Más diálogo, menos presión: cómo apoyar a los hijos en el final del ciclo escolar
El último tramo del año escolar suele ser un camino empinado. Las semanas de exámenes y trabajos finales se convierten en una carrera contra el reloj que deja exhaustos a los alumnos y también a los padres. La sensación de saturación es generalizada: los chicos se enfrentan a un cúmulo de exigencias que no siempre saben cómo gestionar, y los adultos se debaten entre la preocupación y la presión por los resultados.
En diálogo con El Nacional, la psicopedagoga Nora Gómez explica que este agotamiento es consecuencia de un proceso que se acumula a lo largo del año. "Se acumulan las tareas, los exámenes y los compromisos, pero no se les brinda herramientas emocionales para sobrellevar esta carga", señala. Para la especialista, el problema radica en que "los chicos sienten que hay demasiada demanda y poca oferta de recursos internos para responder", lo que se traduce en frustración y ansiedad.
La profesional sostiene que la escuela puede contribuir a que esta etapa sea menos agobiante si incorpora espacios de contención durante el año. Sugiere que los docentes trabajen con los estudiantes ejercicios de respiración y relajación, o pequeñas pausas antes de las evaluaciones, para ayudar a disminuir el nivel de ansiedad. "El final del ciclo debería vivirse como un logro, no como un castigo o una carrera de resistencia", agrega.
En el entorno familiar, el acompañamiento emocional resulta clave. Giménez remarca que el diálogo debe ser constante y que las notas no pueden convertirse en el único termómetro del éxito. "Las buenas calificaciones no siempre reflejan el éxito de una persona. Los niños aprenden por imitación, y la familia tiene un rol fundamental en transmitir valores como el respeto, la empatía y la responsabilidad", expresa.
La psicopedagoga menciona que muchos alumnos llegan a esta altura del año con síntomas de saturación: ausentismo, irritabilidad, llanto fácil, desinterés o bloqueos mentales durante los exámenes. Estos signos, advierte, son una forma en que el cuerpo y la mente piden descanso. Si no se atienden a tiempo, pueden derivar en cuadros más complejos de ansiedad o agotamiento emocional.
Para Giménez, es importante que los padres comprendan que acompañar no significa controlar ni presionar. Escuchar a los hijos, reconocer el esfuerzo y ayudarles a aceptar los errores como parte del aprendizaje son, según ella, los pilares para cerrar el año con calma. "De los errores también se aprende —dice—, y esta etapa puede ser una oportunidad para fortalecer los vínculos familiares y valorar el crecimiento más allá del resultado".
Con empatía y paciencia, sostiene la especialista, el cierre de clases puede transformarse en un momento de alivio y no de angustia. La clave, insiste, está en mirar más allá de las notas y poner el foco en el bienestar emocional de los niños.