"Mangoré por Mangoré": Alabanza para quienes no pudieron morir en su tierra
¿Quién no sabe que la gloria del artista, del sabio o del guerrero, es gloria de la Patria?
Manuel Domínguez (presentación de Agustín Barrios
como apertura del concierto en el Teatro Granados en 1923).
Leí la novela Mangoré por Mangoré con la curiosidad de quien lee una obra histórica porque, sin dudas, una biografía conlleva una parte de historia personal indisociable con su tiempo. Supongo que el desafío ante el que se habrá encontrado Éric Courthès fue el de orientar la investigación, administrando la información y sus fuentes para lograr una obra que expusiese el equilibrio entre el "hombre ordinario" y el extraordinario intérprete y compositor que fue Barrios.
Durante la lectura del texto se manifiesta con claridad la forma en la que Éric Courthès se pone en la piel del artista [1]; gran desafío, del que logra salir airoso ofreciendo al lector información que nos permite medir la estatura artística de Barrios, la cual es reflejada a través de numerosas críticas de la prensa regional en las que se resalta la maestría de sus interpretaciones, así como la brillantez de sus composiciones, las que además de admiración despertaron envidia.
Pero, empecemos por el principio [2]: "Diz que yo nací silbando, a las cuatro y cuarenta de la mañana, del 5 de mayo de 1885, en la casona de mis padres: Doroteo y Martina -con una luna llena cuya "vaporosa y sonámbula luz [parecida a la de los Reyes Magos] cuando iban en pos del Niño...-" cuenta Eric, poniendo de manifiesto la importancia de la familia, que lo alentó a experimentar con instrumentos musicales y a participar desde los ocho años en la "Orquesta Barrios", donde alternó el violín con la flauta y el arpa, hasta elegir definitivamente la guitarra como el instrumento al que dedicaría su vida. No debería extrañar, pues, que su talento haya generado aspiraciones que lo llevaron a dejar su pueblo desde muy joven, como la única forma de encauzar el rumbo de su vida -situación similar a la de muchos grandes de la música y de las artes del Paraguay-. Su primera escala fue en la capital de la "isla rodeada de tierra", donde encontró la sabia guía de Gustavo Sosa Escalada, quien lo acogió como su alumno en el Instituto Paraguayo (Ateneo Paraguayo), para ser introducido formalmente en el estudio de la guitarra clásica. Bajo la influencia de su maestro, Barrios pasó a estudiar las obras más conocidas de los compositores más importantes de guitarra clásica hasta ese momento. En paralelo, continuó su educación académica en el Colegio Nacional de la Capital donde, además de música, estudió matemáticas, periodismo y literatura. Fue en esa época cuando comenzó a componer y a presentarse en conciertos, ganando pronta notoriedad en compañía de su hermano, el poeta Francisco Martín Barrios (Agustín tocaba la guitarra y Francisco recitaba).
En 1910 inicia su peregrinar por los países vecinos, en los que se vinculó con artistas, empresarios y admiradores; fue un tiempo de desafíos para sobrevivir en un mundo más complejo, pero también fue una etapa muy productiva en lo creativo, que lo consolidó como intérprete y compositor; a ese periodo pertenecen obras notables como La catedral (1921), Estudios y preludios, Madrigal, Allegro Sinfónico y Las abejas (1921), muy elogiadas por la crítica internacional, que lo reconoció como uno de los más grandes concertistas del mundo, llamándolo "mago de la guitarra". ¡Qué contrasentido, entre el artista que recibió tantos reconocimientos y vítores, con el hombre obligado a "correr la coneja" debido a la precariedad de su situación económica! La lectura del trabajo de Courthès nos hace cuestionar el hecho de que un artista único, como Barrios, haya tenido que pedir ayuda para alimentación y alojamiento... y para enviar "algo" a su madre. Pero, ¿qué se podía esperar de un artista paraguayo del tiempo de los mensú, de las revoluciones y de la incubación de una nueva guerra sangrienta? Con esa caótica realidad, es comprensible que Barrios haya sido visitado por los fantasmas que reviven la amargura de los fracasos, de los recuerdos de hijos abandonados y de los amores frustrados. Pero es mediante el arte que la misma miseria puede convertirse en goce, yBarrios lo demostró al transformar las dificultades y el dolor en creaciones de sublime belleza, despertando admiración pero también la envidia disfrazada de mentira, tal como puede leerse en el siguiente panegírico:
"En Melo, en la República Oriental del Uruguay, le sorprendió la muerte al eximio artista paraguayo, en los primeros días del mes del corriente. Con el alma llena de melodías y repleto el pecho sonoro de su guitarra de toda la música de nuestras selvas y el dolor melancólico y huraño de la raza se fue por el mundo como un rapsoda para decir a los hombres su dulce y triste canción, hasta que le alcanzó la muerte como a un pájaro la honda".
¿Un error involuntario, o el deseo inconsciente de algún detractor? Cualquiera haya sido la intención, el "error" anunció su regreso al Paraguay, donde no todo salió como él hubiese querido. "Nadie es profeta en su tierra", y Barrios lo sufrió en carne propia cuando, a pesar de su reconocimiento internacional, en una ocasión se tuvo que remangar para construirse un escenario en la Plaza Uruguaya, porque "cierta gente" del gobierno no le dejó dar una presentación en el Teatro Municipal. Los motivos que tuvo para alejarse del Paraguay fueron comprensibles, desgraciadamente no fue el único; a él lo siguieron José Asunción Flores -el creador de la "guarania" -, Augusto Roa Bastos, Elvio Romero, Herminio Giménez, Gabriel Casaccia, entre otros; todos fueron empujados al exilio.
Volver a partir, y nacimiento de Mangoré
Luego de su despedida del Paraguay emprendió una etapa de giras que lo llevarían más allá de Sudamérica, pero antes de dar "el gran salto" culminaría su periplo por el Brasil, donde conoció a Gloria, quien sería su esposa y su compañera hasta el final de su vida. En 1932 se presentó en Bahía, Brasil, como Nitsuga Mangoré. Debido al éxito de su caracterización, en varios países fue más conocido con el nombre del cacique que con el nombre propio. Dentro de esa dinámica de "descubrimiento del indigenismo" se cristalizó la influencia de Agustín Barrios en Venezuela, donde el famoso crítico local Iván José Churus lo bautizó "el Paganini de la guitarra", y el bien llamado "Críticón", en El Nuevo Diario, puso de realce lo que a la sazón más importaba para Barrios: "sus capacidades de adopción de aires ajenos, y de integración vía el Arte a su nueva cultura venezolana, expresado en el joropo, en el que creímos que Mangoré era uno de nosotros".
La cuidada descripción que realiza Eric Courthès en su Mangoré por Mangoré evita que esta introducción tenga que extenderse en datos que resultarían redundantes al momento de leer la novela ya que, con el correr de las páginas, el lector irá conociendo detalles acerca de las capacidades de Barrios para asimilar no solo música, sino filosofía, poesía y teología [3], así como distintas lenguas, y para componer en varios estilos basados en cantos y danzas que hoy día son considerados como de las más importantes en el repertorio de la guitarra clásica: "Barrios tuvo que bañarse en la fuente del arte para componer como compuso, y así fue; sus obras han prevalecido y prevalecerán para siempre". Jesús Benítez [1932-2007]. Asimismo, Eric nos ayuda a comprender la forma en la que Barrios fue forjando su carácter excéntrico y ciclotímico, un hombre que pasaba largos periodos depresivos, en los que no componía ni tocaba la guitarra, para luego ser poseído por la euforia, encerrándose a componer y practicar sin considerar el tiempo.
Considerando la importancia de dejar al lector el placer de ir descubriendo la rica información que nos ofrece la novela, redondearé mi reseña destacando la elección que hizo Barrios sobre su morada definitiva, que no fue su país sino la República de El Salvador, donde por invitación de su presidente se desempeñó como profesor de guitarra del Conservatorio Nacional de Música, dejando doce leales alumnos que fueron llamados "los discípulos de Mangoré" y donde fue recibido como un gran artista y maestro, aclamado y vitoreado por grandes multitudes. Y fue allí, donde un 7 de agosto de 1944 se fue definitivamente, dejando un último mensaje: "No temo al pasado, pero no sé si podré superar el misterio de la noche". Tenía 59 años.
El virtuoso guitarrista paraguayo, inspirado en su tierra natal poblada de afectos, dejó un legado magnífico como compositor e intérprete de la guitarra clásica; sin embargo, fue en el país que lo acogió y lo admiró desde el primer día de su llegada donde se lo distinguió no solo en vida, sino después, con la Fundación Mangoré de El Salvador, a lo que siguió el reconocimiento de la Asamblea Legislativa de El Salvador, que declaró la tumba de Agustín Barrios Mangoré como monumento nacional (fue enterrado en el Cementerio de Los Ilustres). A los cincuenta años de su muerte, el Palacio Legislativo lo nombró "Noble artista, amigo meritísimo de la República de El Salvador".
A modo de reflexión final, vale una frase que se puede leer en la novela: "Porque el paraguayo -al igual que el salmón y el elefante- debe morir donde nació, en su Tierra sin Mal, en su Manorá ...". La realidad nos ha demostrado lo contrario, tanto en su caso, como en el de otros grandes exponentes de nuestra cultura, y en el de una multitud de anónimos compatriotas.
Agradecidos a Eric, por el gran trabajo de recuperar pasajes poco conocidos de la vida de Mangoré, considero oportuno parafrasear a Giovanna Scocozza: "Escribo este libro, maestro, porque después de haber comprendido, creo que es mi deber ayudar a alguien más a comprender".
Notas
[1] Como ocurrió con Amado Bonpland en 2010 y Guido Boggiani en 2017, culminando con esta última obra la "Trilogía paraguaya" del autor.
[2] El verdadero principio es, en realidad, una frase en latín -Fiat fuga mangorum- que tiene suma importancia, ya que la obra es una fuga en la cual la voz de la conciencia de Mangoré es el tema central, acompañada por las voces de sus diferentes biógrafos, así como la del compilador, en múltiples notas de pie de página y numerosas citas de exergos, con la firme intención de dar un lugar importante a los paratextos y de implosionar el texto, siguiendo de esta forma el modelo de Augusto Roa Bastos en su iconoclasta "novela" sobre la dictadura del Doctor Francia, Yo el Supremo.
[3] En efecto, Agustiín Barrios encontrará a lo largo de su camino una serie de gigantes con los cuales intercambiará y gracias a quienes se enriquecerá espiritualmente; por el momento se reservan sus nombres a fin de preservar el efecto sorpresa para el lector.
Nota de edición
El presente texto es el prólogo del libro Mangoré por Mangoré, compilación de Éric Courthès -escrita en primera persona- que recoge material existente sobre Mangoré en biografías anteriores, en especial las de María Bernarda Cuéllar, Richard Stover y Manuel José Aracri. El texto ha sido complementado con notas al pie proveídas por el autor de la obra. El libro, publicado por Editorial Arandurã, será presentado próximamente en Asunción.
* Esteban Bedoya (Asunción, 1958) es escritor, diplomático y arquitecto. Otras obras suyas: La fosa de los osos (2003), Los Malqueridos (2006), El Apocalipsis según Benedicto (2008), La colección de orejas (2013), la nouvelle Las ensaladas de la señorita Giselle (2016), La buena suerte de Olivo Monguto y otros relatos australianos (2017). Ha obtenido los premios de la Asociación Latinoamericana de Poetas (1982) y de la Editorial Helguero (1983), y el premio PEN American Center/Lily Tuck (2010). Sus libros han sido traducidos al francés, inglés, italiano y alemán.