Biodiversidad

La naturaleza indócil: el auge de las plantas que colonizan la ciudad

La biodiversidad urbana suele asociarse a parques, jardines y reservas periurbanas, pero también prospera en los intersticios menos obvios de la ciudad, como decíamos, veredas, calles, terrenos baldíos y el mismo cemento, y hasta en las paredes.
Verbena peruviana. Foto: Lidia Pérez de Molas.

El domingo pasado hablábamos de la naturaleza y la biodiversidad en nuestras ciudades, y el artículo motivó a una persona muy querida, la profesora Lidia Pérez de Molas, a mostrarme fotos y comentarme sobre esas plantas que se abren paso en el cemento, y en todas esas estructuras creadas por nosotros y quitándole espacio a la naturaleza. Sin embargo, la naturaleza se abre paso igualmente a pesar de las barreras que le ponemos, así que vamos a abordar este tema, y muchas gracias a Lida Pérez por las fotos y motivar el tema. Y realmente no sé si nuestros lectores se han percatado de esas plantas que crecen entre el cemento, entre los escombros de terrenos baldíos, en los cordones, en las veredas y hasta entre los elementos del empedrado, y no son solo plantas ruderales, ya que hasta vemos guayabas, mamones o papayas, mangos y hasta cítricos.

La biodiversidad urbana suele asociarse a parques, jardines y reservas periurbanas, pero también prospera en los intersticios menos obvios de la ciudad, como decíamos, veredas, calles, terrenos baldíos y el mismo cemento, y hasta en las paredes. Entre grietas de las aceras, los bordes de vías, los escombros y las paredes, emergen las plantas ruderales: especies oportunistas que colonizan ambientes alterados por el ser humano. Aunque históricamente se las ha visto como "malezas" o señales de descuido, hoy sabemos que desempeñan funciones ecológicas cruciales y ofrecen oportunidades para integrar la conservación de la biodiversidad en la vida cotidiana de las ciudades. Y muchas plantas ni siquiera podrían considerarse malezas; imaginen los frutales y hasta el guapo'y o Ficus.

Las plantas ruderales se han adaptado a condiciones extremas: suelos compactados, escasa materia orgánica, altas temperaturas superficiales, contaminación y perturbaciones frecuentes. Esta resiliencia se basa en rasgos funcionales como ciclos de vida cortos, alta producción de semillas, bancos de semillas persistentes y capacidad de rebrote. Lejos de ser una falla, error o mero "ruido" ecológico, estas especies proveen servicios ecosistémicos concretos: capturan partículas y metales pesados, regulan la temperatura al sombrear superficies y facilitan la infiltración del agua al fisurar el pavimento y mejorar la porosidad del suelo. En sitios áridos o altamente impermeabilizados, sus raíces actúan como pequeñas "cuñas" que ralentizan el escurrimiento, reduciendo encharcamientos y contribuyendo a la recarga local. Así que aquí tienen algunos de los beneficios desconocidos de esta naturaleza indócil.

En términos de biodiversidad, las ruderales funcionan como nodos y corredores microscópicos. Sus flores, a menudo pequeñas pero abundantes, sostienen comunidades de polinizadores urbanos: abejas nativas solitarias y mariposas que encuentran néctar y polen donde el mantenimiento intensivo de jardines elimina recursos. Además, ofrecen refugio y alimento a artrópodos depredadores que ayudan a controlar plagas. En paisajes fragmentados, estas colonias dispersas forman "islas" de hábitat que aumentan la conectividad funcional y facilitan el movimiento de especies entre áreas verdes principales. En ese sentido, una baldosa con fisuras y una cuneta con vegetación espontánea pueden tener un rol desproporcionado en sostener procesos ecológicos a escala de barrio.

El componente cultural también importa. Reconocer y valorar las plantas que emergen "entre el cemento" amplía la noción de naturaleza urbana y democratiza la conservación: la biodiversidad deja de ser patrimonio exclusivo de grandes parques para encontrarse en la vereda, en el patio y en el talud; además, muchos de los yuyos que ingerimos con las infusiones como el mate o el tereré vienen de estas plantas.

Iniciativas como la "flora espontánea urbana" y programas de ciencia ciudadana han mostrado que, al documentar las especies ruderales, vecinos y escuelas se involucran en la gestión del entorno, aprenden sobre nativas y exóticas, y desarrollan una mirada crítica sobre el manejo urbano de la vegetación.

No obstante, las ruderales presentan desafíos. Muchas son exóticas y algunas pueden volverse invasoras, desplazando especies nativas y alterando dinámicas ecológicas.

Un enfoque de conservación responsable debe distinguir entre plantas espontáneas benignas y aquellas con potencial de impacto negativo, priorizando la retención de nativas y el control temprano de invasoras. La gestión diferenciada —cortar  electivamente, crear microhábitats, ajustar calendarios de mantenimiento— permite equilibrar salubridad pública y beneficios ecológicos. Por ejemplo, retrasar un corte o limpieza hasta después de la floración en bordes de caminos puede incrementar el soporte a polinizadores sin comprometer la seguridad.

En la práctica, incluir a las ruderales en estrategias urbanas de biodiversidad implica cambiar el paradigma de "limpieza total" por uno de "orden ecológico". Tres líneas de acción son clave: (1) cartografiar y monitorear la vegetación espontánea para identificar puntos calientes o importantes de diversidad y presencia de nativas. (2) diseñar infraestructura permeable y "amigable con la colonización" —juntas abiertas en pavimentos, alcorques más anchos, taludes con sustratos variados— que aceleren el establecimiento de comunidades vegetales útiles. Y (3) promover la participación comunitaria y acuerdos interinstitucionales para el manejo: cuando operadores de mantenimiento, áreas de salud y ciudadanía comparten criterios, se evitan sobreintervenciones que barren recursos florales y hábitats.

Las plantas ruderales también son aliadas en la adaptación climática. Su tolerancia al estrés térmico e hídrico las convierte en pioneras de soluciones basadas en la naturaleza de bajo costo: revegetación de taludes, estabilización de suelos, biofiltración en zanjas y cunetas verdes. La diversidad funcional que aportan —diferentes formas de raíces, alturas, fenologías— mejora la resiliencia del sistema urbano frente a eventos extremos. Integrarlas no significa abandonar el diseño, sino reconocer su papel complementario al arbolado y a la jardinería planificada.

Finalmente, hay una dimensión ética y estética. Las ruderales revelan la capacidad de la vida para abrirse paso en medios duros; nos recuerdan que la ciudad es un ecosistema dinámico. Al observar una pequeña flor en la junta de un muro, aprendemos que la conservación no siempre requiere grandes gestos: puede empezar con permitir que ciertas plantas florezcan, con ajustar una rutina de barrido, con documentar lo que crece a la vuelta de la esquina. Ese cambio de mirada —del control a la convivencia— es esencial para que la biodiversidad urbana se sostenga, se reconozca y se celebre en el día a día. Luego de estos comentarios, no solo son claves como proveedoras de servicios ecosistémicos (SE), sino como modelos de soluciones basadas en la naturaleza (SbN), elementos para tener en cuenta para la adaptación basada en ecosistemas (AbE) y un claro tema para abordar las contribuciones de la naturaleza para las personas (CNP).

Disfruten de las bellas fotos tomadas por Lidia Pérez de Molas y vean esa naturaleza indócil que, aun frente a difíciles obstáculos, se aferra a la vida y es ejemplo de resiliencia y adaptación; todos debemos ser más ruderales.