La desigualdad de ingresos continúa siendo uno de los principales obstáculos estructurales en América Latina, y Paraguay no es la excepción, según la prestigiosa publicación World Population Review. El análisis sobre la concentración del ingreso —que mide qué porcentaje del total queda en manos del 10% más rico— expone una brecha persistente que limita la movilidad social, obstaculiza el desarrollo económico y dificulta la gobernanza. En este contexto, el caso de Paraguay y del Mercosur resulta especialmente ilustrativo: el dinamismo productivo convive con estructuras distributivas que aún presentan fragilidades profundas.
Paraguay
"En Paraguay, aproximadamente el 35,4% del ingreso está concentrado en el decil más rico. Aunque este nivel no representa el extremo más agudo en la región, sí supera los estándares deseables para sociedades que aspiran a un desarrollo más inclusivo", explicó el economista Arturo Cardús Silvera.
Este indicador dialoga con una estructura productiva basada en la explotación de recursos naturales —soja, carne y energía hidroeléctrica— sectores que han impulsado el PIB y las exportaciones.
"Sin embargo, las ganancias generadas por estas actividades no se han distribuido de forma equitativa hacia los sectores vulnerables ni han favorecido proporcionalmente la formalización del empleo. La coexistencia entre un sector competitivo y moderno y un amplio segmento informal sigue siendo uno de los principales desafíos de la política económica local", agregó el economista.
Mercosur
En el Mercosur, la concentración del ingreso varía por país, pero presenta patrones comunes. Brasil, donde cerca del 41% del ingreso total está en manos del decil más rico, exhibe desigualdades históricas vinculadas a una economía robusta pero marcada por brechas en acceso a educación, servicios básicos y financiamiento.
Argentina, con un nivel menor (30,5%), enfrenta una inestabilidad macroeconómica crónica que reduce la capacidad redistributiva del Estado y deteriora el salario real.
Uruguay, con una concentración cercana al 30,3%, aparece como el país del bloque con mejores indicadores distributivos, sostenidos por políticas sociales consistentes y una base fiscal sólida.
En conjunto, el Mercosur encara la compleja tarea de equilibrar competitividad externa con cohesión social, en un entorno global caracterizado por tasas de interés altas y menor dinamismo en los precios de materias primas.
A nivel regional, América Latina presenta un promedio de concentración de entre 30% y 40% del ingreso en manos del 10% más rico. Este panorama confirma que el crecimiento económico, por sí solo, no garantiza equidad. Factores estructurales —baja productividad, sistemas tributarios poco progresivos y escasa inversión en capital humano— explican en gran medida este fenómeno.
Desafíos y oportunidades
Los países con mejores resultados distributivos combinan responsabilidad fiscal con sistemas tributarios más progresivos, además de invertir en primera infancia, educación técnica y empleo formal. En el caso de Paraguay, avanzar en la diversificación productiva y mejorar la calidad del gasto público son tareas impostergables.
El fortalecimiento de la infraestructura logística, la expansión del crédito para pequeñas y medianas empresas y una apuesta más decidida por la capacitación técnica podrían generar impactos multiplicadores en el crecimiento. En paralelo, una reforma tributaria gradual que aumente la progresividad sin desalentar la inversión resulta fundamental para robustecer la protección social y reducir desigualdades.
En el Mercosur, profundizar la integración productiva y desarrollar cadenas regionales de valor representa una oportunidad clave para generar empleo formal y elevar los ingresos reales. La coordinación macroprudencial, junto con reglas claras para la inversión y el comercio intrabloque, permitiría avanzar hacia un modelo más inclusivo y sostenible.
América Latina se encuentra en una encrucijada: continuar profundizando un modelo marcado por la alta concentración o adoptar una estrategia que priorice la equidad como base de la sostenibilidad. Paraguay, con su potencial energético y agroindustrial, tiene una oportunidad única de liderar esta transición hacia un crecimiento transformador orientado al bienestar compartido, siempre que su agenda económica aborde con claridad las desigualdades distributivas.