Hay aves que cantan, hay aves que deslumbran con sus colores y hay aves que construyen. El hornero o Alonsito, científicamente conocido como Furnarius rufus, conocido en Paraguay y noreste de Argentina como Alonsito o simplemente hornero, pertenece a las tres categorías, aunque es en la tercera donde su fama es indiscutible. Esta pequeña ave de plumaje pardo rojizo y garganta blanca, con unos 23 centímetros de longitud máximo y no más de 55 gramos de peso, es uno de los arquitectos más hábiles del mundo natural y, sin dudas, una de las aves más queridas del paisaje rural paraguayo, argentino y uruguayo. Pocas aves me remontan a mi infancia, y esta es una de ellas, en las pampas argentinas oyendo historias sobre el hornero de parte de mis abuelos.

Si hay algo que distingue al alonsito de cualquier otra ave de la región, es su nido, el cual construye íntegramente con barro mezclado con paja, fibras vegetales y hasta crines de caballo. El nido del hornero adopta la forma característica de un horno de barro; de ahí su nombre científico, derivado del latín furnus, que significa horno. Luego hablaremos de Rufus, un color nuevo que surge del mismo marrón del ave. En inglés se lo conoce como "ave del horno (oven bird)" y su "horno de barro" puede llegar a pesar hasta cinco kilogramos una vez seco, y su interior alberga un pasillo que conduce a una cámara de incubación, forrada con pastos suaves y plumas para proteger los huevos.

Lo más notable es que ambos miembros de la pareja trabajan juntos durante semanas en la construcción, aportando cientos de viajes de barro húmedo. Una vez terminado y habitado, la pareja construye un nido nuevo al año siguiente, aunque los nidos abandonados raramente quedan vacíos, ya que palomas torcazas, golondrinas y otras aves los adoptan con entusiasmo. Y siempre que veo un tatacuá u horno de barro, típico instrumento de la cocina en el campo (y no tanto), pienso que algún humano se debe haber inspirado en lo que esta ave construye.
Otra particularidad: el Alonsito es monógamo y territorial. Las parejas se forman para toda la vida y defienden su territorio a lo largo de todo el año. Una de sus conductas más llamativas es el canto a dúo: macho y hembra lanzan juntos una serie de vocalizaciones potentes y entrecortadas, con las alas ligeramente extendidas, en un ritual que sirve tanto para afianzar el vínculo de pareja como para advertir a intrusos. Ese canto es tan característico del campo paraguayo que muchos lo asocian instintivamente al amanecer rural. Y cuando para la lluvia, parece que están felices, ya que caminan con su andar tan particular y cantan muy fuerte, como diciendo "ya tenemos material blando para hacer nuestro nido". La reproducción ocurre dentro del nido, donde la hembra pone entre dos y cuatro huevos blancos. Ambos padres los incuban durante aproximadamente quince días y luego comparten la crianza de los pichones hasta que estos están listos para volar.

El hornero es un ave de suelo. Camina con paso decidido entre los pastizales y la tierra húmeda, moviendo constantemente la cabeza en busca de alimento. Se alimenta principalmente de insectos, larvas, arácnidos y lombrices, que extrae con su pico delgado y ligeramente curvado. Ocasionalmente complementa su dieta con semillas o pequeños frutos. Esta costumbre de rastrear el suelo lo convierte en un aliado invaluable para el control natural de invertebrados en campos agrícolas y jardines.
A diferencia de muchas especies sensibles a la transformación del paisaje, el Furnarius rufus ha sabido convivir con los cambios que el ser humano impone al ambiente. Se adapta con facilidad a entornos abiertos y semiabiertos, pastizales del Chaco y la Región Oriental, bordes de caminos, áreas rurales, parques urbanos e incluso barrios residenciales. Su única condición es disponer de barro para construir y de suelo descubierto para alimentarse.

Pocas aves están tan integradas en la cultura popular paraguaya como el hornero. Existe una leyenda local que atribuye a un hombre llamado Alonso García el invento del rancho de barro, inspirado precisamente en los nidos de esta ave; de ahí el apodo cariñoso con que se lo conoce en el país. Más allá de la leyenda, lo cierto es que el Alonsito forma parte del paisaje cotidiano de millones de paraguayos, desde el agricultor que lo ve trabajar junto a los bueyes hasta el citadino que lo escucha cantar en el parque. Su mansedumbre ante la presencia humana es otro rasgo que lo hace especial. No huye, no se oculta. Camina con confianza a pocos metros de las personas, como si supiera que lleva siglos compartiendo el mismo territorio.
En un mundo donde la biodiversidad enfrenta presiones crecientes, el Alonsito nos recuerda que la naturaleza puede prosperar junto a nosotros, siempre que le dejemos el espacio y el barro necesarios para construir su casa. Y hace dos días celebramos el Día del Trabajador, así que qué mejor ejemplo que un gran trabajador, como el Alonsito u Hornero. Agradezco las fotos compartidas por los amigos Carlos Ortega y José María Paredes, que permiten admirar esta maravilla de la naturaleza.
