Literatura

Libreta de almacén

Cuento ganador del primer premio en el Concurso de Cuentos Cortos Castellano-Guaraní 2025 organizado por el Centro Cultural Cabildo y el Comité Olímpico con el propósito el incentivar talentos jóvenes de narradores de todo el país.
Libreta de almacén. Archivo. Archivo

No sé ustedes, pero a mí desde chiquita me han mandado al almacén. En el barrio, el mandato era claro: los más chicos siempre hacían las compras de emergencia como si fueran los escuderos de la familia. 

Recuerdo que a mis seis años, ¿cómo decirlo? Che rova ipotĩ gueteri. Quiero decir, tenía el rostro sin sombra de cuentas pendientes; lo único que debía era algún ejercicio de matemáticas de la tarea que nunca me salía redondo. Pero mi mamá ya cargaba el peso de deber, y en su mirada yo entendía que su deuda era con el mundo entero. El caso es que era yo la que iba con la libreta en la mano, rezando que el almacenero no me indagara cuándo cobraba mi mamá. Tenía una técnica secreta: creía que podía cambiar la cuenta de la libreta si apretaba fuerte los ojos justo en el momento en que él escribía, como si mi voluntad pudiera torcer los números. 

Hoy sé que la libreta del almacén era un objeto de rebelión en sí mismo, casi una Biblia apócrifa de los pobres, con capítulos de fideos y evangelios de pan. La tapa flexible que se doblaba en las puntas a veces celeste a cuadros, otras rosa pastel, siempre con esas rayas celestes horizontales que organizaban tus deseos, y una línea roja vertical a la izquierda que parecía dictar dónde comenzaba la vida real. Digamos que aprendí primero a restar que a sumar, araka'eve ndaikuaái mba'éichapa ha'e ahupyty haĝua vuelto.

El almacenero (don Joel, en mi caso) deslizaba su bolígrafo azul. "Extracto de tomate, setecientos; fideo, tres mil guaraníes", murmuraba, y cada cifra caía al papel como campanada inevitable. El rastro de tinta azul quedaba ahí, firme, como una cicatriz delicada pero imborrable en la frágil piel de la economía de la casa.

Hace veinte años (y más también) en cualquier barrio del país había un almacén en cada cuadra. Era como una ley invisible: nadie podía sobrevivir sin ese lugar que resolvía las urgencias de olla. Y otra ley no escrita dictaba que el mandado le tocaba siempre al menor de la casa, sí o sí al más chico, a comprar lo que faltaba para el tallarín del domingo o el caldo resignado del lunes. Lunes, ¡ah!, siempre caldo, como si ir a la escuela no fuera suficiente castigo para empezar la semana.

En mi casa, por manía de mi mamá, el pedido siempre era el mismo. Un paquete de fideo codito, cortadito o arroz, un cuarto de carne molida, peteĩ cebolla michĩva, orégano, locote, y una cajita chica de extracto de tomate o, si era fin de mes, un sobrecito de pimentón Mickey. 

El humo del agua hirviendo era el lugar donde se pactaba lo fiado, y yo ya sabía que si aparecía el sobrecito de pimentón era señal de que la cosa estaba fea. En simples términos, hendy. A falta de extracto, el pimentón hacía de maquillaje improvisado: ese rojo intenso se deslizaba por la olla como rubor sobre mejillas cansadas, devolviéndole un aire de gala a la comida más humilde. Bastaba un toque de polvo colorado para disfrazar la pobreza, ponerle colorete a la penuria y servirla en la mesa con solemnidad, como si en vez de un lunes de fin de mes estuviéramos celebrando un domingo fresco de quincena.

Yo llegaba al mostrador y estiraba la libreta. Mientras don Joel buscaba el mandado, yo apretaba los ojos con fuerza, convencida de que si me concentraba lo suficiente, el número que él anotara en la libreta se borraría o al menos se achicaría un poco. Nunca funcionó, claro, pero esa ilusión era mi pequeño poder secreto, peteĩ consuelo frente al peso de esa deuda que, aunque yo no entendía del todo, sabía que su fría sombra nos acompañaba en casa.

Era así: pensaba que si él anotaba "3.500 guaraníes" y yo cerraba los ojos y decía en mi mente "¡dos mil, dos mil, dos mil!", se iba a encoger la cifra. Y volvía a casa convencida de haber hecho magia contable.

Don Joel claro que sabía. Era almacenero, y no hay especie humana más viva que el almacenero capaz de negociar con ludópatas y tres leoneros. Nunca decía nada, pero cada vez que yo volvía y apretaba los ojos, él me miraba por encima de los anteojos y sonreía de costado. Estoy segura de que hasta anotaba más, de puro placer masoquista, para hacerme creer que mi truco funcionaba al revés. "Tres mil quinientos", decía en voz alta, y yo tragaba saliva. "Y un caramelo, para la nena, eso no se anota", añadía enseguida, como si el chiste se le escapara entre los bigotes.

Mi mamá, que era madre soltera en tiempos en que eso todavía sonaba casi a insulto, agradecía en silencio. Decía "Aguije, don Joel, pe pytyvõ rehe" con la voz medio bajita y quebrada, como quien paga con palabras porque ya no le queda con qué más. Yo no entendía del todo esa tristeza, pero sí entendía la cara rara que se me armaba en el Día del Padre, cuando todos llegaban con sus corbatas de cartulina pintada y yo... bueno, yo pintaba igual, pero ¿para quién?, si para mí "papá" era apenas una idea abstracta, como esos conceptos de matemática que no se dejaban agarrar.

Alguna vez sospeché que el famoso "Día de la Familia" que después inventaron en la escuela era un parche para mí y para otros como yo. Pero lejos de aliviar, me ofendía un poco: sentía que le estaban robando el día a quienes sí tenían papá, solo para disimular mi vacío. ¿Qué culpa tenían los otros chicos de que mi mamá hubiera decidido reproducirse sola, como planta que echa raíces sin pedir permiso? O eso creía yo.

En ese mundo, la libreta era de nuestro banco, nuestro único "crédito aprobado". La hoja estaba toda manchada de dedos de aceite, nombres escritos torcidos, números medio borrados y, por supuesto, pimentón rojo. Allí entraban los fideos, la yerba, el pan que nunca alcanzaba, y hasta las galletitas que yo me comía de camino a casa. Los supermercados con aire acondicionado jamás nos hubieran dado ese espacio. Imagínense pedir fiado en una caja del súper: "anotame ahí, por favor, a fin de mes te paso", y la cajera llamando al guardia en dos segundos. El almacén, en cambio, era la tibia grieta donde se cobijaban una madre soltera y su hija.

Ah, ¡qué tiempos aquellos!

El almacén era el último bastión de resistencia de gente como nosotros, ese rincón donde todavía encajaban, o mejor dicho, donde todavía se hacía lugar, a una soltera y su hija. Hoy los supermercados crecieron como monstruos brillantes, con pasillos infinitos y cajas que pitan. Allí nadie fía. Nadie sonríe de costado mientras anota un caramelo extra. Nadie permite que una nena juegue a ser maga con los precios. Siempre que voy al súper pienso que en esos pasillos fríos no caben ni la ternura ni el respeto discreto de un almacenero con bigotes.

Porque en la libreta de don Joel no solo vi anotados fideos coditos o arroz: también aparecían cuadernos Avón de doble raya, primero y una raya cuando crecí, forro araña azul, y hasta calculadoras. Me dieron de comer, sí, pero también me dieron la posibilidad de estudiar. Esa doble generosidad, silenciosa y sin discursos de tarima, fue lo que sostuvo mi infancia.

Haciéndola corta: veintitrés años después, mi madre (que ya no está) me dejó en las manos veintitrés libretas arrugadas. Cuarenta y seis libretas de almacén que nos alimentaron al menos durante catorce años. Y cuando pienso en eso, me digo: quizás mis ojos nunca lograron cambiar las cuentas, pero sí alteraron algo más importante. Crecí sabiendo que alguien, aunque fuera mínimo, me hacía un lugar. Que había un recoveco en el mundo, aunque solo fuera una hoja manchada de libreta, donde todavía cabían la solidaridad, el humor y hasta la ilusión de que la magia existía.

Nunca me di la oportunidad de hablar con don Joel más allá de los mandados. Nunca supe si él era consciente de todo lo que esas libretas significaron para nosotras.

Así que, aunque sea tarde y en silencio: Gracias por hacernos lugar... Gracias.

 

* Karen Colman (1989) es escritora y comunicadora institucional. Ganó el concurso regional de cuentos digitales de Itaú (mención UNESCO 2020) y obtuvo el segundo puesto en 2021, con reconocimiento del Programa de las Naciones Unidas. Ha publicado en revistas literarias como La Sirena Varada (México) y en la revista Compromiso y Cultura, en el marco del certamen Javier Tomeo (España).