La resistencia del libro entre el papel y el píxel
Entre el 29 de mayo y el 8 de junio, Asunción fue sede de la Feria Internacional del Libro (FIL 2025), una verdadera celebración literaria colmada de presentaciones, coloquios y expresiones artísticas que convocaron a lectores, autores y editores por igual. A este evento se añaden, en un entusiasmo creciente, la reciente feria de Caaguazú y la próxima en Ciudad del Este. Paraguay parece haberse sumado con fuerza a una corriente continental que reivindica al libro como eje cultural. En este contexto vibrante, reaparece una pregunta que resuena en cada foro: ¿qué lugar ocupa hoy el libro en nuestras vidas? Y más aún: ¿somos realmente conscientes del valor que la lectura tiene para las nuevas generaciones?
En pleno siglo XXI, cuando la inmediatez reina, el contenido se consume en fragmentos de segundos y las pantallas invaden casi todos los espacios de la vida cotidiana, el libro —ese objeto silencioso, aparentemente frágil y pasado de moda para algunos— persiste y resiste con una dignidad extraordinaria. Ni las redes sociales, ni la televisión, ni los miles de millones de vídeos alojados en plataformas digitales han logrado desplazar su lugar como transmisor privilegiado de cultura, pensamiento y sensibilidad humana.
Los libros han demostrado una resiliencia asombrosa porque no son meros objetos físicos ni simples archivos digitales; son auténticos contenedores de memoria colectiva, imaginación estructurada y conocimiento complejo. A diferencia de los medios que privilegian lo instantáneo, lo visual o lo superficial, el libro propone otra lógica: la de la reflexión, la pausa, el pensamiento profundo. Su evolución a lo largo de los siglos —de pergaminos a códices, de papel a pantallas— prueba que su esencia no está en el formato, sino en la función que cumple: conservar y transmitir lo más humano del ser humano.
Leer un libro no es una acción pasiva. A diferencia de otras formas de entretenimiento más inmediatas, la lectura exige una activación intensa de nuestras capacidades mentales. Cuando leemos, entramos en un estado de inmersión que moviliza nuestra atención sostenida, nuestra capacidad de interpretación, nuestra memoria y nuestra imaginación. Estudios como los de Maryanne Wolf han demostrado que esta experiencia fortalece conexiones neuronales profundas y duraderas. Así, el acto de leer se convierte también en un acto de salud cognitiva: es gimnasio para el cerebro.
Pero la resistencia del libro va más allá de lo neurológico. En un mundo hiperconectado, donde la mayor parte de la información depende de la energía eléctrica o del acceso a la red, el libro sigue siendo un instrumento de autonomía y portabilidad. Un libro físico no necesita conexión ni batería. Puede leerse en una montaña, en una celda, en medio de un apagón. Incluso los libros digitales, gracias a los e-readers, permiten seguir leyendo sin interrupciones prolongadas. Esto hace del libro un objeto resistente no sólo en el tiempo, sino en las condiciones más diversas.
Más aún, el libro ha adquirido un nuevo rol: el de resistencia intelectual. En un contexto donde abundan los titulares engañosos, la información fragmentaria y los discursos simplistas, leer libros implica detenerse, profundizar, confrontar ideas. Frente al bombardeo constante de contenido que estimula, pero no enriquece, el libro ofrece un espacio de silencio activo, donde el lector construye sentido. Leer hoy es un acto contracultural.
Estudios recientes en neurociencia han demostrado que la lectura sigue siendo una de las prácticas más poderosas para desarrollar la empatía, la imaginación y la teoría de la mente. Leer historias complejas —de ficción o de ensayo— permite al lector ponerse en el lugar del otro, comprender motivaciones ajenas, ampliar su mapa emocional. Si queremos una sociedad menos violenta, más reflexiva y más crítica, deberíamos defender la lectura como política pública.
Existen razones de peso para fomentar la lectura en los jóvenes. Leer fortalece la cognición profunda: permite comprender mejor, inferir, abstraer. Leer también forma ciudadanos críticos, capaces de discriminar entre hechos y opiniones, entre datos y propaganda. Leer estimula la creatividad, ingrediente esencial en una economía basada cada vez más en la innovación. Leer transforma. Y esa transformación es acumulativa, íntima, irreversible.
En efecto, desde el punto de vista científico, la lectura estimula regiones cerebrales asociadas con el lenguaje, la memoria y la toma de decisiones. Un lector frecuente desarrolla más reservas cognitivas, lo que lo protege incluso frente al envejecimiento cerebral. En términos culturales, una sociedad lectora tiende a ser más democrática, más equitativa, más cohesionada. Y desde la antropología, el libro es un rito de paso, un objeto iniciático, un símbolo de pertenencia al mundo de los humanos que piensan, recuerdan, proyectan.
Entonces, la supervivencia del libro no es un accidente. Es la consecuencia directa de su valor simbólico, cognitivo y social. Las nuevas tecnologías no lo han reemplazado: lo han transformado, ampliado, revitalizado. Hoy más que nunca necesitamos leer libros. No por nostalgia, ni por costumbre, sino porque no hay —todavía— ningún otro medio que forme con tanta profundidad a una mente libre, crítica y sensible.
En los últimos años, Paraguay ha dado pasos importantes en la promoción de la lectura a través del Ministerio de Educación y Ciencias, especialmente con la implementación del programa nacional Ñe'êry ("palabras que fluyen"), centrado en la lectura, la escritura y la oralidad. Este programa ha tenido un impacto significativo en diversos sectores educativos, pero aún enfrenta el desafío de extenderse plenamente a todo el país. Es necesario que cada biblioteca escolar se convierta en un verdadero refugio para los jóvenes lectores, y que la sociedad en su conjunto acompañe este proceso, creando entornos que valoren, estimulen y celebren el acto de leer como una herramienta de transformación cultural y social.
* Fides Gauto es docente e investigadora de la Universidad Nacional de Asunción.