Tragedia nuclear

Chernobyl, 40 años después: cómo una cadena de errores provocó la peor catástrofe nuclear de la historia

El 26 de abril de 1986, la explosión en la central nuclear de Chernobyl no solo desató el peor desastre tecnológico del siglo XX, sino que también congeló en el tiempo a la ciudad de Pripyat.
A 40 años de la tragedia nuclear. Foto: Archivo EN.

A la 1:23 de la madrugada del 26 de abril de 1986, en un rincón industrial del entonces corazón de la Unión Soviética, una explosión partió la noche en dos. No fue un estruendo cualquiera: fue el sonido del núcleo de un reactor nuclear quedando al descubierto, del grafito ardiendo al aire libre, del átomo liberado sin control. En cuestión de segundos, lo invisible —la radiación— comenzó a viajar por el cielo europeo. Nadie lo sabía aún, pero el mundo acababa de entrar en la peor catástrofe nuclear de la historia.

Ese instante, que duró apenas unos segundos, fue el resultado de años de decisiones acumuladas, de advertencias ignoradas y de un sistema que privilegiaba la apariencia de control por sobre la seguridad real. Lo que ocurrió en Chernobyl no fue un accidente repentino en el sentido estricto: fue el desenlace de una serie de condiciones que, combinadas, hacían que el desastre fuera posible mucho antes de que alguien presionara el último botón.

El 26 de abril de 1986, la explosión en la central nuclear de Chernobyl no solo desató el peor desastre tecnológico del siglo XX, sino que también congeló en el tiempo a la ciudad de Pripyat. Explora la historia de la evacuación y el abandono de una ciudad que nunca volvió a ser habitada.

La central nuclear de Chernobyl —oficialmente "Vladimir Ilich Lenin"— estaba ubicada en el norte de la actual Ucrania, a unos 120 kilómetros de Kiev. A apenas tres kilómetros se levantaba Prípiat, una ciudad planificada, moderna, símbolo del progreso soviético.

Experimento urbano

Fundada en 1970, Prípiat era un experimento urbano exitoso: edificios nuevos, escuelas, hospitales, centros culturales y hasta un parque de diversiones que iba a inaugurarse el 1 de mayo de 1986. Vivían allí cerca de 48.000 personas, en su mayoría trabajadores de la planta y sus familias. La región en su conjunto albergaba a cientos de miles de personas. En torno a la central se desarrollaba una intensa actividad industrial y agrícola. Era, en apariencia, un lugar seguro, moderno y en expansión.

La vida cotidiana transcurría con normalidad. Había cines, bibliotecas, gimnasios, cafés. Los jóvenes estudiaban carreras técnicas vinculadas a la energía nuclear, consideradas prestigiosas dentro del sistema soviético. La central no solo proveía empleo: representaba estabilidad, progreso y futuro.

En ese contexto, la confianza en la tecnología era casi absoluta. La energía nuclear era vista como una conquista científica, un símbolo de poder y desarrollo. Nadie en Prípiat imaginaba que esa misma tecnología, presentada como garantía de bienestar, podía transformarse en una amenaza invisible e incontrolable.

Lo que desencadenó la tragedia

Lo que desencadenó la tragedia fue un ensayo. Un procedimiento técnico que, en teoría, buscaba mejorar la seguridad del reactor. El objetivo era comprobar si, en caso de un corte eléctrico, las turbinas podían seguir generando suficiente energía residual para alimentar los sistemas de refrigeración hasta que entraran en funcionamiento los generadores de emergencia. Pero la prueba se realizó en condiciones completamente inadecuadas.

Para ejecutarla, los operadores redujeron la potencia del reactor número 4 a niveles peligrosamente bajos. En ese punto, el diseño del reactor RBMK —caracterizado por una alta inestabilidad a baja potencia— se convirtió en una trampa mortal. A partir de allí, una cadena de decisiones erróneas agravó la situación: se desactivaron sistemas de seguridad clave; se retiraron demasiadas barras de control; se operó el reactor fuera de los límites permitidos. El resultado fue un aumento súbito e incontrolable de potencia.

Además, el equipo que llevaba adelante la prueba no estaba completamente preparado para manejar una situación de esa complejidad. Hubo cambios de turno, falta de comunicación y presiones para completar el ensayo que habían sido pospuestos previamente. Todo esto contribuyó a un contexto en el que las decisiones se tomaron bajo tensión y sin una evaluación adecuada del riesgo.

La noria de Prypiat se convirtió en un símbolo mundial del desastre de Chernóbil.

Dos explosiones consecutivas destruyeron el reactor. La primera, de vapor; la segunda, probablemente causada por hidrógeno. La tapa del reactor —una estructura de más de mil toneladas— fue expulsada. El núcleo quedó expuesto. El grafito, altamente inflamable, empezó a arder al contacto con el aire. Y con ese incendio, la radiación comenzó a escapar sin control. La nube radiactiva se elevó y se dispersó por gran parte de Europa. Se estima que el material liberado fue cientos de veces superior al de la bomba atómica de Hiroshima.

En las horas siguientes, fragmentos del reactor quedaron esparcidos por la zona. Algunos de ellos emitían niveles de radiación tan altos que podían ser mortales en cuestión de minutos. Sin embargo, en ese momento, muchos de los presentes no comprendían la magnitud del peligro.

El anuncio oficial llegó tarde y de manera incompleta. Incluso en otras regiones de Europa, los primeros indicios del desastre no provinieron de la Unión Soviética, sino de estaciones de monitoreo en países como Suecia, donde se detectaron niveles anómalos de radiación.

El impacto inmediato fue devastador para quienes estaban en la planta. Dos trabajadores murieron esa misma noche. En las semanas siguientes, al menos 28 bomberos y operarios fallecieron por síndrome de radiación aguda. En total, la ONU reconoce alrededor de 30 muertes directas iniciales. Muchos de los bomberos que acudieron al lugar lo hicieron sin saber que estaban enfrentando un incendio nuclear. Sin trajes adecuados ni información precisa, combatieron las llamas durante horas, expuestos a dosis letales de radiación.

Fuente: AFP/Infobae,