando en Paraguay pensamos en el mamón (Carica papaya), obviamente nos imaginamos ese fruto exuberante y fragante que puebla mercados, patios y huertas de todo el país. Pero muy pocos reparan en que, dispersos por los bosques del Chaco, el Cerrado y los bordes de nuestra Mata Atlántica interior, habitan los parientes silvestres de ese cultivo: plantas que la evolución ha moldeado durante milenios y que representan uno de los patrimonios biológicos y naturales más valiosos e inadvertidos de Paraguay. Las seis fotografías de Lidia Pérez de Molas que ilustran esta columna nos introducen en dos de esos parientes con una precisión documental excepcional: Jacaratia corumbensis y Vasconcellea quercifolia, ambas pertenecientes a la familia Caricaceae, la misma del mamón cultivado y del cual tanto saboreamos. A ambas las conocemos como yaracatiá, o jaracatia o pati, también mamoncillo o mamoncito, mamón del monte y, como ya hablamos el 10 de diciembre del 2023, al primero se lo conoce como yvy'a.
La familia Caricaceae agrupa a seis géneros y unas cuarenta especies distribuidas principalmente en América tropical y subtropical. Aunque Carica papaya es, con diferencia, la especie de mayor relevancia económica global —con una producción mundial que supera los trece millones de toneladas anuales—, la diversidad real de este linaje botánico reside en sus congéneres silvestres. Los géneros Vasconcellea y Jacaratia constituyen los reservorios evolutivos de ese linaje, con adaptaciones extraordinarias a ambientes que van desde las selvas nubladas andinas hasta los bosques secos del Gran Chaco. Paraguay ocupa una posición privilegiada en esa geografía de la diversidad, pues su territorio alberga representantes de ambos géneros en condiciones plenamente silvestres. Lo sabíamos en general; creo que no. Estamos preservando este patrimonio; tampoco creo que lo estemos haciendo como corresponde.
Tres de las fotografías de Lidia documentan el ciclo de vida completo del mamón del monte o yaracatia Jacaratia corumbensis, con una secuencia que va de la flor al fruto maduro, pasando por la estructura subterránea que hace posible su existencia en ambientes extremos. La imagen de la floración muestra flores de un blanco cremoso con la corola tubular característica de la familia, sus cinco pétalos estrechos curvándose hacia atrás con delicadeza, brotando directamente de ramas leñosas de un marrón oscuro. La especie es dioica —con individuos masculinos y femeninos separados— y sus flores masculinas, agrupadas en panículas colgantes, atraen principalmente a polillas de lengua larga mediante una fragancia suave. Esta estrategia de polinización nocturna es, en sí misma, una adaptación al ambiente seco: la noche reduce la deshidratación del néctar y extiende la ventana de polinización.
La fotografía del fruto en desarrollo muestra una baya ovoide todavía inmadura colgada de un pedúnculo delgado, con lados rosados sobre un cuerpo verde intenso y rugoso, con un pequeño glóbulo de látex visible en la superficie. Este detalle no es menor: el látex de las Caricaceae contiene papaína, la enzima proteolítica que en el mamón cultivado tiene múltiples usos industriales y medicinales, y cuya concentración en los parientes silvestres supera frecuentemente a la de la especie doméstica. Al madurar, las costillas adquieren un naranja intenso que contrasta con los valles verde-amarillentos de la piel, y la pulpa blanquecina alberga numerosas semillas dispersadas por mamíferos pequeños como ratones y murciélagos, en un proceso de endozoocoria perfectamente ajustado a los hábitats donde la planta vive.
Pero la fotografía más reveladora de todo el conjunto es, sin duda, la de la raíz tuberosa excavada. La imagen muestra un órgano de reserva ovoidal —comparable en volumen a una vasija de barro— emergiendo de un hoyo en suelo pedregoso y seco, con tallos delgados y leñosos brotando apenas de su ápice. Esta raíz, conocida técnicamente como xilopodio, puede alcanzar 80 centímetros de longitud y acumular litros de agua y almidón que permiten a la planta sobrevivir las prolongadas sequías del Chaco y rebrotar vigorosa al inicio de las lluvias, solución biológica de elegancia extraordinaria, ya que toda la inversión energética de la planta se concentra bajo tierra, lejos del calor y de los herbívoros. Las poblaciones indígenas del Chaco conocen y aprovechan este recurso: cortaban la raíz para extraer agua potable en situaciones de extrema aridez, un conocimiento etnobotánico de incalculable valor.
Las otras tres imágenes documentan a Vasconcellea quercifolia, conocida localmente como pati, jaracatiá-mí o mamón del campo. El epíteto específico quercifolia describe con exactitud su rasgo morfológico más llamativo: hojas simples pero profundamente lobuladas que recuerdan a las del roble europeo; aunque ambas plantas no guardan parentesco alguno, se trata de una notable convergencia morfológica. Las fotografías capturan los frutos pequeños en racimos sobre la rama, con algunos virando ya hacia el amarillo-anaranjado característico de la madurez. Esta especie prefiere ambientes de transición, tiene unos 4 y 8 metros de altura, tolera heladas esporádicas de hasta -5 °C en suelos bien drenados, lo que la convierte en la Caricaceae más resistente al frío conocida. Este rasgo no es una curiosidad taxonómica: es un carácter genético de enorme interés para el mejoramiento de variedades de mamón aptas para latitudes y altitudes mayores.
Más allá de su belleza y de sus usos locales, estas dos especies representan algo de importancia global: son recursos fitogenéticos. Los parientes silvestres de cultivos son repositorios naturales de variabilidad genética que los milenios de domesticación han ido eliminando de las plantas cultivadas. Vasconcellea quercifolia porta genes de resistencia al virus de la mancha anular del papayo —una enfermedad devastadora para las plantaciones comerciales en todo el mundo—, así como genes vinculados a la tolerancia al frío y a la producción de papaína. Jacaratia corumbensis, por su parte, porta genes de adaptación extrema a la sequía que cobran una relevancia inédita en el contexto actual de cambio climático.
El Convenio sobre la Diversidad Biológica y el Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura reconocen explícitamente a los parientes silvestres de cultivos como componentes prioritarios del patrimonio biológico mundial. Paraguay ratificó ambos instrumentos, adquiriendo compromisos formales de conservación. Sin embargo, la deforestación y los cambios de las matrices naturales amenazan directamente a estas poblaciones en sus hábitats naturales.
Las imágenes de Lidia Pérez de Molas son mucho más que registros estéticos: son testimonios de presencia viva. Estas plantas existen, florecen, fructifican y mantienen sus relaciones ecológicas en lo que queda de nuestros bosques. En la raíz tuberosa de una jacaratia o en el gen de resistencia al frío de un pati silvestre puede residir la solución a un problema agrícola que aún no conocemos. Esa posibilidad, silenciosa y poderosa, es razón suficiente para protegerlas.