Literatura

La poesía como oficio peligroso

A propósito de la reedición de la "Antología personal", de Ricardo de la Vega, poeta paraguayo, nacido en Argentina. La obra invita a recorrer las calles de la ciudad, la intimidad del duelo y la memoria de la dictadura. Sus versos se detienen allí donde la rutina, el poder y el olvido suelen borrar los matices.
"Antología personal" (Ediciones de la Paz, 2026). Cortesía.

Las ideas de este artículo tuvieron una primera forma en la ponencia presentada en el simposio "Imaginarios de lo contemporáneo: literatura y artes de la imagen en Latinoamérica", realizado en el marco del IV Simposio Internacional del Núcleo Disciplinario "Literatura, Imaginarios, Estética y Cultura" de la AUGM-Grupo Montevideo. Aquella lectura se retoma ahora, con un tono menos académico, a propósito de la reedición de la Antología personal de Ricardo de la Vega, publicada originalmente en 2024 por Ediciones de la Paz.

Una mujer muere en una vereda del Mercado Cuatro. Un oficinista espera a alguien que no llegará. Un hombre recorre los pasillos de un hospital mientras intenta proteger a su esposa de la muerte. Un traidor decide delatar. De la Vega construye su visión de lo contemporáneo a partir de esas escenas, allí donde la vida privada se cruza con la historia y la ciudad.

Nacido en Mendoza, Argentina, en 1956, y radicado en Paraguay desde 1977, el poeta forma parte de la Generación del 80 paraguaya. Desde Sin opciones después de la cena hasta su Antología personal, su escritura ha mantenido una mirada atenta a los márgenes. Asunción aparece desde la cercanía de quien la habita y desde la distancia de quien todavía puede verla con extrañeza.

La ciudad que se lleva en el cuerpo

En la poesía de De la Vega, la ciudad no es una postal. Se manifiesta en el cuerpo de quien camina, espera, recuerda o descubre que la rutina ha comenzado a gobernar sus movimientos.

En "Mirando a Buenos Aires desde un espejo", el hablante se reconoce transformado por el espacio:

Ahora Buenos Aires soy yo,
solo, a medio afeitar,
con buenos dientes recién lavados
y algo parecido al desconcierto
en los ojos.

"Buenos Aires soy yo" borra la frontera entre la ciudad y el sujeto. El espejo devuelve a un hombre que ya no contempla un lugar desde afuera: lo lleva encima. La ciudad se convierte en identidad, desconcierto y aprendizaje. Ese gesto ayuda a comprender también la Asunción de sus poemas, una ciudad interiorizada antes que descrita.

En "Hacia el Mercado Cuatro, por Perú", la muerte de Doña Carmen ocurre en plena vereda y queda atrapada en el movimiento del mercado:

Ahora los dientes de esta calle sin fin,
la anunciamos cantando.

La calle tiene dientes porque consume cuanto sucede en ella. La noticia de una muerte se convierte en anuncio y enseguida se mezcla con otras voces. Al nombrar a Doña Carmen, el poema la rescata por un instante del olvido impuesto por la actividad diaria. El Mercado Cuatro no aparece como curiosidad pintoresca. De la Vega observa un espacio donde el comercio, la precariedad y la muerte conviven sin pausa. La poesía no embellece esa realidad ni reduce a sus habitantes a figuras decorativas.

Otra imagen urbana aparece en "Notable paraíso":

El mar está muy lejos,
aquí en estas calles.

Ese mar distante representa una vida menos sometida a la repetición. Frente a él, los colectivos llenos y los gestos automáticos muestran el desgaste de la voluntad. Sin embargo, el recuerdo todavía "da brillo a los espejos": permite reconocer la rutina antes de que borre por completo al individuo. La ciudad es un territorio de alienación, pero también de pequeñas revelaciones.

El amor después de la pérdida

En "La canción de R.", escrita tras la muerte de su esposa, el duelo se expresa mediante lugares y acciones reconocibles. El hospital deja de ser un edificio y pasa a ocupar la vida entera del hablante:

El Hospital Central es mi nueva morada:
voy por sus corredores
con mi sol azotado.
Mi Amada duerme en la modesta cama.
Quiere llevármela la muerte,
pero yo la protejo con las manos violetas.

Las "manos violetas" hablan del cansancio, de la vigilia y del intento inútil de contener lo inevitable. El amor se manifiesta en el cuidado: estar junto a la cama, recorrer los pasillos, sostener un cuerpo cuando la esperanza se debilita. El hablante sabe que no puede detener la muerte, pero insiste en proteger.

En otro poema, desea ocupar el lugar del dolor ajeno:

Yo, en cambio, estoy aquí
deseando ser la llaga,
porque tengo las manos,
aún, como la tierra.

Querer ser la llaga significa querer sufrir en lugar de la persona amada. El verso muestra una imposibilidad propia de toda experiencia de cuidado: podemos acercarnos al dolor del otro, pero no asumirlo por completo. Las manos "como la tierra" sugieren una disposición a recibir la herida, aunque ese deseo no pueda cumplirse.

De la Vega también aborda la pérdida desde la ironía cotidiana. En "Canción de amor de un oficinista", el personaje limpia, ordena y se prepara para una visita que no ocurre. La escena termina con una confesión seca: "Esperé como un boludo". La frase desarma cualquier pose y vuelve reconocible la vulnerabilidad de quien intenta ordenar el desamparo con platos limpios y un traje preparado.

La memoria que incomoda

La experiencia de la dictadura de Alfredo Stroessner y el desencanto de la transición democrática atraviesan la obra de De la Vega. Sus poemas registran la vigilancia, la delación, la obediencia y la corrupción sin adoptar el tono de una consigna.
"Un traidor piensa" condensa el clima de sospecha:

No sabes que han rodeado la cuadra,
no sabes que a pesar de las cosas que compartimos juntos,
que a pesar de todo,
que a pesar de todo yo te delato.

La repetición revela el instante en que el miedo vence al vínculo. El autoritarismo entra en la conciencia y rompe la confianza entre amigos. La delación constituye una victoria íntima del poder: cada persona empieza a desconfiar de quien tiene al lado.

En "Un chanta", el conflicto ya no está en la persecución visible, sino en la obediencia aprendida:

¿Acaso pueda ser ineficaz
y negarme a cumplir alguna orden superior?
No, ahora ya no.
Además, ¿para qué?

La pregunta final contiene el cansancio de quien ha llegado a considerar inútil cualquier resistencia. El poema muestra una consecuencia duradera del autoritarismo: la renuncia moral convertida en costumbre.

La crítica continúa en "Todos son iguales", donde la decepción democrática se resume en una frase: "agarran tu voto y salen corriendo". Más adelante, el poema advierte:

Y mañana vendrán otros que ilusionados
sacarán de sus mochilas
los espejitos de la democracia.

Los "espejitos" aluden a una promesa seductora y engañosa. La democracia aparece convertida en mercancía verbal, ofrecida una y otra vez sin modificar las estructuras que sostienen la desigualdad y la impunidad. La memoria de De la Vega examina así las huellas que la dictadura dejó en la vida pública y en los hábitos privados.

Escribir cuando la poesía "no vale nada"

La pregunta por la utilidad de la poesía recorre toda esta obra. "Oficio peligroso" comienza 
con una duda incómoda:

Escribir poemas en este país abrumado
por toda clase de injusticias parece
una actitud evasiva, fuera de lugar.

El poeta no evita la objeción. Sabe que un verso no resuelve la pobreza, no sustituye una política pública ni repara por sí mismo a las víctimas. Su respuesta aparece cuando sale a la calle y encuentra, en medio del ruido, "espacios no recorridos por la vulgaridad / y el latrocinio", lugares "nunca derrotados" que compara con "islas rodeadas de tierra / o islas sin mar".

Esos espacios existen dentro de la realidad, entre el abuso y el griterío. La poesía los reconoce y los mantiene abiertos. Allí la experiencia humana todavía no ha sido reducida a mercancía, obediencia o espectáculo.

En "Nocturno subtropical", la aparente inutilidad del oficio se expresa con ironía:

Hay oficios que no valen nada.
escribir, por ejemplo, versos
es casi una macana en este mundo
que te ofrece mil ojos y ninguna mirada.

La oposición entre "mil ojos" y "ninguna mirada" describe una sociedad saturada de imágenes, pero escasa de atención. Ver no equivale a mirar. Mirar exige tiempo, incomodidad y disposición para reconocer aquello que contradice nuestras certezas.

En "Arte poética", la pregunta "¿la Sed es una de las Musas?" sitúa el origen de la escritura en una carencia elemental. La poesía nace de la necesidad de encontrar sentido, belleza o compañía allí donde algo falta. Esa sed explica la persistencia de un oficio que, desde la lógica de la rentabilidad, "no vale nada".

La reedición de la Antología personal permite regresar a una obra que conversa de manera directa con el presente. La ciudad continúa exhibiendo sus desigualdades; la memoria de la dictadura sigue en disputa; el desencanto político no ha desaparecido; el duelo conserva su lenguaje secreto.

Los poemas de Ricardo de la Vega no ofrecen soluciones ni prometen redenciones. Hacen algo que podría parecer más modesto, pero resulta indispensable: impiden que pasemos de largo sin ver ni sentir. Frente a la indiferencia, el silencio y la alienación, sus versos nos obligan a detenernos, a reconocer al otro y a recuperar una mirada más atenta y sensible sobre el mundo que habitamos.

* Fides Gauto es docente e investigadora.