"La tosca belleza": Pinturas y grabados de Pedro Di Lascio
Di Lascio comenzó a trabajar ya en la década de los '40, pero su obra alcanzó consistencia en la siguiente y logró pleno desarrollo en la de los '60 y '70. Se movió cerca del Grupo Arte Nuevo, que iniciara oficialmente el arte moderno paraguayo entre 1952 y 1954. No integró el núcleo fundacional del grupo, pero concordó con sus principios y participó de actividades desarrolladas por esa fecunda asociación. Con relación a la misma, mantuvo una bien regulada distancia que le permitió asumir los aportes renovadores del grupo, más allá del compromiso con la agenda colectiva. La pintura de Di Lascio podría pasar con facilidad por la realizada en el contexto artenovista; pero, bien mirada, resulta claramente distinguible, marcada por su temperamento estético-expresivo.
Por otra parte, su figuración llana, espontánea, anticanónica y directa podría ser inscrita en las tendencias llamadas naifs, ingenuas o primitivas, pero aun en el dudoso caso de que dichos nombres fueran aplicables a ciertos artistas locales, la pintura y el grabado de Di Lascio presentan rasgos que los vuelven inclasificables en esas categorías. Si bien a primera vista parezca haberlo sido, Di Lascio no fue autodidacta: había cursado estudios con Jaime Bestard, Ofelia Echagüe Vera y João Rossi. En el Paraguay, parco en instancias formales de aprendizaje en el ámbito del arte, esas enseñanzas básicas resultaron considerables. Permitieron a Di Lascio aprender los principios de la pintura y el grabado y despertaron su curiosidad por el arte moderno latinoamericano (la imagen de Alfredo Volpi, Cándido Portinari y Tarsila de Amaral, por ejemplo) y las vanguardias europeas, como la figuración de los fauves, el expresionismo, el cubismo y el pop art y la pintura de Fernand Léger). Estas tendencias marcaron su obra, pero no la determinaron. La radical autonomía de la imagen de Di Lascio le permitió sobrevolar por encima de modas e influencias y adoptar con naturalidad recursos totalmente ajenos a su trayectoria, como, en algún momento, los provenientes del op art.
Es que Di Lascio accedió a la particular modernidad paraguaya mediante atajos y abordajes propios: mezcló con desenfado diferentes contenidos y expedientes simbólicos de las vanguardias y, sin mayores complicaciones, incorporó audaces innovaciones y las vinculó con imágenes cotidianas de la iconografía urbana y el repertorio suburbano. El resultado es una obra potente, capaz de articular elementos visuales, tiempos, géneros y estilos en un concierto visual complejo; disparejo pero consistente.
Tanto la tendencia de sus maestros como su espontáneo sentido de la composición subrayaron la dirección formal en el curso de su obra. Si ubicamos ésta en la tensión forma/contenido, que caracterizara en los '50 los inicios del arte moderno, es evidente que la producción de Di Lascio debe ser considerada del lado de la preeminencia formal, aunque no formalista, cercana a la posición artenovista. Los perfiles bien acentuados de las figuras definen zonas cromáticas y figuras, fondos planos y espacios duros; componentes todos ellos capaces de estructurar la organización de las imágenes en desmedro de la atención a sus contenidos. Éstos parecen responder a desafíos compositivos antes que al intento de representar situaciones contextuales concretas. Incluso cuando Di Lascio adoptaba recursos expresionistas, lo hacía más centrado en la desfiguración de las formas que atento al dramatismo de los temas.
Di Lascio pintaba lo que veía en tiempos de una ciudad que pronto perdería su calma, así como en contextos suburbanos y rurales cercanos, entonces aún vinculados a ciertas pautas socioculturales tradicionales. Pero sus óleos, acuarelas y grabados están lejos de descripciones folcloristas y anécdotas costumbristas. Trabajan con recursos propiamente plásticos y gráficos evitando con rigor efectos facilistas. En esta muestra se presentan imágenes que cubren bien el arco de la iconografía de Di Lascio: escuetas naturalezas muertas y bodegones demasiado elementales; chalets suburbanos expuestos de modo plano y frontal, reducidos a pura organización cromática; algún rancho campesino despojado de todo intento tipicalista; un loro imposible trabajado lacónicamente como puro ensayo de colores y trazos; mercados y altares populares devenidos signos gráficos y formas esquemáticas; escenas campesinas mostradas sin pintoresquismos, como juegos de fuerzas plásticas trabadas; enjutos desnudos femeninos, lejanos de cualquier connotación erótica o solución armónica; pesebres, más que estilizados, desgarbados; una insólita arquitectura con pretensiones modernistas; interiores de habitaciones modestas cuyas paredes se inclinan en direcciones incompatibles y cuyos muebles parecen vacilantes.
Resulta notable, auspiciosamente notable, que esas obras escuetas -carentes de toda pretensión naturalista y faltas de cualquier concesión al agrado- no hayan sido rechazadas en el conservador ambiente del Paraguay de entonces. En los '40 eran apenas conocidas; en los 50' eran consideradas por los artistas disruptivos; en las dos siguientes décadas tuvieron presencia progresivamente destacada en el panorama de las artes visuales y desde entonces son valoradas y buscadas. Resulta notable este fenómeno porque la obra de Di Lascio es poco graciosa, muchas veces huraña y siempre básica en sus formas. Sus acuarelas resultan por demás aguadas y sus óleos exhiben el rastro seco y las texturas arañadas del pincel poco generoso en su carga. Pero el oficio y la destreza de artista eran tan firmes que lograban revertir ese defecto y convertirlo con los años en efecto propio, en seña de singularidad expresiva. En parte, la adustez de su obra expresaba su propio carácter, áspero y retraído. Esta obra, franca y sincera, se encuentra empujada por la genuina subjetividad de Di Lascio y su espontánea percepción del mundo. La esquiva belleza que inquieta y asombra en estas imágenes parcas se alimenta de la verdad que la sustenta. Al final, más allá de aposturas y de encantos, toda belleza es radiante manifestación de formas cabales.
Nota de edición: El presente texto acompaña la muestra "La tosca belleza", de Pedro Di Lascio, habilitada en Galería Expresiones, con curaduria de Osvaldo Salerno.
* Ticio Escobar es crítico de arte, curador, docente y gestor cultural. Fue presidente de la sección paraguaya de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA Paraguay), director de Cultura de la Municipalidad de Asunción y ministro de la Secretaría Nacional de Cultura. Es director del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro.