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Mujeres que fingen, hombres que rinden: las trampas del placer

Entre el orgasmo fingido y la presión masculina por rendir, muchas parejas quedan atrapadas en una sexualidad más preocupada por demostrar que por sentir.

por Sandra Lustgarten 10 Mayo de 2026
10 Mayo de 2026
Hablar de sexo.
Hablar de sexo. Referencia.

Durante mucho tiempo, la sexualidad se organizó como una escena de rendimiento. Ellos debían poder siempre, sometidos a una presión interna competitiva. Ellas disfrutan, o al menos parecen hacerlo Así, entre mandatos, silencios y expectativas: el placer dejó muchas veces de ser una experiencia íntima para convertirse en una actuación o en un desafío. El orgasmo, que debería ser la posibilidad del cuerpo y no una obligación sostenida, terminó ocupando el lugar de una prueba final. Si hubo orgasmo, la relación sexual "funcionó". Si no lo hubo, algo pareció fallar. Esta mirada reducida empobrece el encuentro erótico, porque transforma el deseo en examen, la intimidad en resultado y el cuerpo en una maquinaria que debe responder siempre o casi siempre. Pero el placer no funciona así. No todos los cuerpos sienten de la misma manera, ni todos los orgasmos tienen la misma intensidad, o todas las personas llegan al placer por el mismo camino. En términos generales, el orgasmo masculino suele estar más asociado a la eyaculación, aunque no sean exactamente lo mismo. La respuesta sexual masculina tiende a ser más lineal: deseo, excitación, erección, aumento de tensión, orgasmo, eyaculación y luego descenso. Después, en muchos hombres aparece el llamado período refractario, ese tiempo en el que resulta difícil o imposible volver a excitarse o alcanzar otro orgasmo, situación que alarma y estresa a muchos hombres, sobre todo en su primera cita.

En la mujer, en cambio, la respuesta sexual suele ser más variable, más ondulante y más sensible al contexto. El deseo femenino puede necesitar clima, confianza, juego, palabras, fantasía, tiempo y una estimulación adecuada. Muchas mujeres alcanzan el orgasmo más fácilmente a través de la estimulación del clítoris que por la sola penetración vaginal. Esto no significa que el placer femenino sea mejor, ni que el masculino sea más simple. Significa que los mapas del placer son diferentes. El orgasmo masculino suele parecerse más a una descarga; el femenino, muchas veces, a una expansión. Pero el verdadero erotismo no está en comparar intensidades, sino en aprender el idioma de cada cuerpo y lo que lo satisface. El problema aparece cuando la sexualidad se organiza alrededor de la obligación de llegar. Allí el orgasmo deja de ser una consecuencia posible del deseo y se convierte en una exigencia. Y cuando aparece la exigencia, muchas veces aparece también la actuación.

Uno de los grandes mitos de la vida sexual es que "las mujeres fingen orgasmos". La frase se repite con tono de broma, de sospecha o de resignación, como si fingir fuera casi una característica femenina. Pero quizás habría que formularlo de otro modo: no es que las mujeres finjan por naturaleza; muchas veces fingen porque no encuentran un espacio donde decir lo que no sienten, un medio de comunicación que no las frene, o una forma de empatizar para lograr flexibilización en lo que comunican. Pero además, de alguna manera, perder el miedo y frustrar el tabú. Durante generaciones, muchas mujeres fueron educadas para cuidar el deseo del otro antes que el propio, imaginando el placer del otro como si fuera la forma de encontrar el propio. Para no herir, no incomodar, no parecer frías, difíciles, demandantes o poco sexuales y porque no atrevidas o prostituidas. En ese contexto, fingir puede funcionar como una salida rápida: terminar una escena que ya no se disfruta, evitar explicaciones, proteger el ego de la pareja o sostener una fantasía de armonía. Pero fingir tiene un costo alto. Cuando una mujer "simula el placer", el otro cree que lo que hizo funcionó. Y si cree que funcionó, lo repetirá. Así se construye una sexualidad falsa, poco atractiva, con un lenguaje engañoso y una falsa interpretación simbólica, donde el cuerpo actúa lo que no siente y el deseo queda cada vez más lejos de su propia verdad. El punto no es culpar a quien finge. El punto es preguntarse: ¿Qué tipo de vínculo hace que alguien sienta que debe actuar su placer para no incomodar al otro?

Porque el orgasmo fingido no habla solamente de una mujer que miente. Habla de una pareja que quizás no pregunta, que tal vez no se interesa, que atraviesa la rutina sexual, que perdió empatía, de una educación sexual pobre y de una intimidad donde todavía falta aprendizaje y madurez, además de darle un significado a lo que no apasiona: "así no", "más despacio", "por acá", "hoy no llegué", "necesito otra cosa que me haga disfrutar".

También los hombres fingen, aunque se hable menos de eso. Fingen deseo, potencia, seguridad, ganas. permanentes, dominio de la escena. Sobre ellos pesa otro mandato: el de rendir siempre. Tener erección. Saber qué hacer, durar lo suficiente, terminar en el momento esperado y demostrar que todo está bajo control. El mandato masculino no suele autorizar la fragilidad, la duda ni la ternura. Muchos hombres viven la sexualidad como una prueba de eficacia y de poder. Si no hay erección, sienten el fracaso. Si eyaculan rápido, sienten vergüenza. Si no tienen deseo, sienten que pierden virilidad. Si preguntan demasiado, temen parecer inseguros, inexpertos.

"Entonces, mientras muchas mujeres fingen placer, muchos hombres fingen seguridad".

En ambos casos, el resultado es parecido: dos cuerpos pueden estar desnudos, pero emocionalmente escondidos. Y esta es la metáfora de esta situación.

La sexualidad adulta no empieza cuando dos personas tienen orgasmos perfectos. Empieza cuando pueden hablar sin vergüenza de lo que les gusta, de lo que no les gusta, de lo que necesitan, de lo que les cuesta y de lo que desean probar. El erotismo no se sostiene en la actuación, sino en la confianza, en compartir y en aprender un nuevo modelo sexual.

Decir la verdad en la cama no debería ser vivido como una amenaza. Al contrario, puede ser el comienzo de una sexualidad más libre. Decir "no llegué" no significa acusar al otro. Decir "me gusta de otra manera" no significa rechazarlo. Decir "necesito más tiempo" no significa ser complicada. Decir "hoy no puedo" no significa dejar de desear. Porque en terapia, cuando un varón se siente desconfiado, preferimos decirle que esa noche acaricie, abrace, sienta, explore. Y si una mujer está cansada, preferimos recomendarle que esa noche acaricie, abrace, imagine.

"El deseo necesita menos actuación y más instinto"

La gran trampa del placer es que muchas personas quieren parecer sexuales antes que sentirse sexuales. Quieren cumplir con una imagen, con un ideal, con una fantasía, con una escena aprendida en la pornografía, en los mandatos de género o en relaciones anteriores.

"El cuerpo no siempre obedece al personaje que intentamos representar"

El orgasmo no debería ser una prueba de amor, ni una medalla de desempeño, ni una obligación de género. El orgasmo es una posibilidad del cuerpo cuando encuentra permiso, deseo, presencia y confianza.

Quizás haya que dejar de preguntar solamente si hubo orgasmo y empezar a preguntar si hubo encuentro, comunicación, un buen vínculo y tal vez la sexualidad más adulta no sea la que siempre termina en un orgasmo perfecto, sino la que permite que dos personas dejen de actuar y construyan el encuentro, y una nueva sexualidad propia, no ajena, distinta a la del resto e intensa.

Anaïs Nin escribió que "solo el latido unido del sexo y el corazón puede crear éxtasis". Tal vez por eso el orgasmo verdadero no nace del rendimiento, sino de la entrega, la confianza y la libertad de no tener que fingir.

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