Karina Amadori: La vida insiste
La obra de Karina Amadori se teje —literalmente— desde el umbral entre materia y pensamiento, entre lo orgánico y lo simbólico, allí donde un hilo de seda se transforma en cuerpo, y una raíz de manglar —ese árbol que respira fuera del agua— se vuelve metáfora de resistencia.
Su práctica artística se funda en la escucha atenta a los materiales: su historia, su procedencia, su modo de estar en el mundo. Todo está ligado a una ética del cuidado. Su decisión de trabajar con seda cruda —que llegó a ella casi por azar—responde a una intuición visceral: buscaba una materia que evocara el tendón humano. La encontró en un filamento que, aunque aparentemente frágil, posee una firmeza que resiste a cualquier tensión: el hilo de seda. Para Karina Amadori, la seda desafía a la extinción y guarda en sí el tiempo y el esfuerzo de la oruga y la mariposa, condenada a una vida breve.
También hay una dimensión biopolítica en su elección. La artista no escinde su práctica del contexto ecológico ni de la condición colonial que caracterizó a la producción de seda en el mundo. Desde Camboya hasta Vietnam, sus viajes en búsqueda del origen de esta materia la llevaron a conocer historias de guerra, de exilio, de feminicidio, pero también de reconstrucción cultural, de subsistencia y memoria. El caso de una mujer camboyana que rescató la técnica del capullo dorado —y con ella, la vida de decenas de mujeres huérfanas a causa de una guerra— es un ejemplo de cómo un material puede sostener comunidades, devenir archivo y volverse acto político.
Karina Amadori utiliza en su obra la seda de Paraná, Brasil, región considerada entre los mayores productores del mundo. Más de mil capullos de gusano de seda constituyen en la sala un volumen silencioso, etéreo, rodeado de envolturas livianas y traslúcidas de textil rojo que remiten al fluido de la vida por excelencia, la sangre. La obra Entre o arterial e o venoso evoca las dos vías a través de las cuales ella circula en el organismo, una zona liminar entre dos movimientos que operan en direcciones opuestas. Este cuerpo múltiple, anatómico, hecho de capullos recolectados durante cuatro años y que se tocan unos a otros, configura el centro de un espacio casi ritual y terapéutico. Cuerpo leve y sin embargo imponente.
En esta instalación, los tonos rojos —arterial y venoso— marcan un territorio donde la vida se mueve entre capas, donde un cuerpo puede ser interrumpido para permitir la llegada de otro cuerpo. "Entre los cortes la vida acontece", dice Karina. No en la perfección ni en la continuidad, sino en la grieta, en la abertura. Y estas aberturas pueden ser varias, sucesivas. Así, la sala de exposición se ve "cortada", atravesada por finas membranas, a modo de estancias de una casa que rodean un núcleo, aquel cuerpo sensible hecho de capullos.
Por otra parte, Amadori expone el gesto de guardar lo que queda —la para, como llama a las sobras de seda que no quiso desechar—. En la pieza Pele branca, los restos usualmente descartados de hilos de seda se convierten en una membrana que abriga, que protege, pero también que revela: una segunda piel hecha de actos mínimos, de acumulaciones diarias, de hebras que no se someten a la voluntad de la artista. La seda, dice Amadori, "se comporta como quiere".
Esta actitud hacia la seda se manifiesta también en su relación con otras especies amenazadas, en este caso vegetales, como la araucaria o el mangue. Pero esta postura no surge desde la nostalgia o el romanticismo naturalista, sino desde la convicción de que se trata de "especies compañeras", como propone Donna Haraway: seres que nos necesitan tanto como nosotros a ellos. Karina observa estas especies como quien se mira en un espejo vegetal: árboles que respiran fuera del agua, que se desplazan lentamente hasta encontrar dónde echar raíz, árboles tensados por el deseo de seguir existiendo.
Una de las claves poéticas de la propuesta de Amadori es la suspensión. La columna roja que alude a las raíces de mangue no solo evoca la arquitectura invisible del bioma donde confluyen el agua dulce y la salada: es también el símbolo de un cuerpo sostenido por la búsqueda, en tránsito, en espera.
La vida insiste. Resiste. Karina Amadori lo sabe.
Nota de edición: El presente texto acompaña la muestra La vida insiste de Karina Amadori, habilitada en la Sala Lívio Abramo del Instituto Guimarães Rosa de la Embajada de Brasil (Eligio Ayala casi Perú).
* Adriana Almada es crítica de arte, curadora, editora. Fue vicepresidenta de la AICA Internacional y presidenta de la AICA Paraguay. Es directora artística de la Colección Mendonca de Arte Contemporáneo, curadora general de Pinta Asunción y editora de El Nacional Cultura.