Artes visuales

El videoarte en la era de la inteligencia artificial: nuevas fronteras del arte contemporáneo

El videoarte, desde sus orígenes en la década de 1960 con figuras pioneras como Nam June Paik, se ha consolidado como una de las prácticas fundamentales del arte contemporáneo. Su capacidad para conjugar imagen en movimiento, sonido y experimentación estética lo convirtió en un medio privilegiado para cuestionar las narrativas dominantes, explorar la percepción y abrir diálogos con la tecnología.
Refik Anadol, "Machine Hallucinations Space: Metaverse" (Foto: Anthony Kwan/news.artnet.com)

Hoy, más de medio siglo después, el videoarte atraviesa una transformación radical impulsada por la irrupción de la inteligencia artificial (IA). Esta alianza entre creación artística y tecnología no solo redefine las herramientas del artista, sino también la experiencia del espectador y el alcance mismo de la obra.

En el presente, el videoarte ya no se limita a pantallas o instalaciones en museos: se despliega en espacios urbanos y plataformas digitales -como es la propuesta de Lúmina, concurso de videoarte y videopoema organizado por El Nacional-, así como en entornos inmersivos de realidad virtual o aumentada. La inteligencia artificial potencia esa expansión al permitir procesos de generación visual y sonora que antes eran inimaginables. Algoritmos entrenados en grandes volúmenes de imágenes y datos son capaces de crear narrativas, manipular secuencias en tiempo real o producir texturas audiovisuales que trascienden lo humano.

Refik Anadol, "Unsupervised". (Foto: Museo de Arte Moderno/news.artnet.com)

Lejos de reemplazar la sensibilidad del artista, la IA se convierte en un interlocutor creativo: propone alternativas, improvisa imágenes y abre caminos estéticos que el creador puede aceptar, modificar o tensionar. De este modo, la obra se convierte en un campo de negociación entre la intuición humana y la lógica algorítmica.

Markos Kay, "Illusionaries". (Foto: www.ianvisits.co.uk)

Nuevos alcances y desafíos

Uno de los mayores aportes de la IA al videoarte es la posibilidad de generar experiencias interactivas y personalizadas. El espectador ya no ocupa un rol pasivo: su voz, sus movimientos o incluso sus datos biométricos pueden influir en el curso de una obra audiovisual, haciendo de cada experiencia algo único e irrepetible.

Al mismo tiempo, surgen interrogantes éticos y políticos. ¿Qué sucede cuando la máquina utiliza imágenes sin consentimiento para entrenar modelos? ¿Cómo se regula la autoría en una creación compartida entre artista y algoritmo? Estas tensiones atraviesan los debates actuales y revelan que el videoarte con IA no solo experimenta con la forma, sino también con los marcos legales y conceptuales del arte.

Refik Anadol, "Quantum Memories". (Foto: RAS/news.artnet.com)

En un mundo saturado de imágenes, el videoarte mantiene su lugar como laboratorio crítico. A través de la IA, puede explorar las estéticas de la vigilancia, cuestionar la manipulación digital de la realidad o imaginar futuros posibles donde lo humano y lo maquínico coexisten.

La importancia del videoarte en el arte contemporáneo actual radica justamente en esa capacidad de anticipar y problematizar las mutaciones tecnológicas y sociales. En este cruce entre sensibilidad y algoritmo, entre memoria visual y cálculo matemático, el videoarte sigue expandiendo las fronteras del arte y de la experiencia estética.