"Él abajo y yo arriba": cuando la sexualidad se convierte en una relación de poder
Hay frases que parecen hablar únicamente de una postura sexual, pero, en realidad, describen una forma de vincularse. "Él abajo y yo arriba" puede ser una posición elegida libremente en la intimidad, pero también puede transformarse en una metáfora de muchas relaciones donde uno domina y el otro se adapta; donde uno decide y el otro cede.
La sexualidad no comienza en la cama. Comienza mucho antes: en cómo nos sentimos frente al otro, en la libertad para expresar deseos, en la posibilidad de decir "sí", pero también "no". Por eso, cuando siempre hay alguien "arriba", tomando todas las decisiones, y otro "abajo", complaciendo por miedo a perder el vínculo, el problema ya no es sexual: es emocional.
Durante décadas, muchas mujeres fueron educadas para satisfacer antes que para disfrutar. Aprendieron que el placer masculino era el centro del encuentro y que el propio podía esperar. Se acostumbraron a preguntar qué quería el otro, pero pocas veces se animaron a preguntarse qué deseaban ellas.
Sin embargo, este fenómeno no es exclusivo de las mujeres. También muchos hombres viven relaciones donde sienten que deben responder a expectativas permanentes, demostrar virilidad o aceptar dinámicas que no desean por temor a ser juzgados. La desigualdad puede adoptar distintas formas y afectar a cualquier persona.
La verdadera intimidad no se construye sobre jerarquías, sino sobre reciprocidad. Una pareja sexualmente saludable es aquella donde ambos pueden proponer, negociar, cambiar de opinión y explorar sin sentir que uno tiene más derechos que el otro.
Paradójicamente, muchas personas creen que hablar de sexo "mata la pasión". Ocurre exactamente lo contrario. La comunicación suele ser el mayor afrodisíaco de una relación duradera. Preguntar qué gusta, qué incomoda o qué fantasías existen fortalece la confianza y disminuye la ansiedad por "cumplir".
Cuando uno permanece siempre "abajo" —emocional o sexualmente— termina desconectándose de su propio deseo. El encuentro deja de ser un espacio de placer compartido para convertirse en una representación donde cada uno interpreta el papel que cree que debe cumplir.
Las investigaciones en sexología muestran que la satisfacción sexual está mucho más relacionada con la calidad del vínculo, la comunicación y la percepción de igualdad que con las técnicas o las posturas. La creatividad erótica nace cuando desaparece la necesidad de demostrar poder.
Quizá haya llegado el momento de dejar de pensar quién está arriba y quién está abajo. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿estamos los dos en el mismo nivel de libertad para disfrutar de la intimidad?
Porque una sexualidad plena no se mide por quién conduce el encuentro, sino por la capacidad de ambos para sentirse vistos, escuchados y respetados.
En definitiva, las posiciones cambian; el equilibrio, en cambio, es lo que sostiene el deseo a lo largo del tiempo. Cuando la intimidad deja de ser una lucha silenciosa por el control y se convierte en un espacio de encuentro entre iguales, ya no importa quién está arriba o abajo. Lo que realmente importa es que ninguno de los dos ocupe un lugar inferior dentro de la relación.
El estímulo sexual del poder en la cama
Hay algo que suele despertar curiosidad y, muchas veces, cierta incomodidad: ¿por qué para algunas personas el poder resulta sexualmente excitante?
Cuando hablamos de poder en la intimidad no nos referimos únicamente a quién ocupa una determinada posición física, sino a una dinámica psicológica. Para algunas parejas, el hecho de conducir el encuentro, tomar la iniciativa o asumir un rol dominante puede convertirse en un potente estímulo erótico. Para otras, el placer aparece precisamente en la confianza de poder entregarse y dejar que el otro conduzca. En ambos casos, la clave es la misma: el consentimiento y el deseo compartido.
Desde la sexología sabemos que el cerebro es el principal órgano sexual. Lo que excita no siempre es un estímulo físico; muchas veces es una emoción.
El poder puede representar seguridad, liderazgo, protección, capacidad de decisión o incluso transgresión. Esas representaciones, construidas a lo largo de la historia personal y cultural, pueden convertirse en disparadores del deseo.
Sin embargo, conviene distinguir dos realidades muy diferentes. Una cosa es el juego erótico de los roles, donde ambos participantes acuerdan libremente quién dirige y quién sigue durante un encuentro sexual. Otra, muy distinta, es una relación en la que el poder existe fuera del dormitorio y se basa en el miedo, la manipulación o el sometimiento. Lo primero puede enriquecer la vida sexual; lo segundo deteriora tanto el deseo como el vínculo.
Resulta interesante observar que muchas personas ocupan un lugar de gran responsabilidad durante el día —empresarios, médicos, abogados, jueces o ejecutivos— y, en la intimidad, encuentran placer precisamente en abandonar ese control. Otras, en cambio, experimentan una intensa excitación al sentirse protagonistas y conducir la situación. Esto demuestra que el deseo no siempre sigue la misma lógica que la personalidad cotidiana.
La neurociencia también aporta algunas respuestas. Las situaciones que implican intensidad emocional, novedad, anticipación o una sensación de control pueden activar circuitos cerebrales relacionados con la recompensa y la liberación de neurotransmisores como la dopamina. Esa combinación incrementa la excitación sexual cuando ambos integrantes viven la experiencia como algo seguro y deseado.
La cultura también influye. Durante siglos se asociaron la masculinidad con el dominio y la feminidad con la obediencia. Hoy esos modelos están cambiando. Cada vez más parejas construyen una sexualidad donde los roles son flexibles, intercambiables o, simplemente, dejan de tener importancia. Lo que antes respondía a un mandato social ahora puede convertirse en una elección consciente.
El verdadero atractivo del poder no reside en imponerse sobre el otro, sino en la posibilidad de jugar con los roles sin perder la igualdad. La paradoja es que una relación solo puede permitirse explorar estas dinámicas cuando existe una profunda confianza mutua. Cuanto mayor es la seguridad emocional, mayor suele ser la libertad para experimentar.
El poder puede ser un afrodisisíaco... siempre que sea un poder prestado, consensuado y reversible.
La excitación nace del acuerdo, no de la imposición; de la libertad de elegir un papel y también de poder cambiarlo en cualquier momento. Porque la mayor expresión de poder en la sexualidad no consiste en dominar al otro, sino en construir un espacio donde ambos puedan expresar sus deseos sin miedo, con respeto y con la certeza de que el placer nunca estará por encima de la dignidad ni de la libertad de quien comparte la intimidad.
"Lo que verdaderamente erotiza no es el poder en sí, sino el intercambio de poder dentro de la relación."
El poder, bien utilizado en el contexto de una relación, puede resultar motivador para la pareja que necesita encontrar una fantasía que la ayude a experimentar momentos en los que salga de su rol habitual; poder jugar a ser quien pone límites, controla o conduce al otro.
Ha sido una de las técnicas que, en parejas con mayores dificultades, ha dado resultados beneficiosos. No siempre el rol del otro es el más seguro o el más cómodo. Muchas veces, en ese intercambio, las parejas comprenden que el papel que desempeña el otro también conlleva sufrimiento, responsabilidad e incluso culpa.