El maracaná cuello dorado en Paraguay: vecino bullicioso de bosques y riberas
Entre los cielos allá bien en el norte paraguayo se puede ver un Psittacidae (loros, cotorras y afines) poco conocido para el resto del país, ya que se encuentra solo en el norte; ese psittácido se identifica por su destello verde oliva y su collar amarillo, y pocos lo han podido fotografiar. Tenemos el enorme honor de que el apreciado Carlos Ortega lo vio, lo siguió y lo pudo fotografiar. Y lo comparte con nosotros para que aprendamos sobre esta especie conocida como maracaná cuello dorado y científicamente como Primolius auricollis. Este pequeño guacamayo —bastante más discreto que sus primos nacionales y los otros más amazónicos, pero no menos carismático— se lo conoce en guaraní con el nombre de marakana ajura sa'yju. Esta es una de las 24 especies de psitácidos que tenemos en Paraguay. Es un habitante emblemático de las selvas en galería, el Cerrado y el Pantanal, donde su voz metálica y su vuelo decidido son parte del paisaje sonoro de amaneceres y atardeceres. No se la puede ver en otras ecorregiones, así que si quieres asegurar el avistaje, deberás ir a Chovoreca, donde se están haciendo esfuerzos de conservación y gracias a profesionales como Carlos y sus colegas, que velan por la conservación de la biodiversidad en todas las unidades de conservación del país.
En Paraguay, los registros de este maracaná son más frecuentes en el norte (Alto Paraguay y Concepción), con presencia en ecorregiones como el Cerrado, los Cerrados del Chaco y el Pantanal, y menor abundancia en el Chaco Húmedo. Parece ser una especie flexible, ya que utiliza selvas de galería, bosques secos a semihúmedos, isletas de monte en sabanas y bordes de bosques ribereños; y fuera de Paraguay, se la registra hasta los 1.700 m s. n. m., incluso en mosaicos agropecuarios y áreas urbanas, lo que evidencia su capacidad de adaptación a ambientes modificados. Sin embargo, su distribución en Paraguay parece estar muy restringida.
Como buen psitácido, el maracaná combina inteligencia con esa adaptación formidable, su pico. Se alimenta de frutos, semillas y brotes florales, aprovechando recursos estacionales. Entre sus plantas favoritas figuran varias nativas, pero también consume maíz, y en este ir y venir, dispersa semillas y conecta parches de bosque: cada bandada es, en cierto sentido, un equipo de jardineros alados, restauradores del paisaje.
A estos maracanás se los observa en parejas durante el verano (la temporada reproductiva) y en pequeños grupos o bandadas en invierno. Es sociable, con vuelos de desplazamiento a dormideros comunales, donde los individuos no reproductores pasan la noche. Anida en cavidades altas de árboles, una estrategia que lo hace dependiente de bosques con árboles maduros o de la presencia de troncos con huecos, ya sea por degradación natural o por acción de carpinteros. A escala global, la especie está clasificada como de "Preocupación Menor" por la UICN y BirdLife International, lo que refleja una población amplia y relativamente estable en su rango (Brasil, Bolivia, Paraguay y Argentina). Está incluida en CITES Apéndice II, por lo que se regula el comercio internacional mediante permisos; y es un aspecto importante a considerar, ya que el comercio histórico de loros sudamericanos fue intenso en décadas pasadas.
Este bello psitácido es parte de nuestra ornitofauna y que sea "común" en parte de su rango no debe llevarnos a la complacencia. El maracaná depende de bosques ribereños y parches con árboles viejos para nidificar; la pérdida de cobertura boscosa, el fuego descontrolado y la fragmentación reducen cavidades disponibles y recursos alimenticios. En los paisajes agropecuarios, las bandadas pueden alimentarse de cultivos (como maíz), generando conflictos que a veces se resuelven con persecución o captura. En el Chaco y el Cerrado, las transformaciones rápidas del uso del suelo presionan a muchas especies forestales; mantener corredores de selva de galería y montes islas es clave para el movimiento y la reproducción de psitácidos como este maracaná.
Hay aspectos que debemos implementar; por un lado, proteger y restaurar selvas de galería y bosques con árboles maduros, ya que, como vimos, sin cavidades no hay nidos. Además, es importante promover cercos vivos y la diversidad de especies nativas en estancias y chacras, ya que la existencia de más alimento y refugio implica menos conflictos. Y finalmente, observar sin intervenir, evitando alimentar o intentar "domesticar" loros silvestres, ya que así se reducen riesgos sanitarios y de captura.
Ver maracanás en pareja, explorando una copa de un guapo (y Ficus) o cruzando un río hacia el dormidero, es un recordatorio de que la naturaleza paraguaya también late en los intersticios del paisaje productivo. Su resiliencia —capaces de usar bordes y mosaicos— no es una licencia para degradar, sino que es una invitación a planificar el territorio con corredores y parches que mantengan funciones ecológicas.
Más allá del encanto y la belleza del Primolius auricollis, su imagen ha sido bien documentada por naturalistas y organizaciones de conservación en la región. En Paraguay, reportes sistematizados y guías locales consolidan un panorama de especie adaptable pero dependiente de bosques ribereños y monte alto; a escala global, su evaluación como de "Preocupación Menor" refleja amplitud de rango, aunque persisten riesgos si aumentan la pérdida de hábitat y el comercio ilícito. Quizá su mayor lección es sencilla: la biodiversidad prospera cuando damos espacio a los procesos naturales. Si quien me está leyendo se cruza con un maracaná cuello dorado en su próxima visita al norte, vale la pena detenerse unos segundos, seguir su trazo y pensar en el bosque que lo sostiene. En ese breve vuelo cabe una política entera de conservación. Además, de informar sobre el registro, ya que necesitamos más información.