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El aguapé puru'a: belleza, tradición y centinela de las aguas

El aguapé no es un mero adorno del paisaje: su fisiología la convierte en centinela ambiental. Lo que el agua contiene, la planta lo procesa y retiene.

Alberto Yanosky
por Alberto Yanosky 24 Mayo de 2026
24 Mayo de 2026
Pontederia crassipes en su ambiente.
Pontederia crassipes en su ambiente. Foto: Lidia Pérez de Molas.

Hay plantas que no piden permiso. Simplemente llegan, se instalan y transforman todo a su alrededor. El camalote o aguape puru'a y conocido científicamente como Pontederia crassipes, antes llamado Eichhornia crassipes, es una de ellas. Y sin embargo, pocos saben que este "invasor" de nuestros ríos, lagunas y esteros es en realidad una planta nativa de la cuenca del Plata y la Amazonía. Es, en el sentido más literal, una hija de estas aguas. Pero además es un pohãñana (planta medicinal). En cada mazo de hierbas destinado al tereré o a la infusión sanadora hay algo más que una transacción; hay un ritual de identidad donde la fe en lo natural se entrega sin sospechas. Sin embargo, bajo esa superficie de bienestar ancestral subyace una pregunta urgente para la salud pública: ¿es realmente seguro aquello que recolectamos de nuestras aguas? Analizar la inocuidad de nuestra farmacopea popular no es escepticismo; es un acto de protección hacia nuestra propia cultura.

La planta en flor fuera del agua. Foto: Lidia Pérez de Molas.
La planta en flor fuera del agua. Foto: Lidia Pérez de Molas.

Quien haya navegado por el río Paraguay o caminado por los bordes de algún estero habrá visto sus flores: una espiga erguida y vistosa, de color lila a lavanda, con seis tépalos de bordes ondulados, donde el pétalo superior luce una mancha amarilla brillante rodeada de un halo azul violáceo, como una pequeña gema pintada por la evolución para guiar a los polinizadores. La querida Lidia Pérez de Molas capturó esa inflorescencia en todo su esplendor, y la imagen confirma que pocas flores acuáticas de nuestra región combinan tanta elegancia estructural con tanta potencia biológica.

Pontederia crassipes como medicinales. Foto: Lidia Pérez de Molas.
Pontederia crassipes como medicinales. Foto: Lidia Pérez de Molas.

Pero la flor es solo el anuncio de algo más complejo. Para entender al camalote, hay que mirarlo fuera del agua. Al sacarlo de su medio, el secreto de su éxito queda al descubierto: los pecíolos presentan una base ensanchada y bulbosa, esponjosa al tacto, que funciona como chaleco salvavidas. Internamente, ese tejido —el parénquima— está lleno de cámaras de aire interconectadas cuyo patrón recuerda a un panal de abejas. Otra fotografía de Lidia muestra ese corte transversal contra un cielo azul: esa arquitectura de aire atrapado es lo que mantiene a la planta en la superficie y le permite intercambiar gases donde el oxígeno escasea. Las raíces, largas y plumosas, absorben nutrientes directamente de la columna de agua. Es un organismo perfectamente calibrado para su hábitat.

Parenquima de pontederia crassipes. Foto: Lidia Pérez de Molas.
Parenquima de pontederia crassipes. Foto: Lidia Pérez de Molas.

En su ambiente natural, el camalote forma colectivos flotantes que son refugio para invertebrados, peces jóvenes y aves acuáticas. Pero esa cara benevolente coexiste con otra que genera conflictos: en cuerpos de agua con agroquímicos y aguas servidas puede reproducirse de manera explosiva —duplicar su superficie en apenas seis a quince días—, bloqueando la luz, reduciendo el oxígeno disuelto y alterando toda la cadena trófica.

Pontederia crassipes a la venta con otras. Foto: Lidia Pérez de Molas.
Pontederia crassipes a la venta con otras. Foto: Lidia Pérez de Molas.

En los mercados de la región oriental es habitual ver el aguapé puru'a compartiendo espacio en cestas de mimbre junto a raíces de jengibre y otras hierbas medicinales. Las "yuyeras" lo conocen y ofrecen por sus propiedades diuréticas, como refrescante en el tereré y para afecciones digestivas. Las fotografías de Lidia, tomadas en esos puestos inconfundibles, son testimonio de esa relación viva entre la planta y la cultura popular. El conocimiento etnobotánico circula con una vigencia que la ciencia recién comienza a documentar formalmente. Pero esta comercialización, carente de controles rigurosos, ignora el origen del espécimen. Y ahí reside el problema.

La llamativa inflorescencia de pontederia crassipes. Foto: Lidia Pérez de Molas.
La llamativa inflorescencia de pontederia crassipes. Foto: Lidia Pérez de Molas.

El aguapé no es un mero adorno del paisaje: su fisiología la convierte en centinela ambiental. Lo que el agua contiene, la planta lo procesa y retiene. La investigación liderada por la doctoranda Derlysa Colmán ha puesto el foco en un peligro invisible: la presencia de plomo en la Pontederia crassipes recolectada en aguas paraguayas. Ese parénquima poroso que le da flotabilidad funciona simultáneamente como una esponja biológica de eficiencia aterradora. Porque el plomo no se diluye con el hervor de un mazo de remedios. La bioacumulación en plantas medicinales es particularmente insidiosa cuando las infusiones son consumidas por quienes más necesitan protección: niños y ancianos. El aguapé, en aguas contaminadas, deja de ser remedio para convertirse en vehículo de metales pesados, transformando un acto de sanación en un riesgo toxicológico invisible.

La Pontederia crassipes es, en definitiva, un espejo de la salud de nuestros humedales. Cuando aparece en densidades que preocupan, la pregunta correcta no es solo cómo eliminarla, sino qué nos está diciendo sobre el estado del agua que la alimenta. Es nativa, es bella, es útil y también puede ser señal de alarma. Como tantas cosas en la naturaleza, no cabe en una sola categoría. Nos pide que miremos con más matices y con el respeto que merece quien lleva millones de años habitando estas aguas. Debemos aspirar a que la llamativa inflorescencia del aguapé siga siendo símbolo de la exuberancia de nuestros humedales y no un portador inadvertido de venenos. La ciencia es la única garantía de que nuestras tradiciones sigan siendo un refugio seguro. Valorarla hoy es la única forma de asegurar que el pohã ñana sea, verdaderamente, medicina para el alma y para el cuerpo.

Pontederia crassipes a la venta. Foto: Lidia Pérez de Molas.
Pontederia crassipes a la venta. Foto: Lidia Pérez de Molas.

Gracias a Derlysa Colmán, a Lidia Pérez de Molas y a María Vera por enseñarme tanto y compartir un entusiasmo que contagia.

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