Ticio Escobar: "La comunidad es como el hilo de un collar: si lo sacás, las cuentas se caen"
Sobre la mesa de la sala, un café y la actualidad nacional enmadejada que nos pide pausa, escucha y reflexión. Fuimos a la casa de Ticio Escobar, crítico cultural, escritor, investigador de los pueblos originarios, activista de Derechos Humanos y ex ministro de Cultura del gobierno de Fernando Lugo (2008 - 2012).
—La Guerra de la Triple Alianza fue un genocidio que hemos "bajo-alfombrado". Creo que el discurso heroico-militarista que impera en Paraguay fue la manera en que se lo pudo narrar, como un sostén. ¿Cómo se repara un genocidio?
—El trauma colectivo es muy jodido porque repercute en subjetividades muy amplias y con sentidos muy distintos. Demonizar al enemigo se convierte en coartada histórica que todo lo justifica. La Triple Alianza, la Guerra del Chaco, Stroessner. Hay un destino trágico predeterminado históricamente: "Ya está escrito así". ¿Y qué salida hay? A veces, hay que dejar ir. No digo olvidar. Tal vez, crear nuevos sistemas de alianzas, redes de solidaridad activa, incluso regionalmente, que vayan sustituyendo más que reparando, porque hay cosas que son irreparables. Walter Benjamin habla de la memoria dolida, y sugiere convocar al presente para darle otro destino. Esto lo sentí en el Ycua Bolaños, donde se elaboró el duelo como un desahogo desesperado, incluso a los gritos. Y de a poco se fue trabajando la expectativa y la esperanza.
—A mi entender, la hegemonía colorada se asienta en tres patas: el terrorismo de Estado y sus prácticas de "matonaje"; la lógica clientelar y la apropiación de la identidad paraguaya (esta última muy poco discutida). Toda esa emocionalidad conflictuada y no tramitada está habitando el coloradismo.
—Stroessner logró homogeneizar y congelar el núcleo identitario: Estado todopoderoso/nación paraguaya como una misma cosa. Y al pueblo que aparece en los discursos como el gran protagonista histórico se lo congela en el tiempo negándole su diversidad.
—En una sociedad con un Estado de derecho tan aniquilado, tengo la impresión de que existe una especie de mecanismo compensatorio y hambre moral que dice: "Yo soy superior en esto", lo cual nos pone continuamente en posición de jueces y competidores, muy poco reflexivos.
—En muchos casos son los constructos defensivos de una sociedad frustrada y con muy pocas satisfacciones a nivel social. Ahí aparece la necesidad de autoafirmación: "Yo tengo la razón". Y en los pueblos indígenas pasa lo mismo. Con Mito Sequera reunimos a dos grupos Ishir, separados por mucho tiempo, que se reencontraron en sus rituales. Y decían: "No, no es así, no saben nada. Che ko la aikua´ava (yo soy el que sabe). O Ñande ko jaaikua´ava (nosotros somos los que sabemos), que es peor. Ambos descalificaban el ritual del otro. El gran desafío del trabajo cultural está en desglosar una herencia acrítica muy potente: la categorización (y consecuente jerarquización) que fija las cosas y les traza un perfil inmutable: "Vos sos así". Y, por otro lado, la intolerancia que deviene al defender una identidad que se autoafirma.
—Cuando pienso los bañados asuncenos, me preocupa la progresiva sustitución de los lazos solidarios de parentesco, vecindad y amistad por el crimen organizado. Hay un desplazamiento en el que el poder se reconfigura. Sumado a la falta de horizontes, ué nos queda en términos de vida comunitaria?
—Yo veo con desesperación al microtráfico entrando campante en las comunidades indígenas. Y cuando se pierde el horizonte comunitario todo se descarrila porque se rompe el sentido. La comunidad es como el hilo de un collar: si lo sacás, las cuentas se caen. Las mujeres se prostituyen, los hombres se alcoholizan y son explotados. Así como hay un proyecto de exterminio étnico, a la par hay un proyecto de exterminio comunitario.
—Suelo pensar que el nombre de lo carnavalesco, en Asunción, es la Albirroja. Desborde, festividad, expresión emocional. Habitar el espacio público. La mirada progresista (tantas veces totalizante) podría juzgar esta expresión popular de "perniciosa". ¿Cómo la incluimos? ¿Cuál es la importancia política de la alegría?
—¿Cómo encontrar esos dispositivos activadores en las políticas públicas? Recuerdo que el lema del Bicentenario fue Vy´a guasu, la alegría colectiva. Y lo fue, no sólo en Asunción, sino en todo el Paraguay. Duró poco, pero había una alegría latente que emergió cuando se le dio cabida. La cuestión es activar, porque no se puede inventar un entusiasmo si no existen condiciones previas. ¿Cómo creamos ocasiones para la alegría? Yo sí creo que hay una reserva de Vy´a.
—Siento que el concepto clásico freudiano de pulsión de muerte o tanatismo está muy presente en la subjetividad paraguaya y produce diversos emergentes en múltiples contextos.
—Yo lo asocio con una negatividad improductiva, diferente a la negatividad productiva que te lleva a cuestionar y ver el lado oscuro como una posibilidad, una reserva, incluso, de impulsos y construcciones. La negatividad improductiva se traduce, sobre todo, en una resignación casi suicida que en parte tiene que ver con la desgracia de nuestra historia, pero también con un pensamiento guaraní al respecto. Ellos creen en la posibilidad del teko porã y del teko vai o teko haku. Son los momentos oscuros en los que no hay salida. Y, sin salida, lo mejor que podés hacer es resignarte.
—Sicario-Chespi-Motochorro: Tres identidades muertas. Como una expresión particularmente extrema de este tanatismo que se corporiza en ciertas identidades que quedan absolutamente afuera...
—Hay una marginalidad extrema, una alteridad, que la sociedad no puede absorber. Y es que el modelo burgués de ciudad no fue concebido para ello. Asistimos a una especie de muerte social absolutamente desvinculada del contexto. Los indígenas son expulsados de sus tierras y como ya no tienen adónde ir, vienen a Asunción como "anguja partida" (ratones). Y acá, obviamente, no pueden sobrevivir. En el caso de los "chespis", no hay una mirada integral que considere lo que hay detrás y qué les pasa. Sólo estigmatización y persecución. Pero cuando las necesidades básicas no están satisfechas no se puede pedir que haya valores.
—El otro día leía acerca del concepto de brutalismo comunicacional. ¿Te parece que hay aportes importantes del mundo guaraní sobre la palabra y el silencio?
—Un chamán guaraní me dijo alguna vez: "Ustedes dilapidan las palabras". Recuerdo cuando un líder guaraní visitó a otro en su comunidad. Después de recorrer treinta kilómetros, se sentaron, tomaron mate, fumaron y se fueron a dormir, casi sin mediar palabra. Recién a la mañana siguiente, hablaron. Claro, primero compartieron miradas y silencios. En macropolítica ya no se necesita seducir al otro para convencerlo. Cuanto más brutal y tarado te muestres, mejor. Ya ves a Milei, Bolsonaro, Trump. Se trata de destruir al otro de una manera explícitamente grosera. Hay también una falta de cuidado en el trato, una cuestión despiadada y no compasiva, que tiene mucho que ver con el aire de los tiempos mundiales.
—¿Cuál es tu fuente de inspiración de sabiduría sensible para nuestro caso nacional?
—Los indígenas. Aunque cada vez tengan menos posibilidades de incidencia. Si te fijás, el término arandu (sabiduría), no se refiere a la acumulación de conocimientos, sino a percibir el tiempo. Es decir, hay una inteligencia del cuerpo y de los sentidos. El pensamiento indígena se conecta profundamente con el inconsciente, los sueños, la intuición, los presagios y la naturaleza. Es lo opuesto al capitalista que es acumulativo y no siente. Ellos se ríen mucho, juegan y se cuentan cuentos. Cuando hay cosecha de sandía, comen hasta terminar. Después se arreglan. Saben que hay periodos de hambre y de abundancia. Están conectados con la brújula del deseo. Como dice Marshall Sahlins, en "Economía de la edad de piedra", ellos, técnicamente, son ricos. El ideal guaraní del teko porã (vivir bien) es impresionante. El teko es cómo uno se siente y porã, significa bueno y bello al mismo tiempo. La ética occidental nunca pudo ensamblar ambos términos. Y además el teko tiene un sentido comunitario: es estar bien con uno mismo, con los otros y con el medio ambiente. Ya está, ¿qué más querés?
* Agustín Barúa Caffarena es psiquiatra clinitario, antropólogo social e investigador de la Universidad Nacional de Pilar.