Resoluciones suspendidas sobre "Todo el pan de la casa en mi boca", de Andrés Vásch
À l'ombre des jeunes filles en fleurs / elles ne vont pas croire au malheur / elles écoutent la radio / elles boivent du thé / au degré zéro de la liberté. / Elles ne savent pas que la bourgeoisie / n'a jamais hésité même à tuer ses fils [1]
—Pier Paolo Pasolini, Salò o los 120 días de Sodoma
1.
El trémolo es esa vibración que nace de la repetición obstinada: temblor suspendido, tensión que oscila. En Todo el pan de la casa en mi boca, Andrés Vásch golpea palabras como teclas, las hace oscilar entre lo nombrado y lo que se calla. Repeticiones sonoras que quizás él no pensó cercanas.
Cadencias que no se asientan; tiemblan y se niegan a resolver.
He debido mentir el blanco con historias, manchar el acontecimiento con escritura ajena. Puede que todo esto no baste, repito, para restituir las aves. Hoy invento instrumentos.
2.
Como en El vuelo del moscardón de Nikolái Rimski-Kórsakov, el trémolo es el zumbido de lo que no cesa. No hay umbrales modulantes, solo vértigo: un insecto atrapado en el cristal de la repetición.
¿Qué vibra, entonces, bajo los textos de Vásch? Acaso lo mismo: una fuga imposible y permanente. La mano que escribe repite casa, casa, casa, casa, casa, casa, casa, como si el ritmo pudiera alivianar el peso de lo nombrado.
Escogí palabras como quien escoge frutas. / Acá las dejo caer.
3.
Conocí a Andrés en un tiempo del que salimos con la urgencia de las cigarras. Él me leía y así me explicaba el mundo. Escribíamos, también. Él, porque sería escritor. Coleccionador de exuvias. Yo, en cambio, escribía para Andrés.
Hubo una partitura de India Song que me regaló, fue en un cumpleaños. Hubo un piano en ese tiempo y él quería que yo tocara. En realidad, yo ya no toco, pero tocaba para Andrés.
Después de todo, quizá mis manos no estén hechas para asir limones.
4.
Todo libro es un tiempo ficticio. Y este tiempo, en su misma condición de falsedad, revela más de lo que un tiempo cierto podría hacer, precisamente porque en su estructura de engaño se inscribe el deseo del sujeto.
Vásch no escribe sobre su infancia: escribe alrededor de ella, como quien rodea un piano. Tal vez sus textos nos den un acercamiento, vago, nublado, a esa renuncia que lo llevó a escribir un libro entero.
Puede que toda esta lengua no baste, confiesa. Y sin embargo.
Es en la abertura esmerilada de los textos de Vásch donde el significante adquiere una fuerza que va más allá de lo verificable.
Lento descubro un nuevo nombre, dice, y la única resolución posible está en el devenir constante.
¿Cómo suena el nombre de Andrés? Tiene esa cadencia que reconozco, una tensión que se deshace. El trémolo que no lleva al acorde.
No un final, sino un irse haciendo menos. Y acaso ahí esté su misterio: en nombrar no la caída, sino la gravedad que la precede.
Trémolo, sin resolución. Limón que ya no se arranca sino que se espera que caiga. Por su propio peso.
Notas
[1] A la sombra de las muchachas en flor; no quieren creer en la infelicidad; escuchan la radio, beben té, en el grado cero de la libertad. No saben que la burguesía nunca ha dudado en matar incluso a sus hijos.
* Verónica Díaz es graduada en Cinematografía con énfasis en Teoría del Cine por la Universidad Columbia del Paraguay, y en Edición por la EICTV de Cuba.