Redescubrimiento en humedales del Ñeembucú

El Irupé: la reina que abre sus pétalos de noche

El hallazgo de esta emblemática planta acuática en una laguna cercana a Pilar reaviva el interés por su conservación y destaca su valor ecológico, cultural y científico en los ecosistemas del país.
Flor del irupé y su plataforma. Foto: Patricia Roche.

Esta semana tuve la oportunidad de viajar al Ñeembucú con colegas y visitar un sitio del que me había enterado por María Luisa Lions, quien, gracias a información del Ing. Alfredo Salinas, había localizado el famoso irupé —también llamado yacaré irupé o yrupe— en una zona de humedales. Terminadas nuestras tareas, guiados por María Luisa, llegamos al lugar, donde nos recibió don Licerio Ledezma y su esposa, doña Margarita Sánchez. Esta maravilla de la naturaleza había aparecido en una laguna, parte de un estero, detrás de su casa en Medina (Ñeembucú), a unos 23 km de Pilar. Quedé —quedamos— verdaderamente sorprendidos ante ese espectáculo natural al costado de la ruta. Decidí compartirlo nuevamente con los lectores, esta vez con fotos gentilmente cedidas por Patricia Roche, a quien estoy muy agradecido.

Algunos recordarán que ya hablé de esta especie en 2018, con el reencuentro del irupé en el río Salado, calificando ese hallazgo como un "regalo de la naturaleza". La planta lleva más de una década clasificada como especie en peligro, y su reaparición es probablemente señal de una mejora en la calidad del agua. En aquel entonces, varios medios subrayaron la necesidad de medidas concretas para protegerla frente a la destrucción de su hábitat y la extracción de sus flores con fines ornamentales.

No todos los irupés están floreciendo. Foto: Patricia Roche.

El irupé es la reina silenciosa de nuestros esteros. Pocas imágenes en la naturaleza paraguaya son tan impactantes como la de un estero cubierto de estas hojas enormes, perfectamente circulares, flotando en calma sobre el agua oscura. No es casual que los pueblos originarios las hayan venerado, ni que los botánicos europeos del siglo XIX hayan quedado sin palabras al verlas. Conocido científicamente como Victoria —durante mucho tiempo llamado Victoria regia en honor a la reina inglesa—, el irupé es, sin exageración, una de las plantas más extraordinarias del planeta.

Sus hojas pueden alcanzar entre uno y dos metros de diámetro, y su estructura inferior es una obra maestra de ingeniería biológica: una red de nervaduras radiales y transversales, similar a las vigas de un puente, distribuye el peso con tal eficiencia que una hoja adulta puede sostener a un niño sin hundirse, o a aves como la jacana, que vemos caminar sobre ella en una de las fotos. Esta arquitectura inspiró directamente al ingeniero y botánico inglés Joseph Paxton para diseñar el Palacio de Cristal de Londres en 1851. La naturaleza, una vez más, lo inventó primero. Los bordes de la hoja se vuelven hacia arriba formando una bandeja de hasta quince centímetros de altura, que impide la colonización por plantas trepadoras y regula el agua sobre la superficie. La parte inferior y el pedúnculo están cubiertos de espinas que disuaden a los herbívoros acuáticos.

Flor del irupé. Foto: Patricia Roche.

La floración es uno de los espectáculos más singulares de nuestra flora, y esta fue la primera vez que pude verla —y gracias a Patricia, fotografiarla. Las flores emergen de noche, blancas e inmaculadas, con una fragancia dulce que atrae escarabajos. Mediante termogénesis, la flor eleva su temperatura interna, creando una cámara cálida que atrapa a los insectos durante la noche. Al amanecer cierra sus pétalos reteniéndolos cubiertos de polen; al día siguiente se abre de color rosado o púrpura, ya en fase femenina, y libera a los escarabajos para que polinicen otra flor recién abierta. Es un contrato perfecto entre planta e insecto. Los frutos, cubiertos de espinas, contienen semillas ricas en almidón que los guaraníes utilizaron durante siglos como alimento. En guaraní, irupé o yrupe significa "plato de agua", descripción que no necesita ningún agregado.

En Paraguay, el irupé habita principalmente en los humedales del Chaco y en los esteros y lagunas de la región Oriental. Es una especie de aguas tranquilas, cálidas y poco profundas, donde comparte hábitat con yacarés, carpinchos, mbiguás y una enorme diversidad de aves y reptiles. Sin embargo, su situación es preocupante. La expansión agrícola, la ganadería extensiva, la alteración del régimen hídrico y la contaminación por agroquímicos están reduciendo sus ambientes. Paraguay no cuenta aún con una estrategia nacional específica de conservación para esta especie. La situación es paradójica: el irupé aparece en ilustraciones, logotipos y folclore, pero su conservación in situ no recibe la atención que merece.

Irupés en flor flotando en la laguna. Foto: Patricia Roche.

Conservarlo significa conservar sus humedales: mantener los pulsos naturales de inundación, evitar el drenaje de esteros y controlar la contaminación. Algunas iniciativas comunitarias ya están incorporando la observación del irupé como atractivo ecoturístico, generando conciencia y recursos al mismo tiempo. Cuanto más lo conozcamos, más lo valoraremos y conservaremos. Don Ledezma y su esposa no recuerdan haber visto este fenómeno antes; comentaron que hay referencias de que hace más de 30 años no se registraba. El irupé no nos pide mucho: agua limpia, sol abundante y que lo dejemos en paz. Cuidarlo es, también, cuidar una parte de nuestra identidad como país.

Gracias, María Luisa; gracias, Patricia; gracias, don Ledezma y señora, y a todos quienes nos acompañaron y nos permitieron llegar al lugar.

Una jacana caminando sobre el irupé. Foto: Patricia Roche.