Literatura

Sobre "Animales del Reino", último libro de Giuseppe Gatti

Son ocho relatos de notable coherencia interna, no solo por la recurrencia de motivos animales —presentes en todos los títulos y en la mayoría de los epígrafes—, sino por una concepción compartida de la narrativa como espacio de indagación sobre el trauma, la memoria y los límites de la representación.
Portada de "Animales del Reino", de Giuseppe Gatti. Editorial Rosalba. Cortesía

Por la conversación afable, intimista e inteligente de Giuseppe Gatti, cualquiera pensaría que este autor representa a una congregación de religiosos piadosos entregados a rezar por la humanidad... Hasta que leemos sus ficciones, a partir de ese momento caemos en la cuenta de que estamos frente a un domador de experiencias traumáticas, de las que parece haber salido airoso. Intuyo que sus vivencias, o las de sus prójimos, junto con su formación, lo han llevado a crear personajes con la mirada de un psiquiatra literario. Esa clínica forjada en el rigor académico y templada en la vida misma se vuelca en su último libro: Animales del Reino.

Son ocho relatos de notable coherencia interna, no solo por la recurrencia de motivos animales —presentes en todos los títulos y en la mayoría de los epígrafes—, sino por una concepción compartida de la narrativa como espacio de indagación sobre el trauma, la memoria y los límites de la representación. El libro se organiza en torno a una tensión fundamental: la animalidad como metáfora de lo que en el ser humano resiste a la domesticación social, pero también como cifra de la vulnerabilidad y la desposesión. El tratamiento de lo animal no es ornamental. En cada relato, la referencia zoológica opera como un principio de realidad no humana que desestabiliza las certezas antropocéntricas: El armadillo de "El sol aparece" es una ofrenda fúnebre, un cuerpo que se ofrece para ser comido en un ritual de memoria. El pájaro que devora Vicente Laceno ("Treinta o pocos más desaforados gigantes"), el colibrí que Gervasio ya no puede ver ("A destiempo"), el hornero que rompe el florero ("Desde el Cielo nos protegen"): todos representan aquello que la lógica social (del poder, de la familia, de la acumulación) no puede procesar.

Seguramente, para quienes tengan años suficientes para haber vivido, de cerca o de soslayo, los tiempos de las dictaduras sudamericanas, el libro nos recuerda amargamente esa época, a través de tres relatos que abordan el terrorismo de Estado: "Abrazada al suelo" (dictadura uruguaya y exilio en Finlandia), "Niños rojos en la telaraña" (Uruguay y Centroamérica) y "El sol aparece" (Chile post-golpe). Pero la violencia política también está presente en "Aunque no veas" (las instituciones de encierro como resonancia de los centros clandestinos) y "Desde el Cielo nos protegen" (la oligarquía como cómplice silenciosa). Son temas dramáticos en los que el autor evita sistemáticamente el melodrama y la denuncia explícita. La violencia se filtra en detalles oblicuos: las marcas en las sienes del padre de Silvina, el cuchillo que se clava en la madera, la toalla verde que flota entre las algas, el televisor vacío que alguien se llevó. Esta opción estilística —decir sin nombrar, mostrar sin espectacularizar— es uno de los mayores aciertos del libro.

Giuseppe escribe con precisión quirúrgica: atmósfera opresiva, subjetividad fracturada, economía narrativa, horror insinuado. Las frases son mayoritariamente cortas, los adjetivos escasos y siempre reveladores ("la piel traslúcida" de Josefa, "el aliento sin dientes" de la directora, "el ruido de goma gastada" de los zapatos de Vicente). Hay, sin embargo, una tensión entre dos registros: el realismo sucio de los relatos urbanos o rurales y el lirismo simbólico de los más ambiciosos. 

Animales del Reino es un libro sobre lo que no se puede decir directamente. La dictadura, la desaparición, el trauma infantil, la vejez, la pérdida de la razón: todo esto se aborda de manera oblicua, a través de metáforas, elipsis, perspectivas restringidas y finales abiertos. Esta opción no es un déficit; es una ética. El autor abre un espacio donde lo indecible pueda, al menos, ser mostrado en sus bordes. El libro es, en última instancia, una meditación sobre la posibilidad de la memoria en un mundo que ha normalizado la desaparición. Los personajes que buscan (Elvira excavando en el Cerro Chena, Silvina encendiendo velas en el sótano, Gervasio regresando a la playa) no encuentran respuestas definitivas. Pero el acto de buscar —de recordar, de narrar— es ya una forma de resistencia. El sol aparece, al final, no como redención sino como condición mínima para seguir buscando.

El libro se titula Animales del Reino, no El reino de los animales. El genitivo es ambiguo: ¿los animales que pertenecen al reino (humano, natural, divino)? ¿O el reino que es propiamente animal? Esa ambigüedad constituye el programa estético y político del libro: en un mundo donde los humanos han sido desposeídos de su humanidad (por la dictadura, la explotación, el exilio, la demencia), lo animal no es una degradación sino una posibilidad de otro tipo de inteligencia, de memoria, de solidaridad. Y eso, en este libro desolado y hermoso, es ya suficiente.

 

* Esteban Bedoya (Asunción, 1958) es escritor, diplomático y arquitecto. Otras obras suyas: La fosa de los osos (2003), Los Malqueridos (2006), El Apocalipsis según Benedicto (2008), La colección de orejas (2013), la nouvelle Las ensaladas de la señorita Giselle (2016), La buena suerte de Olivo Monguto y otros relatos australianos (2017). Ha obtenido los premios de la Asociación Latinoamericana de Poetas (1982) y de la Editorial Helguero (1983), y el premio PEN American Center/Lily Tuck (2010). Sus libros han sido traducidos al francés, inglés, italiano y alemán.