Guacamayos de Chovoreca: cuando la lente de Carlos Ortega nos devuelve la selva
Agradezco de corazón a Carlos Ortega. No solo por las excelentes y motivantes fotos que me hizo llegar desde la zona de Chovoreca, en el norte paraguayo. Agradezco porque su lente logró algo que pocos textos consiguen: devolvernos, aunque sea por unos segundos, la sensación de estar bajo un timbó o unas palmeras, con el cuello torcido hacia arriba, mirando cómo el rojo de un guacamayo parte el cielo gris del Chaco.
Las imágenes que Carlos capturó no son postales bonitas y nada más. Son documentos. Son evidencia. Y como toda buena evidencia, nos cuentan una historia más grande que el encuadre. Una historia de biología, de ecología, de resistencia y de lo que aún podemos salvar en Paraguay si decidimos mirar.
Para quien no ubica, Chovoreca está en el departamento Alto Paraguay, casi en la triple frontera con Brasil y Bolivia. Es zona de transición. No es Chaco seco puro, no es Pantanal inundable puro. Es ese ecotono donde el monte se vuelve más alto, donde aparecen curupay, lapachos y timbóes, y donde el agua, aunque escasa, dibuja esteros y tajamares. Justamente el tipo de ambiente que el guacamayo rojo o gua'a pytã (Ara chloropterus) necesita para vivir.
Veamos las fotos tomadas; ahí tiene un peso enorme. Porque el gua'a pytã en Paraguay es una especie en situación crítica. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza la considera "En Peligro" a nivel global, y en nuestro país sus poblaciones silvestres se redujeron a menos del 5 % de lo que eran hace 100 años. Hoy los vemos en Asunción y el área metropolitana, algo que hace 20 años ni hubiésemos soñado. Fueron décadas de captura para mascota, deforestación y pérdida de árboles nidos. Que Carlos haya podido fotografiar no solo un ejemplar posado, sino una pareja en la rama y un trío en pleno vuelo, es una noticia biológica en sí misma. Significa que en Chovoreca todavía hay parejas reproductivas, todavía hay juveniles, todavía hay vuelo libre. Y ojalá pronto podamos decir lo mismo para el Gran Asunción.
Miren conmigo la imagen del gua'a pytã posado. Esa cara blanca sin plumas, atravesada por finas líneas rojas. Cada guacamayo tiene un patrón único, como nuestra huella digital. Es su identidad. Y esas líneas no son decoración: son folículos de plumas sensoriales que le ayudan a manipular comida con el pico. Ese pico, en la foto, se ve negro abajo, hueso arriba, enorme, curvo. Es una herramienta de ingeniería. Con él rompen cocos de palmera, vainas durísimas de timbó y nueces que ningún otro animal del bosque puede abrir. Son los "ingenieros forestales" del Chaco húmedo. Al abrir frutos y soltar semillas, dispersan árboles. Donde come un guacamayo, mañana puede nacer un lapacho.
La foto de la pareja en la rama lo dice todo sobre su ecología social. El gua'a pytã es monógamo de por vida. Se eligen jóvenes a los 3-4 años, y no se separan más. 40, 50 años juntos. Se acicalan mutuamente, se pasan comida del pico al pico como muestra de vínculo. El de arriba, en la foto de Carlos, está claramente de centinela. Mientras uno descansa o come, el otro vigila. Esa cooperación es su estrategia de supervivencia en un ambiente donde el halcón o el zorro siempre están cerca.
Y la secuencia de vuelo... ahí Carlos nos regaló oro puro. Tres guacamayos batiendo alas al unísono. Las alas muestran el degradé perfecto: rojo en el cuerpo, verde esmeralda en las plumas cobertoras, azul eléctrico en las rémiges primarias. Ese azul no es casualidad. Evolucionó para confundirse con el cielo cuando son vistos desde abajo por depredadores. Y esa cola larga, roja con punta azul, funciona como timón. Les permite girar 90 grados entre ramas sin perder velocidad. Vuelan a más de 50 km/h y se comunican a gritos que se escuchan a 1 km de distancia. Cada "kraaa" es un mensaje: "Acá hay comida", "Cuidado, cuidado, peligro", "Soy yo, tu pareja".
Lo que más me impacta de las fotos de Chovoreca es lo que no se ve, pero se intuye. Para que un guacamayo rojo viva, necesita tres cosas: árboles viejos o palmeras con huecos grandes para anidar, frutos de palmeras como el mbokaja y el karanda'y, y "barreros" de arcilla a los que bajan a comer tierra.
Los huecos no los hace el guacamayo. Él usa los que dejan los carpinteros gigantes o los que se forman cuando una rama vieja se cae. Un árbol tarda 80-100 años en desarrollar un hueco apto. Por eso la tala selectiva los mata aunque no los toquen directo. Por eso cada foto de Carlos es un recordatorio: estamos perdiendo a los abuelos del bosque.
Los barreros son otra pieza clave. En Chovoreca, como en todo el Pantanal, los guacamayos bajan a comer arcilla. Las fotos no lo muestran, pero sabemos que lo hacen. ¿Para qué? La arcilla neutraliza toxinas de frutas inmaduras y aporta minerales como sodio. Sin esos barreros, su dieta se empobrece y su salud baja. Proteger un guacamayo es proteger también un charco de barro.
Paraguay perdió la mayor parte de sus guacamayos y hoy las poblaciones viables quedan en el norte: Alto Paraguay, Concepción, Amambay. Chovoreca es parte de ese último bastión. Las fotos de Carlos Ortega evidencian tres cosas urgentes: (a) que todavía hay reproducción silvestre: Un trío volando juntos casi siempre es papá, mamá y pichón del año. El pichón se queda con los padres un año entero aprendiendo dónde comer, dónde dormir, cómo sobrevivir. Verlos juntos significa que el ciclo se está cumpliendo. Además, (b) que el hábitat resiste. Los árboles con chauchas y follaje denso que se ven detrás son su despensa y su casa. Si el árbol está, el guacamayo puede volver. Si no hay árbol viejo, no hay nido. Y (c) lo más valioso, la conservación empieza con el ojo. Carlos fue, caminó, esperó horas bajo el sol y disparó en el momento exacto. Esa dedicación es también ecología. Es ciudadanía ambiental. Cada foto suya es un acto de defensa, porque lo que se nombra y se muestra, se empieza a querer.
Gracias, Carlos Ortega, por tu trabajo en Chovoreca. Gracias por no conformarte con el registro rápido. Gracias por buscar la luz, por esperar al vuelo, por capturar la mirada lateral del guacamayo posado como si supiera que lo estabas retratando para la posteridad. Tus fotos me motivan como columnista porque me recuerdan por qué escribo sobre biología y ecología: no para llenar páginas de datos, sino para tender puentes. Entre el científico y el lector de domingo. Entre el guacamayo y el niño de Asunción que quizás nunca vaya a Chovoreca, pero que al ver tu foto entienda que esa ave roja es tan paraguaya como el tereré.
Ojalá estas imágenes lleguen lejos. Ojalá molesten a quien tenga que tomar decisiones sobre deforestación. Ojalá inspiren a otro fotógrafo, a otro guardaparque, a otro productor de Alto Paraguay a cuidar ese árbol porque "ahí anidan los guacamayos". Carlos nos comenta que le complace que este grupo de gua'a esté libre en esta zona que nadie conoce, y que aprecia que esté libre en su hábitat. Él quisiera que siempre se mantuviera en estado silvestre y no en las viviendas humanas.
Chovoreca nos habló a través de tu lente, Carlos. Y lo que dijo es simple y urgente: todavía hay tiempo. Todavía hay vuelo. Todavía hay rojo en el cielo del norte. No lo apaguemos.