Segunda lengua
Las alarmas suenan cada mañana con unos minutos de diferencia; la de Javito, la de José y Sara, y la mía, que ocupamos el altillo de la casa. Nos debemos bañar y salir corriendo al trabajo, uno detrás del otro. Tenemos una hora de viaje hasta el centro de Dublín y no podemos demorarnos debajo del chorro del agua de la ducha; ni para preguntarnos por su temperatura, ni cómo sentimos nuestros cuerpos deteriorados por los esfuerzos físicos diarios. Aunque la pareja suele encontrar unos minutos de discusión que ya se ha convertido en un ritual, algo afectuoso, que presenciar junto con los sonidos de la mañana.
― Jeeesus... ¡Es la hora! Ni lavarme el pelo...
Me digo mitad en inglés y mitad en español, para escuchar mi voz y empujarme hacia delante. Al enjuagarme el pelo siento las manos rígidas y resecas, cada día más, pero sólo puedo observarlas sin mucho que hacer salvo ejercitarlas extendiéndolas en sentido inverso para hacerlas sonar y fortalecer los músculos opuestos a los que uso diariamente.
Es lunes y el tráfico en las autopistas se pone pesado. Las filas de luces rojas de los frenos de los automóviles, mezcladas con las luminarias, dibujan largas líneas que se repiten mañana a mañana, hasta el hartazgo. El vidrio empañado del piso superior del bus hace que la imagen se vea en toda su amplitud, como si estuviese sentado en la primera fila del cine. Inmerso en esa belleza difícil de entender los pasajeros buscan dormir unos minutos más. De noche, a la vuelta, es aún más extraña; cuando la autopista sin autos se ve como un desierto iluminado por las estrellas. La poca frecuencia de los buses hace más difícil viajar hacia los alrededores de la ciudad; y, aunque prefiero vivir fuera del centro, siento que no es gratuito y que debo reafirmar esa decisión cada mañana.
― Resumiendo los detalles...
Empiezo la declaración esperando que sea corta y salir rápido para seguir con mi día.
― No los resuma. Continúe.
No tengo opción, pero no puedo evitar inclinar la cabeza hacia atrás tratando de elongar los músculos del cuello y engañar al cansancio, sin importarme qué comunique.
― OK. Mi big boss me mandó a una de las puertas de entrada del hotel, en la planta baja, del lado exterior. Me pidió que no entrara nadie que no debiera. Había un evento de un partido político dentro y un grupo de sindicalistas de la construcción repartiendo folletos del otro lado de esa puerta. Como casi no les dirigía la palabra a los empleados y me lo pidió directamente, tratando de que me sintiera reconocido, me dispuse a darle una mano. Debía impedirles la entrada a quienes no estuvieran invitados para evitar cualquier situación no deseada. La situación era algo extraña porque yo podría estar de ambos lados, pero supongo que eso no le interesa.
― Mhm.... puede seguir.
― Allí se me acercó uno de los guardias de seguridad del hotel.
Hago una pausa, pero el entrevistador no hace gestos, ni parpadea; más bien, yo lo miro con atención para ver sus reacciones, pero no abandona su rigidez.
― Primero, miró cómo me desempeñaba y, luego, me dijo "Muy bien, estás haciendo mi trabajo sin dificultad, gracias." La ironía me resultó graciosa, así que me reí. La risa abrió la conversación y, a partir de ahí, continuamos hablando por veinte minutos, aproximadamente. Mi intervención allí fue breve. Apenas unos minutos más.
― ¿Qué sucedió después?
― Nada importante, quizá deba buscar en otro lado...
― Continúe, y elabore su respuesta.
― Ese guardia me explicó que él estaba trabajando de seguridad en varios hoteles desde hace un año, que hizo un curso de cuatro días por trescientos euros y que, después, invirtió otros ochenta o noventa en una licencia otorgada por la Garda; ustedes, ¿verdad? Supongo que debe saber de lo que hablo.
El tipo ni se inmuta, ni parece interesarle lo que le sugiero.
― Para interrumpirlo un poco le dije que había estado observando por varios meses cómo trabajan sus compañeros durante los eventos que yo atendía como waiter, y que estaba interesado en ese tipo de trabajo. Sobre todo porque me parecía bastante simple, con poco esfuerzo físico y el pago mínimo por hora era mayor al mío; bastante. Además, tres o cuatro días me pareció un curso ridículamente corto y accesible. Después, lo escuché haciendo un esfuerzo por mantener la atención en su relato, hasta que me explicó lo que me temía. Su contacto era un tipo del que no me dio el nombre, ni se acordaba a qué escuela estaba adscripto y, además, te ayudaba a pasar el examen. Sólo me dijo que me iba a enviar su contacto durante la semana. Estaba trabajando de seguridad y creí que sería prudente no contarme demasiado. Simplemente, supuse que sería de la agencia que le daba trabajo, o vinculado a ella, y que llevaría clientes a una escuela. También me contó que estaba trabajando en un hotel de Night Porter; lo que me resultó aún más interesante porque la diferencia horaria me dejaría el día libre para comunicarme con Paraguay y Argentina, donde vive mi familia. Eso hizo que habláramos unos minutos más y, probablemente, con algo más de interés de mi parte. De hecho, me contó que era de México y que su familia era mitad argentina. Después, me dijo que estaban buscando gente en ese hotel y que, si yo quería, me podría contactar con su manager. La situación empezaba a parecerme algo bizarra, porque me estaba ofreciendo demasiada información, pero nada concreto. En algún momento, después, también me contó que a él lo habían ayudado de la misma manera. Para resumirlo, me habló de alguien que conoció en un aeropuerto, camino a Irlanda. Entonces, aunque pensé que podría ser una historia exagerada, todavía era posible pensar que estaba tratando de devolver el favor y sentirse igualmente generoso. No pude evitar preguntarme qué estaría buscando, pero no me pidió nada a cambio; salvo que le escribiera a su teléfono durante la semana. Eso fue todo. Seguí allí parado hasta que terminó el evento y volví a mis tareas de siempre.
― ¿Cuál es la conexión con su manager, Señor Ga-bri-eel?
El oficial lee mi nombre en un formulario y se acomoda los anteojos. Lo pronuncia con esfuerzo, tratando de no equivocarse. Aunque mi apellido está en un idioma extranjero Gabriel es Gabriel en casi todos los idiomas. Mi nombre no es tan difícil, pero quizá no puede evitar nombrar algo poco frecuente para él. Podrían ser las reglas, aunque desde el fondo de mí una energía abstracta me empuja a creer en su buena educación. Parece un tipo normal más allá de lo problemático de su rol; al menos, para mí que vengo de dónde vengo.
― ¿La conexión de qué? ¿Por qué me pregunta por él?
― Yo hago las preguntas, usted responde, ¿OK?
― Hágalas, pero no es asunto mío.
― Voy a ser más claro; así lo ayudo un poco. Si realmente quiere trabajar en este sector se podrá imaginar que colaborar aquí hará su futuro más fácil.
― OK.
― ¿Piensa que sea posible que su jefe haya creado la situación que vivió para que sin darse cuenta usted tuviera la oportunidad de conversar con la persona que conversó y se comprometiera con las personas con las que se relacionó los días siguientes? Es decir, que ese encuentro y los posteriores fueran, de alguna manera, falsos.
― Sería muy difícil, pero muy inteligente. ¿Me quiere contar algo?
― Gracias por su tiempo, señor.
― OK.
― Puede sacarse el casco. Los resultados de su escáner de iris y voz estarán en cinco segundos, dos, listo. Puede retirarlos donde los demás testigos y leer los comentarios del escáner a nuestra conversación. Debe firmar su conformidad antes de su próxima cita y puede hacerlo ahora, si lo desea, pero recuerde que de no hacerlo... ya sabe, recibirá un aviso y luego deberá conversar con Migraciones. Eso es todo, gracias por su tiempo.
Me señala la puerta.
― Esto no es una conversación, pero le agradezco la información.
No quiero pasarme de atrevido, pero tampoco dejarme intimidar. Aunque me aburre más que lo que me intimida.
Mientras me habla, tengo tiempo para pensar en las conexiones espontáneas que la exposición transitoria de Picasso [1] establecía con la colección permanente de las demás salas de la Galería Nacional. No me lo propongo, sino que mi atención empieza a hacer asociaciones libremente, empujada por las preguntas del oficial y sus detalles de los procedimientos legales. Fui con Esme hace unos días, dentro del mismo período que los sucesos que me podrían involucrar. Es muy frecuente entre los asiáticos elegir nombres de fantasía, así que Esme, que es japonesa, en realidad se llama Miharu. Antes de entrar a la exposición, la hice dar una vuelta más larga para mostrarle algo que creía haber descubierto en visitas anteriores y me parecía difícil de ver una primera vez. La distancia entre las salas podría ser uno de los obstáculos para hacerlo, aunque estuvieran en el mismo piso. Así que le propuse caminar un poco más y que me diera su opinión. Se trataba de la relación entre obras como Músico, de Picasso, con Saltimbanqui, de Juan Gris, de la sala de arte europeo de 1850 a 1950. Luego caminamos hasta la sala 15 y vimos el paisaje cubista French River Landscape, de Mary Swanzy; pintada con óleos de tonos verdes, ocres y grises en 1920, que todavía me conmovía. Por el tema, también supuse que se podría identificar la influencia del artista español en las obras de Louis Le Brocquy de la misma sala, The Human Child y A Family, pintadas treinta años después que la de Swanzy. Mientras me aburro respondiendo mecánicamente a las preguntas del oficial, formuladas del mismo modo, también recorro mentalmente las demás galerías buscando otras conexiones entre los artistas que me gustaron. Como la sala de los vitraux de artistas irlandeses, o todas las demás que muestran los cuerpos blanquecinos típicos de la pintura europea. Me vuelvo a encontrar con la pequeña guía, de pelo rubio por encima de los hombros, ya mayor pero explicando con energía las licencias que los artistas se tomaron a un grupo de turistas con los que ha desarrollado tal nivel de confianza que le permite establecer un diálogo que me llama la atención. Quizá, mi búsqueda me ayude a encontrar información sobre la otra, o me ofrezca una vía de escape de la violencia con la que se me trata en ese lugar, donde intentan inculparme de algo que desconozco. De modo que allí estoy, de nuevo, frente a una serie de imágenes y objetos extraños, a los que ya he vuelto varias veces. Sus dobleces de espacio y de tiempo, abiertos con ángulos de pintura esparcida sobre la tela, parecen contar que muchas cosas podrían haber pasado en lugar de esas imágenes, casi fijas, creando nuevas posibilidades para ser vividas.
Aquí, lo que creo que el oficial intenta evitar decirme era que habría ocurrido una manifestación contra los migrantes que se les escapó de las manos y durante la que habría sucedido un incidente que lamentaban. Todos los que esperamos en la sala contigua tenemos aspectos de migrantes y últimamente varios sucesos vienen ocurriendo alrededor del tema. De modo que, podría estar tratando de conectar ambas situaciones preguntándose si debía incluirme, o no, como un actor de esa segunda escena. De ser así, las relaciones que yo construí entre los artistas de las diferentes salas, sin saber nada de arte y a pesar de que el museo no las habría comunicado expresamente, me parecen mucho más firmes que su hipótesis; sin duda, equivocada. Al menos, habré usado mejor mi tiempo y salido de la comisaría con nuevas ideas en qué seguir pensando. En cambio, el museo perdería la posibilidad de que los espectadores vean cómo una exposición venida de Francia valoriza su colección y amplía los significados de las segundas escenas pintadas por artistas irlandeses. Sin duda, ese silencio podría costarle caro, pero no puedo imaginarme qué estaría perdiendo la policía si no logra comprobar sus teorías. Que durante el interrogatorio me conectaran un dispositivo con traductor digital me ayudó a expresarme y a controlar mi ansiedad, pero también a no perder de vista lo que era evidente. Que estaban interesados en los detalles, porque algo más importante que yo se jugaba en mi relato. También, que alguien que yo no esperaba me había involucrado gratuitamente y que, por eso, volvería a visitar la estación de policía en los próximos días; quizá, para saber la otra mitad de la historia, o para saber algo para lo que no estaba preparado.
El folleto Your Voice Matters que me llevé de la galería me pregunta si recomendaría la exhibición y si deseo dar una devolución adicional. Al leerlo por primera vez me doy cuenta de que ya lo había hecho. Doblando la encuesta que acabo de sacar del bolsillo de mi campera negra, preguntándome qué tendré allí, y deteniéndome unos segundos en los pensamientos que dispara, al verla de un vistazo, la vuelvo a poner dentro mientras sigo caminando. Aunque no sea domingo me hace falta más oxígeno para soportar las preguntas que aterrizan durante el día libre que tenemos por semana. Como los demás, la pareja también parece vivirlo a su manera. El silencio del final del otoño los atrapa y conmueve, como si se sumergiera en un gran espejo de agua tibia, hasta el punto de que sus lenguas de origen ya no les enseñaran sus diferencias. Junto con la llegada de la nueva estación se va el inquilino de la planta baja y otro lo reemplazará. Una vez más, tendremos que adaptar nuestros relojes y hábitos para poder seguir adelante lo mejor posible. Sintiéndome un poco zarpado, además de las plantas de las salas del museo visualizo la de mi casa sobre el fondo de mi imaginación y me oigo silbando los bandoneonazos de un tango que se parece a La Yumba [2].
Notas
[1] La exhibición Picasso: From the Studio, fue presentada por la Galería Nacional de Irlanda de Dublín en octubre de 2025, en colaboración con el Musée national Picasso-París y permanecerá abierta hasta finales de Febrero. Según sus organizadores se trata de "la primera gran exhibición (monográfica) de Picasso en Irlanda en un cuarto de siglo". Debido a ello, es válido preguntarse porqué es relevante para esta ciudad, el museo donde se aloja y sus ciudadanos y visitantes. Una manera de empezar a responder esos interrogantes, y disuadir a quienes puedan verla como un OVNI de las industrias culturales que desciende carente de significado y para cumplir con sus propios fines, sería explicitar el vínculo existente con la colección permanente del museo, con el fin de valorizar este patrimonio artístico y cultural de la nación y hacerlo más accesible a su audiencia. A pesar de que es posible pensar de que la Galería Nacional no expresaría suficientemente éste vínculo entre ambas colecciones, debido a la falta de referencias que lo volvería opaco e ininteligible para el público no especializado, y que por ello cedería valor público, académico y económico, lo cual podría atentar contra la sustentabilidad de sus objetivos institucionales, como la creación y fidelización de su público, también podría pensarse a esta exhibición temporaria y a las actividades asociadas a ella como acciones en esta dirección. Tratándose, de cualquier modo, de una valiosa oportunidad para quienes visiten el museo para ver el extenso trabajo del artista español y, en la medida de las posibilidades de cada visitante, a los artistas irlandeses que admiraron el lenguaje del cubismo y han realizado sus producciones desde sus propias coordenadas existenciales. Si es verdad que se desea implementar el cada vez más enunciado "poder del arte y la cultura para inspirar, conectar y enriquecer a las comunidades" y desarrollar un compromiso con la tarea de "hacer de Dublín un lugar dinámico y vibrante para vivir, trabajar y visitar", según señalan los patrocinadores de la exhibición, pensar en las necesidades y los intereses de las audiencias podría ser una buena manera de empezar a realizarlo.
[2] Tango instrumental de sonoridad dramática compuesto en 1946 por Osvaldo Pugliese. Tanto la pieza como su compositor se han convertido en emblemas del tango argentino.
* Ezequiel Filgueira Risso es especialista en gestión cultural y cooperación internacional. Miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte y de su sección argentina (AACA - AICA). ezequielfr@gmail.com