Crónica de una especie con prioridad de conservación El caso del mytũ (Crax fasciolata)
En un conjunto de fotos que tenía tomadas por Tatiana Galluppi, me percaté de que había imágenes de la pava pintada o mytũ, como se la conoce en guaraní, que se adaptó al español como muitú, y también conocida científicamente como Crax fasciolata. Así que en la búsqueda de otros colegas que hubiesen podido fotografiar a esta bella y grande pava de monte, tuve el enorme placer de tener a Rebeca Irala, a Carlos Ortega y a José Maria Paredes, quienes voluntaria y desinteresadamente compartieron sus fotos. Mi desafío es compartir un texto basado en ciencia que muestre y comente sobre esta gran pava de monte, habitante cada vez más raro de nuestros ambientes naturales.
Tuve la oportunidad de verla en la naturaleza en varias oportunidades y recuerdo que hace poco tiempo, con un equipo de colegas, vi una pareja caminando por un camino vecinal en Concepción, cercana a una isleta de bosque. Evidentemente, el nombre nativo es una onomatopeya, por el repetido mui...tú... que hace la especie, pero que en alarma cambia a un agudo "psíaaa". Es un ave inconfundible, negra, vientre y ápice caudal blancos, con la base del pico amarilla, notable cresta enrulada, y la hembra tiene una cresta blanca y negra, dorso, cola y pecho barrados, y el resto ventral canela. Habitante de los bosques ribereños de la Región oriental y el este del Chaco, donde anida en sus árboles.
Esta pava pertenece a la familia de los crácidos (Cracidae), que alberga 56 especies en Centro y Sudamérica, y en Paraguay tenemos seis especies. Son tanto terrícolas como arborícolas, y todas las especies son muy perseguidas por su carne; quizás de todas ellas la más común sea la charata. Pero volvamos a lo que nos interesa hoy, el mytũ, quizás una de las aves más discretas y fascinantes de los bosques, que se la puede avistar en bosques húmedos y riparios del Chaco y en selvas en galería del centro-oriente del país, donde encuentra lo que necesita, refugio y alimento. Su estado de conservación global es vulnerable, principalmente por pérdida de su hábitat y la cacería a la cual es sometida, y en Paraguay su situación es particularmente delicada, con poblaciones fragmentadas y en declive.
Si ustedes observan las fotos, es realmente de porte imponente; el macho es negro brillante con piel facial amarillenta sin plumas; la hembra, más críptica, luce un fino barrado en tonos negros, blancos u ocres. Son grandes; ambos alcanzan cerca de 85-90 cm de longitud, y su vida transcurre entre el sotobosque y la media altura del bosque, donde se alimentan (forrajean, decimos técnicamente) mayormente en el suelo y al atardecer ascienden a los árboles para descansar, recordándonos a las gallinas domésticas (cuando tienen árboles o se los hemos dejado). Sus vocalizaciones —llamados profundos y repetitivos— delatan su presencia en paisajes donde pocas veces se deja ver. En el Chaco Húmedo paraguayo, estudios con cámaras trampa muestran actividad diurna marcada, con picos en la mañana, y preferencia por bosques ribereños, donde se registran individuos solitarios, parejas y pequeños grupos familiares.
La base de su dieta es predominantemente frugívora: frutos carnosos y semillas constituyen el núcleo de su alimentación, complementados, en ocasiones, con brotes, flores e invertebrados. Esta preferencia la convierte en un aliado destacado y clave del bosque: al dispersar semillas de múltiples especies, contribuye a la regeneración y a la estructura vegetal, un servicio ecológico que se pierde cuando las poblaciones se extinguen localmente o se extirpan.
La reproducción, bien adaptada a los ritmos del bosque, ocurre durante la época lluviosa cuando los recursos son más abundantes. El cortejo del macho incluye despliegues y vocalizaciones llamativas, y es la hembra quien construye los nidos de ramas y hojas a varios metros del suelo, ocultos entre lianas y la densa vegetación. La puesta típica es de dos huevos, con una incubación cercana al mes (28-30 días). Los pichones son precoces: siguen a la madre al poco de nacer y aprenden las rutas y fuentes de alimento del territorio familiar. No obstante, la especie madura tarde (dos a tres años), lo que vuelve sus poblaciones particularmente sensibles a la caza y a la pérdida de hábitat, pues su ritmo reproductivo no estaría compensando disminuciones rápidas.
En Paraguay, el mytũ figura en las listas nacionales y su presencia ha sido documentada por organizaciones y equipos de investigación locales. La "Lista comentada de las aves del Paraguay" recoge el estatus y distribución histórica de la especie en el país, subrayando su rareza y la urgencia de proteger los remanentes de bosque donde aún sobrevive. Las revisiones regionales sobre los crácidos destacan que el mytũ es un "indicador" de calidad de los bosques (o bosques en buen estado) y un grupo entre los más amenazados de América Latina, por lo que su conservación trae beneficios amplios para la biodiversidad asociada.
Las amenazas en Paraguay reflejan patrones regionales: deforestación para agricultura y ganadería, la fragmentación de los bosques en galería y la caza, que hace que sus poblaciones disminuyan rápidamente. Donde el bosque se achica o reduce, el mytũ desaparece, y con él se empobrecen los procesos ecológicos que sostienen la salud de los ecosistemas. Las evaluaciones internacionales de BirdLife y la IUCN señalan descensos poblacionales continuos y recomiendan proteger grandes bloques de bosque, restaurar corredores ribereños y reducir la presión de caza.
Cuando pienso en el mytũ además de pensar en la estrecha relación entre el ser humano y esta gran ave, pienso en un bosque completo, con cursos de agua bordeados por vegetación densa, árboles que fructifican estacionalmente, y una red de vida que depende de que las semillas se muevan, viajen. Por eso su conservación es una causa que trasciende a una sola especie; conservar y cuidar sus hábitats implica también que resguardemos a mamíferos, reptiles, anfibios y a un sinfín de plantas y microorganismos que componen la biodiversidad paraguaya.
Si alguna vez, en la calma de un alba chaqueña, escuchás un llamado grave proveniente del borde del monte, quizá haya un mytũ anunciando que el bosque está vivo, que aún late. Ese latido depende de nosotros. Los invito a conocer más sobre su historia natural y sobre los esfuerzos locales de monitoreo y conservación —como los registros con cámaras trampa en el Chaco Húmedo y los trabajos de los investigadores y conservacionistas— y a sumarse a estos esfuerzos colectivos, apoyando las iniciativas que protegen nuestros bosques y sus guardianes alados.
Gracias a Tatiana, Rebeca, Carlos y José María por siempre estar ahí motivando y compartiendo sus registros fotográficos.