Arte y literatura

La última escapada de Bruno Schulz

"Sabes, me dijo una mañana mi madre, ha llegado el Mesías, y está ya en el pueblo de Sambor". No conocemos más del supuesto manuscrito de Bruno Schulz, titulado "El Mesías", perdido en un ghetto de Drohobycz, pequeña ciudad de la que no pudo salir y en la que reventó de colores a causa de un disparo nazi.
El escritor y pintor polaco Bruno Schulz en el ghetto de Drohobych. (Kulturstiftung des Bundes)

Una fotografía suya me hizo pensar que, quizás, la muerte no consista en una desaparición, sino en una concentración estética mínima, en un proyecto secreto. Mi propia secuencia fílmica: Schulz, recibido el mordisco plúmbeo, se desploma, pero el suelo de tierra, como una alfombra de cristal, se quiebra y revela una hoguera frenética que salpica murales con cuerpos eróticos y deformes, vitales y agonizantes. Una diáspora, un vómito humano.

¿Fue en realidad la última escapada del escritor, dibujante, maestro? En todo caso, ¿adónde fue? Al igual que los patéticos varones retratados en sus dibujos, ¿besa ya los pies de mujeres inefables y vaporosas? ¿Olfatea la larga primavera que persiguió en Sanatorio La Clepsidra, las tiendas de canela, el aroma chamuscado del libro absoluto, la figura del padre insomne inclinado sobre cuadernos de contabilidad o brincando, heroico y travieso, desde una ventana hacia un enorme pedazo de lona extendido por bomberos? ¿Maduró la niñez para rodar al fin montado en un coche-telescopio, flanqueado de bosques y vagones de tamaños disparatados?

La narrativa de Schulz es inclasificable, si es que el afán de etiquetar sirve de algo. Ante un vitral de luminosidad indecible, en el que se condensa una metamorfosis sagrada, ¿no es mejor aventurar tan solo un modesto zumbido de lector-escarabajo?

Schulz respira una inquietud idéntica a la de Kafka, le mal du siècle, pero extendida como sábana fabulosa, como celebración de lo absurdo de un mundo despedazado por tanquetas invasoras. Más todavía cuando lenguaje e imagen se entrelazan como siameses acurrucados en la matriz de la infancia.

Es extraño, aunque inevitable, que encuentre al padre de Schulz, verdadero arquetipo de la racionalidad obstinada, roncando entre mantas de sanatorio, hibernando un último segundo de vida, proyectando rutinas imaginarias y veleidosas. La clepsidra congela el tiempo, acaso aspira a recobrarlo, pone a girar un sol débil, pero persistente, para que la noche nunca llegue.

Bruno Schulz, Autorretrato. Colección Museo Nacional de Cracovia, Polonia. Wikimedia Commons.

Aunque me describa este mecanismo fantástico con asombro indeclinable, Schulz sabe que, ni bien cabecee alguna estrella, tendremos que partir, abandonar el pueblo de durmientes memoriosos, con la misma ligereza con que el arroyo reactiva su flujo o el tren su pitido.

Expulsados de un mundo de recuerdos cristalizados, Schulz me señala ahora el paisaje que va pasando por la ventanilla del vagón: la palabra, el trazo, el parpadeo de vida alude a lo transitorio y mutable, a lo fijado, con frágiles alfileres luminosos, en una habitación desbordada de nubes y sueños. Nubes que se revelan a los ciegos, sueños que se desnudan ante los insomnes.

Schulz carga consigo un telescopio que, más que aproximar la visión, detiene la primavera y la devuelve a un sitio improbable en el que las imágenes salpican el cristal como insectos. De tanto asomarse al instrumento, especie de juguete mágico que descubrió en el viaje, sus ojos —que ya son un poco los míos— se acostumbran a extraer de la garganta del viento caras felices y grotescas agolpadas en el umbral de una pensión silenciosa.

La confusión se acrecienta cuando Schulz, con puerilidad antojadiza, arruga el papel y vuelve a aplastarlo con el dorso de la mano. ¿Qué pasó? ¿A qué estamos jugando? ¿Acaso descubre un mapa?

Provincias rugosas y andariegas desprendiéndose del camino transitado por carros ruidosos. Montañas fundando una república onírica, lejos de la mirada gris de las normas. Redes tendidas al viento, capturando jirones de una vasta novela imposible. El canto de un cielo espectral concentrado en la punta de un mástil. Sueños hambrientos de realidad. El brillo de la revelación poética. Manos tomadas en secreto por debajo de la mesa.

Bajamos en la estación. Y ahora ¿dónde estamos? La fantasía de lenguas largas como papiros, el rigor del sueño practicado con devoción plástica, desborda la mirada destinada a toparse con lo desconocido. Es mejor dejarse deslizar, sumergirse en una profundidad onírica. Anochece.

 

* Cave Ogdon (Asunción, 1987) es escritor. Ha publicado cuentos y novelas. Algunas de sus obras son Los incómodos (Arandurã, 2015, mención honorífica certamen literario Roque Gaona), Papeles de encierro (Arandurã, 2017), Luz baja (Aike Biene, 2018) y Perros del pantano (Póra, 2021).