Análisis

Mucho gusto, somos la Generación Z

El Nacional EN

"Éxitos afuera, frustración adentro" fue el título de nuestra editorial del domingo pasado, en la que señalamos los buenos datos macroeconómicos, pero también recordamos —no sin molestia— que se siguen requiriendo "políticas públicas inclusivas que reduzcan las desigualdades y generen nuevas oportunidades". La realidad es la que gobierna, y esta no es benigna para la gran mayoría de la población, que no ve ese crecimiento "macro" reflejado en su plato de comida y sí mucha injusticia a su alrededor. De ahí que exista un justificado malestar.

Es natural que el descontento se alimente de reclamos no escuchados, y que de estos vaya surgiendo la Generación Z como nueva abanderada de las luchas sociales. Integrada por jóvenes nacidos entre 1997 y 2012, es la primera generación en haber crecido en un mundo completamente digitalizado. Hoy tienen entre 13 y 28 años y representan cerca del 30% de la población paraguaya, lo que los convierte no solo en el futuro, sino también en actores sociales del presente. Su manera de entender la política difiere de la de generaciones anteriores: desconfían de las estructuras partidarias tradicionales y apuestan a la movilización directa, apoyándose en las redes sociales. Desde esas plataformas pueden transformar un simple hashtag en una protesta callejera en cuestión de horas.

Su agenda se centra en asuntos que consideran impostergables, como: una educación de calidad conectada con el mundo laboral; oportunidades de empleo que eviten la emigración masiva; servicios de salud integrales que incluyan la atención a la salud mental; igualdad de género y respeto a la diversidad; acciones firmes contra el cambio climático; y una transparencia real en la gestión pública —sobre todo en el ámbito de la justicia—. También demandan la transformación definitiva de la mala calidad de los servicios públicos, en especial del transporte. Los jóvenes de hoy no toleran la corrupción, la baja formación de los representantes políticos ni mucho menos las promesas vacías. Saben que el costo de la inacción lo pagarán ellos mismos, y su impaciencia responde al tiempo que sienten correr en contra de sus proyectos de vida y al mínimo nivel de frustración que toleran.

No es casual que hayan decidido convocar para este domingo a una marcha en Asunción, donde esperan que jóvenes de diferentes regiones se sumen para alzar la voz contra la corrupción y la falta de respuestas en áreas sensibles —y cotidianas— como las mencionadas.

Estas manifestaciones no deben subestimarse, ni ser consideradas hechos aislados, sino parte de un fenómeno global en el que la nueva generación detona explosiones sociales de forma repetida a lo largo del mundo. Este reclamo generacional exige ser escuchado. Así lo vimos en Chile en 2019, cuando los jóvenes tomaron las calles para exigir igualdad de oportunidades; o en Europa, con los movimientos estudiantiles y ambientales que desafiaron a gobiernos enteros. En todos los casos, el denominador común es la capacidad de organización y movilización a través de plataformas digitales y un lenguaje que interpela directamente a la sociedad, muchas veces en oposición a los gobiernos y a los representantes políticos en general.

El ejemplo más reciente ocurrió en Nepal, donde miles de jóvenes salieron a las calles en protesta contra el desempleo, la corrupción y la falta de oportunidades, con pancartas, consignas digitales y una movilización que sorprendió a los gobernantes. Dejaron en claro que no aceptarán un futuro hipotecado por la incompetencia, la indiferencia o la incapacidad de sus líderes.

El error más grave que pueden cometer los partidos políticos tradicionales, y el mismo gobierno en todos los niveles, es subestimar sus reclamos. Tildarlos de "inmaduros" o "exagerados" solo alimentará la frustración y aumentará la intensidad de las protestas, ante la ausencia de un canal de comunicación entre la juventud y las instituciones. Ignorar sus reclamos no solo implica perder legitimidad, sino correr el riesgo de enfrentar un descontento social profundo y hasta violento. Intentar acallarlos con represión sería peor: aceleraría el desgaste y la pérdida de legitimidad, además de erosionar la calidad del sistema democrático.

Ahora bien, la voz de la juventud, aunque pasional, no siempre es necesariamente racional ni tiene toda la razón de su lado. No todos sus reclamos son justos ni oportunos; y no todas sus soluciones son viables: algunas pueden resultar incluso fatales. Hay muchos ejemplos en la historia: el convulso 68, cuando "la imaginación al poder" se expandió por todo Occidente, con resultados dispares; las primaveras árabes de hace quince años, varias de las cuales derivaron en países convertidos en páramos desolados; o, sin ir tan lejos, los levantamientos chilenos de 2019, que terminaron en una Constituyente con más de circo que de germen de un nuevo orden. Lo de Nepal está aún en veremos: se derrumbó un mal gobierno, pero eso no significa que uno bueno haya tomado su lugar. Aquí entra también la responsabilidad de la clase política, que debe filtrar y canalizar los reclamos justos.

Más allá de las incertidumbres, existe la certeza de que el ahora debe cambiar. Los nacidos en los 2000 ya no son actores marginales: son el presente en la voz que grita los desaciertos de hoy y el futuro en los brazos que asumirán el poder mañana. La respuesta debe ser abrir canales reales de participación, ofrecer soluciones concretas y comprender que el tiempo de los discursos vacíos y del secretismo ya pasó. Se deben enviar señales de buena voluntad y gestión que satisfagan reclamos básicos como honestidad, eficiencia y justicia. La Generación Z no esperará por siempre.