La expulsión del sabio (cuento)
El doctor Amadeo Bonpland atendi?a a una madre con un bebe? que no paraba de llorar cuando llego? a su casa de Santa Mari?a la orden del Supremo Gobierno de la Repu?blica. Lo recuerdo bien porque despue?s de avisarle de la presencia del delegado Norberto Ortellado, me hizo decirle que solo lo recibiri?a una vez acabada la consulta me?dica. Ortellado no lo tomo? a mal. Como todos en varias leguas alrededor, e?l tambie?n habi?a sido socorrido en ma?s de una ocasio?n con las hierbas y tisanas del karai arandu, ya fuera por problemas respiratorios, dolores en huesos o muelas o digestiones lentas.
El doctor Bonpland escucho? con paciencia la lectura dubitativa de Ortellado y luego leyo? e?l mismo la carta. Con el lenguaje seco y directo que le era caracteri?stico, el Supremo Dictador le otorgaba un plazo de cinco di?as para dejar la colonia y el pai?s con todas las pertenencias que pudiera llevar en las carretas de que disponi?a. Aunque se le prohibi?a cualquier tipo de comercio, si? se autorizaba el traslado de ganado, limitando a cinco el nu?mero de sirvientes y troperos que podi?an acompan?arlo. Bonpland se dejo? caer en una silla, bajo la enorme enredadera de la vid que e?l mismo habi?a plantado haci?a diez an?os en la parte posterior de la casa. Junto con los limoneros y naranjos del frente, fue lo primero que habi?a sembrado en aquel presidio sin murallas al que lo envio? el dictador Francia en diciembre del 1821. Ahora, sin advertencia alguna, se le empujaba a escobazos, obliga?ndole a separarse de mujer e hijos, de sus cultivos de yerba mate y can?a de azu?car, de sus estudios cienti?ficos en curso, de una comunidad en donde pensaba que seri?a enterrado. “Bien, Norberto, informe a Su Excelencia que ya estoy debidamente notificado”, dijo con ma?s cansancio que tristeza y, encendiendo un cigarro agrego?: “de regreso a los caminos, entonces”. Luego se levanto? y dirigie?ndose a mi?, declaro?: “El di?a no termino? au?n, Juan. Continuemos el trabajo”.
Sin embargo, antes de atender a otras personas que lo aguardaban para consultar, me pidio? que llamara a Regina, su mujer, con quien hablo? a solas por unos minutos. Ella se retiro? con los ojos llorosos. Supe despue?s que esa misma noche, por pedido del sabio france?s, su compan?era y sus dos hijos se habi?an mudado con su padre, uno de los caciques de la regio?n. Al final de la tarde me llamo? a la parralera. Queri?a organizar la partida y luego dedicarse a responder correspondencia. Se sirvio? un poco del vino que habi?a empezado a producir unos an?os atra?s y suspiro? con resignacio?n:
-A veces me han llamado viajero, Juan; otras, explorador, incluso aventurero. Pero soy solo un hombre que nunca puso frenos a su curiosidad. Conoci? los rincones de Francia y Espan?a a pie, subi? al Chimborazo y al Cotopaxi, recorri? el Orinoco, atravese? selvas y desiertos en Me?xico y Cuba. Humboldt me dijo una vez que, como lo hizo e?l en Prusia, yo tambie?n encontrari?a mi castillo... Queri?a que esta casita lo fuera.
* * *
-¡A otro con el cuento del naturalista que solo piensa en sus plantas y sus libros! No niego su formacio?n acade?mica ni su intere?s cienti?fico en la bota?nica o la zoologi?a, pero que otro le compre la historia de que no se involucra en la poli?tica o en la economi?a -parado en el centro de su umbri?o despacho, el doctor Francia agito? los pliegos de la carta de Simo?n Boli?var- y ahora viene este delirante cabo caraquen?o, perdido en sus enson?aciones imperiales, a amenazar a la Repu?blica si no acatamos su orden de liberarlo -guardo? silencio unos segundos y luego se dirigio? a mi?, con voz suavizada-. Respeto mucho a Bonpland, a todos los hombres de ciencia. Hace unos meses, poco despue?s de que lo confina?ramos en Santa Mari?a, pidio? conocerme y conversamos toda una tarde. Hablamos de libros, de astronomi?a y de los idiomas de los nativos americanos. Yo le regale? unas pa?ginas manuscritas de Azara y e?l me obsequio? una tarjeta de visita firmada de Thomas Jefferson. Cuando cai?a la noche le dije: “Mire, doctor Bonpland, es probable que Vuestra Merced no sea el espi?a o el conspirador que los rumores aseguran. Pero creo que como me?dico comprendera? que la Repu?blica del Paraguay y yo preferimos curarnos en salud. Nadie lo molestara? en Santa Mari?a. Plante alli? lo que crea apropiado, afi?nquese con confianza, prosiga sus valiosos estudios. Recibira? correspondencia, siempre que no sea dan?osa para el Paraguay”.
-Entiendo, Excelencia... y ¿cua?l seri?a mi misio?n? -pregunte?, todavi?a sin comprender.
-Espiar al espi?a, estimado Juan Alarco?n. Ha?gase pasar por un paciente, luego mue?strese interesado y servicial, encuentre una excusa para volver a la casa, convie?rtase en su disci?pulo. Los sabios siempre quieren a alguien que los escuche. Y si percibe algo raro me lo hace saber de inmediato. Por cierto, que no sea a trave?s de Ortellado, otro que ha sucumbido al encanto del jardinero de la emperatriz Josefina. Cui?dese de que no le endulce el oi?do y acabe mareado -dijo el doctor Francia, sonriendo, y an?adio? con seriedad-. Ya no me preocupa Artigas, duerme feliz en Curuguaty lejos de traidores, ni el entrerriano Rami?rez, quien duerme tambie?n, pero ya por toda la eternidad. Sin embargo, Bonpland vino hasta nuestra tranquera para apropiarse de nuestra yerba mate, Juan, algo con lo que muchos todavi?a suen?an en Corrientes, Santa Fe y Buenos Aires.
Se sento? en el sillo?n junto a la ventana desde la que se podi?a ver el ri?o Paraguay, y se saco? los mocasines. La gota avanzaba, provoca?ndole hinchazones y agudos dolores en los pies. “Ponga especial atencio?n en lo que escribe, en la correspondencia y en sus anotaciones. Y, de paso, Juan, envi?eme esos emplastos que hacen alli? para aliviar esta tortura”.
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Del cuaderno del doctor Amadeo Bonpland:
Hoy subimos al ma?s alto de los tres pequen?os cerros que quedan en direccio?n sur-este de la casa. No debe llegar a los 120 metros, es pedregoso y de formacio?n muy antigua, como toda elevacio?n que he visto en el Paraguay. Uno tiene la impresio?n de que se fue contrayendo por el paso de miles de an?os, en su infancia remecido por violentos temblores, despue?s desgastado por los elementos. A su alrededor flota un aire hu?medo y caliente que el sol arranca a centelladas de la selva interminable. Casi sin vegetacio?n, el cerro, al que solo pude bautizar Humboldt, parece un intruso en el tapiz palpitante que lo rodea. Ahora es ya un anciano que, con la piel reseca y agrietada, se hunde hasta el pecho en un mar erizado de todas las tonalidades del verde. En la ladera opuesta hallamos una naciente, cuya agua helada se empoza unos metros ma?s abajo, formando un diminuto estanque en altura, en el que Regina, Cipriano y Juan refrescaron los pies. Me sorprendio? mucho encontrar alli? pequen?os moluscos fo?siles. Tome? tambie?n muestras de unos juncos enanos y una mariposa con algu?n parecido a otras que recogimos en el Orinoco. Fue una breve expedicio?n reconfortante, de la que volvimos sudorosos y hambrientos. Al llegar, mientras los dema?s se sentaban a comer, Ana me comento? en voz baja que me habi?a llegado correspondencia. Confundida entre los papeles habituales halle? la segunda carta de Ubalda Garci?a Francia, la "Nin?a Francia", como la conocen en Asuncio?n, la hija del Supremo Dictador del Paraguay. Es una joven de 23 o 24 an?os a la que no he visto nunca. Me han dicho que vive cerca de la residencia de su padre, con su ti?a Petrona Regalada, y que solo ella tiene, adema?s del dictador, ingreso irrestricto a la biblioteca, la u?nica que merece ese nombre en este extran?o re?gimen que los paraguayos insisten en llamar Repu?blica. Este privilegio fue evidente ya en su primera carta en la que, adema?s de presentarse y elogiarme, me llenaba de preguntas: ¿Habi?a estado en la Revolucio?n de 1789? ¿Conoci?a a Napoleo?n? ¿Co?mo eran los jardines de Malmaison? ¿Es verdad que era amigo de Boli?var, que hablo? con Thomas Jefferson? Con la fresca inocencia de su juventud, me confesaba incluso su intencio?n de seguir los pasos de su ti?a y dedicarse a la educacio?n de las nin?as paraguayas. Sorprendido -incluso en Francia no es fa?cil encontrar una joven que pueda hablar con desenvoltura de estos temas- y, sobre todo, conmovido por su franqueza, le respondi? ese mismo di?a, aun sabiendo que si era descubierto me exponi?a a la furia del Supremo Dictador.
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En los u?ltimos di?as he aprendido ma?s con el sabio que en los an?os que llevo trabajando a su lado. Cada man?ana este me?dico de 58 an?os se levanta con el sol para abrir su consultorio, frente al cual ahora se amontonan los enfermos, muchos de ellos procedentes de Asuncio?n. Solo atiende por la man?ana, ya que dedica la tarde a la preparacio?n de su viaje. Ya hay diez carretas cargadas a tope y en el corral grande esta?n las vacas, ovejas y cerdos, una parte de los cuales dejara? para la comunidad de Santa Mari?a. Hoy en el almuerzo anuncio? que Cipriano, Ireneo y otros ma?s ira?n con e?l a San Borja, donde espera asentarse al menos en los primeros tiempos. Yo lo mire? ato?nito, pero no dije nada. Estaba seguro de que yo seri?a uno de los elegidos, en especial porque en los u?ltimos di?as fui su sombra, acompan?a?ndolo en sus paseos o en las visitas de despedida que hizo a algunas familias de la zona, personas que le habi?an ayudado en los primeros tiempos. Hablamos de su vida, su infancia despreocupada en La Rochelle, su juventud en medio de la Revolucio?n, sus estudios de medicina en Pari?s “con Robespierre en el poder”, segu?n me dijo. La noche antes de la partida la dedico? al baro?n Von Humboldt. Todos lo rodea?bamos en aquella ocasio?n. Levanto? un vaso de vino y brindo? por su amigo. “Un hombre admirable, un sabio como ya no existen. Hay, sin embargo, una diferencia sustancial entre nosotros. E?l es un aristo?crata cuya excentricidad es la exploracio?n y la ciencia. Yo soy un hijo de la Revolucio?n, persigo el conocimiento para iluminar el futuro”, afirmo? cuando se vaciaba la u?ltima botella de aquel vino de Santa Mari?a, donde ya no volveri?an a prosperar las vides como en el tiempo del karai arandu.
En la man?ana, mientras apronta?bamos las carretas finales, me llamo? una vez ma?s bajo la parralera de atra?s. Sin darme tiempo para nada me abrazo? largamente. Luego me pidio? que me sentara y hablo? con la voz estremecida: “Te quiero como a un hijo, Juan. Por eso no te llevo conmigo, aunque imagino que era lo que deseabas y esperabas. No todos nacimos para vivir lejos de nuestra tierra, de nuestra gente. Te dejo una buena parte de mi biblioteca y varios cuadernos de apuntes, para que los continúes o le saques el provecho que te parezca. Quiero agradecerte de corazo?n todo lo que hiciste y, muy en especial, lo que no hiciste”, levanto? levemente la mano para callarme y prosiguio?: “Si?, si?, lo he sabido desde el primer minuto. Uno no pasa las cosas que yo he pasado, hijo mi?o, sin aprender a cuidarse las espaldas. Viniste a mi? para ser los ojos del Supremo, pero al final has sido las manos que taparon su vista”. Percibio? el desconcierto y la vergu?enza en mi rostro, porque hizo una breve pausa y suavizo? au?n ma?s la voz, “no te preocupes, Juan. Te agradezco todos los informes, los rumores, los pequen?os secretos, que te guardaste. En particular las cartas de la joven Ubalda, una nin?a de viva inteligencia, ansiosa de comprender el mundo que la rodea. Un espi?ritu que hay que proteger y cultivar, como esta vid”, se apoyo? en el rugoso tallo para ponerse de pie y volvio? a abrazarme. Yo ya no intente? hablar.
Al caer la tarde, antes de subir a su caballo, el doctor Bonpland beso? a su mujer e hijos, prometiendo quiza?s que la separacio?n seri?a corta. Despue?s se puso a la cabeza de la caravana, se calzo? un sombrero de ala ancha que alguno de sus enfermos le habi?a regalado y se encamino? a la frontera con el Brasil, rumbo a San Borja. Sus amigos y una masa de enfermos y tullidos lo seguimos hasta la salida de Santa Mari?a. Pronto su silueta quedo? diluida en el aire anaranjado y rojizo de su u?ltimo atardecer paraguayo.
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-Pero si fui yo mismo el que convencio? a la nin?a para que le escribiera, ¿que? se imagina, Juan? Soy el guardia?n de la primera Repu?blica en Ame?rica... ¿y no voy a saber que? se cocina en mi casa? Yo no veo ninguna contradiccio?n. La nin?a tiene inquietudes y, por fortuna, tambie?n posee una so?lida inteligencia. ¿Por que? habri?a de ver con malos ojos que haga preguntas a un hombre de ciencias, a un sabio conocido en el mundo entero? Condenado por la corona espan?ola a ser solo un mojo?n en la frontera con el Brasil, el Paraguay nunca tuvo nada parecido a una universidad, las cuales, de cualquier manera, no esta?n abiertas a las mujeres. Mantener correspondencia con un Bonpland, con un Rengger, con un Longchamp, hasta con un Robertson -solto? una carcajada-, eso es lo ma?s cerca que se puede estar de esa clase de educacio?n... en fin, Juan, a lo que me interesa...
El doctor Francia estaba sentado en el corredor interno de la Casa de Gobierno, con los pies enrojecidos metidos en un gran cuenco de agua tibia con sal. La gota le habi?a deformado ya visiblemente las articulaciones de los dedos y pasaba mucho tiempo con los pies en remojo, segu?n recomendaciones de Bonpland a otros enfermos de ese mal. A su lado, en un pote se humedeci?an trapos en barro y hierbas medicinales, en una preparacio?n hecha conforme a las instrucciones del me?dico france?s. Solo cuando el Supremo Dictador acabo? de ponerse los emplastos en los pies, yo comence? a hablar:
-Bonpland abandono? el Paraguay hace ya ma?s de diez di?as, Excelencia. En los an?os que pase? con e?l no supe de su participacio?n en ningu?n contubernio o conspiracio?n. Entre los papeles que me dejo? se encuentra un grueso volumen del tema de su mayor intere?s, Excelencia. Es un minucioso estudio con observaciones y dibujos sobre las caracteri?sticas y propiedades de la yerba mate, una planta que, puedo decirlo con seguridad, maravillaba al sabio.
El Supremo Dictador hizo un mohi?n y comento?: Maravillado si?, por sus beneficios en la salud humana, claro, pero tambie?n maravillado porque la yerba puede conquistar el mundo, como antes el cafe?, el chocolate, el te? o el tabaco. Si no hay oro, ni plata, ni mar, ¿que? nos queda para empujar hacia adelante esta Repu?blica, sino la bien llamada “hierba del Paraguay”? Bueno, pero no me ha dicho nada acerca de los me?todos de germinacio?n, la llave para el cultivo a gran escala... no hay nada de eso en ese “minucioso estudio”, ¿no?
-No, Excelencia, no en el cuaderno que Bonpland tuvo la gentileza de dejarme.
El doctor Francia sonrio?. “Adema?s de sabio, es astuto el jardinero de la emperatriz. Lo saque? de la proteccio?n de los correntinos y destrui? su granja y sus plantaciones... por la yerba. Lo traje y lo mantuve bajo la vigilancia de la Repu?blica durante diez an?os tambie?n por la yerba. ¿Sabi?a que se percato? de que yo estaba al corriente de su correspondencia con Ubalda? O al menos lo sospechaba... ¿Algo ma?s que deba saber sobre este asunto?
-Es todo, Excelencia.
-Bien. Ahora de?jeme solo, cabo Juan Alarco?n, de?jeme sufrir en silencio estos dolores.
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Del cuaderno del doctor Amadeo Bonpland:
Esta man?ana, al di?a siguiente de que se me comunicara mi expulsio?n del Paraguay, me ha llegado la tercera carta de la “Nin?a Francia”, por la vi?a habitual. Si en la primera me preguntaba sobre Napoleo?n, Boli?var y Jefferson; en la segunda, sobre mis viajes en el Orinoco y en el Chimborazo; en esta su curiosidad se direcciona hacia mis estudios de bota?nica. ¿Era realmente u?nica la vegetacio?n en esta parte del mundo?, ¿cua?les son las plantas que mejor se desarrollan en este clima?, ¿le ha dedicado tiempo a la planta ma?s caracteri?stica del Paraguay, la yerba mate? Ah, ah, ah, como soli?a decir mi padre: solo hay que quedarse muy quieto para que el zorro deje ver la cola. La joven Ubalda existe, todos la conocen. Adema?s, su presencia se siente en cada carta, en su caligrafi?a primorosa, forjada seguramente junto a su paciente ti?a Petrona Regalada, y en la mayor parte de las preguntas, que destilan una ingenuidad que no se puede imitar. Pero en este intere?s en mis estudios sobre la yerba vislumbro la larga sombra de alguien ma?s. Le he respondido con la amabilidad habitual, dicie?ndole que hace bien en investigar acerca de las plantas del Paraguay. “En sus selvas, esta Repu?blica guarda un tesoro esperando ser encontrado. Su futuro -espero de corazo?n que sea un futuro de grandeza y de prosperidad- se encuentra en sus plantas, la primera de ellas, la yerba mate, sin duda. Pero hay muchas, muchas otras. Los nativos me han hablado de una que es tan amarga que deja arrugas en el rostro, pero que depura como nada el esto?mago y fortalece el hi?gado, o tambie?n de otra, que deja tan dulce como la miel cualquier líquido o coccio?n”, le escribi?. Pensando en ella, en la joven Ubalda Garci?a Francia, le he pedido a Juan que le entregue uno de los libros ma?s preciados de mi biblioteca: De?claration des droits de la femme et de la citoyenne, de Madame Olympe de Gouges. An?adi? esta dedicatoria: “Nunca se canse de preguntar. Sera? una buena maestra. Su amigo, Amadeo Bonpland”. Le hice jurar a Juan que omitiri?a este pequen?o obsequio en el informe que preparaba para el Supremo Dictador. Estoy seguro de que asi? lo hizo.
Nota de edición: Este cuento obtuvo recientemente el tercer premio en la séptima edición del Concurso Arte y Cultura del Banco Central del Paraguay. Agradecemos al Sector Cultural del BCP la autorización para publicarlo.