Transporte público y el desarrollo social

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Una vez más, Paraguay se enfrenta a la amenaza de un paro del transporte público, anunciado para el 21 de julio al 23 de julio. Esta vez, el motivo es la supuesta falta de pago de subsidios por parte del Gobierno a los empresarios del sector. La escena no es nueva: gremios presionando, el Gobierno justificando retrasos, y la ciudadanía —una vez más— como rehén de un conflicto que revela la profunda crisis estructural del sistema de transporte público nacional.

El subsidio estatal a los transportistas fue concebido como una herramienta para garantizar la accesibilidad del pasaje a sectores vulnerables y mantener operativo el sistema. Sin embargo, este modelo ha sido constantemente criticado por su falta de transparencia, fiscalización y resultados concretos. Durante años, se han denunciado irregularidades en el cobro por kilómetros no recorridos, buses fantasmas, y la persistente precariedad del servicio, con unidades en mal estado, tiempos de espera excesivos y rutas mal planificadas.

Hoy, los empresarios aseguran que el Gobierno les adeuda pagos que imposibilitan la operación normal del sistema. El Ministerio de Economía, por su parte, alega que se están realizando auditorías para verificar las deudas reclamadas. En el medio de este cruce de acusaciones, millones de paraguayos, en especial trabajadores, estudiantes y adultos mayores, ven amenazada su posibilidad de desplazarse. Por su parte, el presidente de la República, Santiago Peña, afirmó el traslado para los ciudadanos estará garantizado para los tres días del paro anunciado. 

Los más perjudicados son, sin duda, los usuarios del transporte público: personas que no cuentan con alternativas como vehículos propios o servicios privados. Un paro implica ausencias laborales, retrasos, pérdida de ingresos, y dificultades para acceder a servicios esenciales como salud o educación. A esto se suma el creciente descontento ciudadano hacia un sistema que, lejos de mejorar, parece estancarse o retroceder.

El país también pierde competitividad cuando un sector tan fundamental como el transporte urbano se ve envuelto en conflictos cíclicos. La imagen de una capital paralizada por la falta de buses no contribuye al clima de inversión ni a la confianza pública.

El Gobierno debe actuar con firmeza y responsabilidad. El primer paso es garantizar la transparencia total del sistema de subsidios en caso de seguir con este, incluyendo la publicación periódica de los montos entregados y las auditorías correspondientes. Si hay deudas legítimas, deben saldarse. Si existen irregularidades, los responsables deben rendir cuentas.

Pero más allá del conflicto inmediato, se necesita una reforma estructural del modelo de transporte público. Esto implica: un sistema de monitoreo eficiente y en tiempo real, licitaciones competitivas y transparentes. Así también penalizaciones reales por incumplimientos.

La promoción de un sistema multimodal que incluya el fortalecimiento del transporte alternativo como el tren de cercanías, ciclovías, y servicios de buses municipales coordinados. Además, es hora de replantear si el subsidio debe seguir entregándose directamente a los empresarios o si se puede implementar un subsidio focalizado al usuario, como ocurre en otros países de la región, donde el pasaje se compensa directamente a estudiantes, trabajadores informales y jubilados mediante tarjetas electrónicas. 

Se debe garantizar también la provisión de buses en todos las ciudades, barrios y compañías de lo más alejadas posible, así como la puntualidad de los mismos y sobre todo aumentar calidad de vida para la ciudadanía y menos horas haciendo largos viajes. 

En el corto plazo, el Gobierno debe garantizar un plan de contingencia para el 21 de julio, como reforzar el servicio de transporte alternativo (buses municipales, taxis colectivos, apps de transporte reguladas), facilitar el teletrabajo en instituciones públicas, y asegurar rutas para bicicletas o caminatas seguras.

Pero lo más urgente es salir de la lógica del chantaje. No puede ser que, cada año, los usuarios deban preguntarse si podrán ir a trabajar o estudiar. El Estado debe asumir su rol rector con visión a largo plazo y poner fin a un modelo que beneficia a pocos y castiga a muchos.

Paraguay necesita, de una vez por todas, un transporte digno, moderno y sostenible. Y eso solo será posible si el centro de las decisiones deja de ser el interés empresarial y pasa a ser, como debería haber sido siempre, el bienestar del ciudadano.