Novedad editorial

"El sótano", un relato de Gloria Muñoz Yegros

Compartimos en exclusiva uno de los relatos de Gloria Muñoz Yegros incluido en el volumen "Esquinas Negras", que acaba de aparecer publicado por editorial Arandurã y que será presentado próximamente. La autora disecciona la condición humana, sus pasiones y contradicciones, al tiempo que evoca atmósferas históricas y familiares del Paraguay.

"No ser amado es una simple desventura. 
La verdadera desgracia es no saber amar."
Albert Camus, 1945 

He esperado a don Federico desde la primera ilusión hasta el último suspiro. Desde aquellos días pretéritos de la tersura en la piel hasta los arrugados instantes de este presente inexplicable. Aguardo, seguiré aguardando hasta el aliento final. Los listones de la escalera hincan en mis espaldas las agujas del tiempo, clavados en mis carnes como los dolorosos recuerdos de nuestra convivencia. Pero vendrá, estoy segura, esta vez no puede dejarme, no en este lugar. Se tratará de un capricho más de extranjero, como el sótano, que no alcanzo a comprender.

Era la mañana del domingo aquel. Espié por la ventana. No lo conocía, pero no dudé ni un instante, se trataba de nuestro invitado. Cruzó la calzada con pasos largos y lentos, su figura alta y erguida se distinguía con solemnidad teatral sobre el reverbero del verano de los adoquines. 

—¡Ya llega, está llegando! — anuncié a gritos. 

Mi tía cruzó el índice sobre los labios para indicarme silencio y compostura. Mi tío dobló el periódico y lo dejó sobre la mesa de café. Mis primas se acomodaron en los sillones como figuritas de una postal antigua. La cocinera se amarró a la cintura el blanco y almidonado delantal, luego se dirigió de prisa a la cocina. A mí me correspondía abrir la puerta. En nuestra pequeña ciudad provinciana cualquier acontecimiento cobraba dimensiones desmesuradas. Don Federico, un húngaro, llegado al país hacía poco tiempo, ingeniero de caminos y encargado de los trabajos de la nueva ruta, trabó amistad con mi tío, quien le cobró especial aprecio. Lo invitó a almorzar para presentarle su familia como muestra de cortesía. Por entonces, hacía casi diecisiete años que llegué a la casa de mi tía para ayudarla con la crianza de mi prima Josefina. A la sazón vivía con mis padres y mis hermanos en una hacienda muy pequeña, tierra adentro, en los fondos perdidos de un páramo. No era ese lugar un ambiente propicio para las perspectivas de vida de una joven señorita. Vivir con mi tía me permitiría terminar mi educación y la oportunidad de hacer vida social, amistades, y contraer matrimonio con algún hombre importante. Pero después de Josefina nació Griselda, luego Luisa y finalmente Mariana. Aquellos diez primeros años de estancia en la casa de mis tíos fueron de mucho trabajo, mi tía Sara era medio inútil para atender a sus hijas y la responsabilidad de su cuidado recayó sobre mí, además tenía una activa vida de sociedad que le dejaba poco tiempo. De quehacer en quehacer, en el cuidado de hijos ajenos se consumió lo mejor de mi juventud, casi sin percatarme había sobrepasado largo los treinta. 

Don Federico era un buen partido para mí, el esperado. Entre sus motivos, mi tío también lo invitó para exponerme a su interés, tomando ventaja de la natural inclinación del hombre maduro a tomar esposa en el lugar donde decide afincarse. Al verlo, el corazón me golpeó encabritado dentro del pecho virgen y ansioso. Mi vida pendía del hilo de un tácito acuerdo, de una promesa sin juramento. Desde aquel domingo de fiesta, don Federico, ese hombre que apenas había sobrepasado los cuarenta, de ojos grises inaccesibles, delgado y de gran estatura, había impresionado mis sentimientos con una marca de hierro al rojo y para siempre. Era mucho tiempo el que había esperado para protagonizar mis propias emociones, continuamente requerida por las prioridades de otras vidas la mía había descendido al olvido de sí misma. 

Finalmente resultó que los planes de mis tíos eran otros. Fue una boda memorable la de mi prima Josefina, pero de un futuro dudoso, era apenas una niña de diecisiete años que ni siquiera era capaz de cuidar de su higiene por sí sola. Pidió a mi tía que fuera a vivir con ella para que la ayudara con su nueva vida de casada. Acepté para estar cerca de don Federico, envolviendo en una falsa sonrisa de entusiasmo mi rencor. El veneno de la ingratitud inoculado por mis parientes cebó en mi interior un sentimiento de insatisfacción verde y viscoso, una flor de pétalos afilados que no cesaba de crecer clavando sus puñales en mis carnes devastadas por la decepción de mis años yermos. Ese matrimonio fracasaría, estaba segura, no tenía sustento ni afectivo ni lógico. Y yo estaría allí, al pie del tiempo, esperando ese momento para cobrar el precio del desengaño.

Don Federico no puede dejarme aquí, en este lugar, es una insensatez, no es propio de un hombre tan en su sitio como él. No sé porque lo hizo, no hay razón que lo explique. Nunca lo traicionaría, nuestro secreto fue el vínculo inexorable y la implícita complicidad que nos mantuvo unidos, debería estar seguro de mi silencio después de tantos años de abnegada fidelidad. Llegado el caso, digo, si por alguna circunstancia se encuentre obligado a enfrentar el hecho, puede negarlo, yo no lo he visto hacerlo, sin testigos nadie puede asegurar nada.

Desde que supe de la construcción del sótano tuve una extraña aprehensión, no conocía ninguno, no era usual en nuestro pueblo, es más, ninguna casa lo tenía por los alrededores. Una vez comprada la propiedad para su futura morada, la refaccionó conforme a su criterio de lo que debía ser un hogar, diferente a lo comúnmente conocido. Construyó una planta alta para los dormitorios, una amplia cocina con el comedor incluido y un sótano. El sótano fue una novedad, motivo de curiosidad y comentarios, no faltaron mirones que vinieron a observar cómo se construía. 

Además de su trabajo como ingeniero de caminos, don Federico desarrolló con mucho éxito el comercio de granos y otros productos agrícolas que le dejaban muy buenas ganancias. El sótano fue destinado también para almacenamiento de aquella mercadería.

No puede olvidar que yo acondicioné su hogar; las cortinas, la ropa blanca, la cocina y la despensa. El primor de los detalles, las flores en las habitaciones, el brillo de los muebles, las macetas del jardín, todo, todo lo hice, lo hice como si fuera mi propia casa en la certeza que alguna vez lo sería, pensar en ello era un alivio y un estímulo cuando me aplicaba a esos menesteres, estaba segura, aún ahora lo estoy, ahora, aquí mismo, sentada en la escalera de madera del sótano aguardando a don Federico, estoy convencida que ese día llegará.

Josefina pasó los primeros años de su matrimonio en la cama, entre embarazos, partos y puerperios. Antes del año de casada nació Marta, y luego Jorge, apenas diez meses después. Estaba extenuada, no tenía fuerzas, eso decía, pero, más bien, creo que no tenía ningún interés; no quería ocuparse de sus hijos, ni de su casa, ni de su marido. Tuve que deslomarme para mantener aquel hogar en pie, mi prima deseaba divertirse y desentenderse de las responsabilidades domésticas, en fin, solo pensaba en vivir su extrema e imperativa juventud.

— Zoraida, ¿qué hago? no sé qué me pasa con Ernesto.

—¿Con Ernesto? 

— Sí, con Ernesto, me encuentro más a gusto con él que con Federico. ¿No será amor? Estoy confundida - las palabras se atropellaban en su boca.

— Cómo puedo saberlo, nunca estuve enamorada - contesté al descuido.

—¿Y si estuvieras, como actuarías? - insistió ansiosa.

— Me entregaría totalmente, sin dudar, no puedo saber si el amor volverá una segunda vez. Si lo dejo pasar es posible que lo lamente después y muera arrepentida con el corazón seco ardiendo en soledad.

—¡Zoraida, que horrible! ¿Puede pasarme a mí?

— Puede pasarle a cualquiera.

—¿Actuarías igual si estuvieras casada? - preguntó con honesta curiosidad.

— Sí, claro que sí. El amor no entra a considerar la ley ni la religión. 

No hablamos más del tema, supongo, por pudor. Para entonces los amoríos de Josefina y Ernesto habían pasado los límites de la prudencia. Aprovechando las frecuentes ausencias de don Federico se encontraban a escondidas en el sótano. Tuve que actuar, no podía permitir enseñorearse la promiscuidad en la casa, si callaba sería su cómplice, permitiría se lesione la honra de don Federico y la de todos los que vivíamos en ella. Una noche, después de dormir a los niños, fui hasta el escritorio donde se encontraba trabajando con sus cuentas. Hice un relato minucioso de la traición, no pude contener las lágrimas, sentía un profundo dolor. Pensaba: tan diferente sería si se hubiera casado conmigo y lloraba por los dos. El silencio y el rostro desfigurado de don Federico me causó pavor, su mirada parecía querer destrozarme, me miraba como si fuera yo la culpable de la infidelidad de su esposa. Sólo preguntó cuándo ocurriría el próximo encuentro. Me comprometí averiguar. En la fecha prevista anunció que viajaría y tardaría unos días en volver. Me pidió que llevara a los niños a la casa de sus abuelos, quienes los habían invitado a dar un paseo a una granja cercana. Aquel día, los amantes se entregaron confiados a su pasión sobre los fardos de maíz. Don Federico volvió, a escondidas, a la hora convenida del encuentro de los infieles. Desde la ventana, había visto su sombra deslizarse hacia el fondo de la casa, era de noche y no podía distinguir con certeza de quien se trataba, pero no podía ser otro, era él. Estoy segura de que los mató a ambos sin escándalo. Y quedaron los cuerpos desnudos cruzados en sangre, sin un solo gemido, partidos por la sorpresa. Esa noche pasé sola en el caserón sin más compañía que el espanto. Por don Federico estaba dispuesta a cualquier cosa. Josefina se merecía ese fin, se había comportado como una vulgar ramera. El castigo era justo, es la consecuencia por ocupar un lugar que no le correspondía. Al día siguiente subió los fardos de granos a la cocina y clausuró el sótano con los adúlteros dentro. Reemplazó la puerta de madera por ladrillos y cemento, disimuló la mampostería colocando encima un pesado mueble de la despensa. 

Hoy el sótano luce limpio y ordenado, de nuevo habilitado, con un resto de mercancía dentro.  Don Federico ya dejó el negocio de los granos, hizo buen dinero a lo largo de los años y las ganancias obtenidas las invierte en otros negocios más lucrativos y que no exigen tanto trabajo. ¿Cuánto tiempo más debo esperar?

La ciudad entera se alborotó por la desaparición de Ernesto, un revuelo general. Los optimistas consolaban a sus padres argumentando que se había ido de parranda, en unos días aparecería con cualquier excusa, es cosa de jóvenes, muy común. Don Federico, a su vez, comunicó a sus suegros la también inexplicable desaparición de Josefina durante su ausencia. Estaba azorado, no podía comprender a donde fue sin dejar recado a nadie. Unir las desapariciones en una fuga amorosa fue la conclusión obligada. Mi tío no pudo resistir la vergüenza; murió unos meses después de una complicación cardiaca y mi tía desde entonces sufre severas depresiones. Con relación al sótano, a nadie sorprendió su clausura. Un tiempo antes de lo ocurrido, los niños, jugando a las escondidas, quedaron encerrados sin poder salir. Cuando nos percatamos de su prolongada ausencia se los buscó en el patio, en casa de los vecinos y por los alrededores, y esa fue la razón por la que no escuchamos sus gritos. Cuando finalmente dimos con ellos estaban muy afectados; Marta con una crisis respiratoria y Jorge con vómitos. 

Don Federico había decidido clausurar el sótano por el peligro que representaba para sus hijos, y si no lo había hecho hasta entonces fue porque Josefina defendía su nido de amor alegando que se debía vigilar más a los niños de los peligros en general. Es decir, yo debería prestar más atención al cuidarlos. Ella no se hacía responsable de lo ocurrido, sólo pensaba en sus encuentros lascivos y en dar rienda suelta a sus instintos animales. Desde la supuesta fuga amorosa de Josefina asumí por completo la responsabilidad de la crianza de Marta y Jorge. Por piedad, por compasión a aquellos inocentes, decidí explicar la ausencia de su madre con la historia de un accidente, primero les dije que estaba hospitalizada, muy grave, y luego que murió. No podía sostener la mentira de la enfermedad por siempre. Eran pequeños, se fueron acostumbrando a la idea sin comprender el significado de la muerte. Don Federico vivía encerrado en su escritorio, hosco, casi no hablaba, aunque con los niños volcaba toda su ternura nunca lo hacía en mi presencia. Ansiaba tanto ese afecto desconocido que me negaba con tanta mezquindad. Así vivimos muchos años, los niños crecían sanos y salvos bajo mi responsabilidad. En tanto yo me marchitaba ahogada en el deseo y el resentimiento, doblada cada noche sobre la cena servida a don Federico en el mantel de nuestros turbios secretos.

— Prepare las maletas de los niños, se irán a capital a vivir con su tía Griselda.

—¿Y yo?

— Y usted, ¿qué?

— Yo los he criado, no puede apartarme de ellos.

— Se irán a estudiar. El futuro de mis hijos lo decido yo como lo crea conveniente.

Nos quedamos solos, pensé; es el momento de definir mi situación en la casa. No era una sirvienta ni una recogida. Era una pariente que tenía su propia familia, una pariente a la que explotaron y estafaron utilizando el afecto que les profesaba, por cariño a mi tía, por amor a los niños, siempre postergada a un costado de la vida. No era una palangana, una maceta o un caracol para arrumarme en un rincón cuando no les servía. Debía encontrar el modo de hacer comprender a don Federico su compromiso hacia mi persona, no podía vivir en esa situación ambigua, casi irrespetuosa para una mujer decente. Los años compartidos suponen afecto acostumbrado, una forma tácita de amor. De no ser así, ¿por qué no se volvió a casar? ¿Por qué no reencausó su existencia al lado de otra mujer? Prefirió seguir con nuestra convivencia aun después de marcharse los niños.

— Quiero que me diga cuál es mi lugar en esta casa.

— Si usted no lo sabe después de tantos años, ¿por qué supone que yo debo saberlo? —  me contestó después de un largo silencio, cuando ya me retiraba.

— Si usted quiere me voy de su casa.

— Haga lo que crea mejor para usted.

Pero me quedé porque tenía que tomar lo que era mío, debía desposarme con don Federico y no cesaría en el intento. Mis insinuaciones y planteamientos, más o menos directos o indirectos, se estrellaban contra su perseverante silencio, hasta llegué a pensar que se estaba quedando sordo. Entre aquellas paredes donde transcurrían las horas de nuestras vidas nada tenía importancia verdadera, sólo mi determinación. Debía cobrar la inversión de mis días de juventud, mis ansias enrolladas a sábanas de sal, mi piel envejecida en el sostenimiento de su casa, mis suspiros ahogados bajo el silencio del alero nocturno. El tiempo terminó por situarnos uno frente al otro, solos, sin testigos ni premuras. He esperado demasiado para dejar de esperar. El momento llegaría, lo sentía en el aire que rozaba nuestra piel. No hemos transitado tantos años sobre los cuerpos yertos de los infieles bajo las baldosas de la casa sólo para despedirnos.

— Escuché decir a su socio que tenía la intención de volver a su patria. ¿Y sus hijos? 

— Se irán conmigo. 

—¿Y yo? 

—¿Usted, que? — no insistí, pero no desistí. La conversación terminó en su invariable silencio.

No puedo precisar en qué momento volvió a habilitar el sótano. Fue atroz comprobarlo, atroz. La puerta de madera estaba de nuevo en su antiguo sitio. No puedo explicarme como ocurrió, en qué momento lo hizo si mi atención se concentraba en su persona día y noche. Cómo pudo realizar semejante trabajo sin que me percatara. Guardó dentro con la más absoluta naturalidad los últimos fardos de granos que habían restado de la última entrega. La duda me estaba enloqueciendo, di vueltas y vueltas antes de bajar, tenía que hacerlo, aunque el horror me quitara el aliento. ¿Qué se hicieron de los despojos? ¿Dónde se hallaban? El sótano estaba vacío, limpio y despejado, apenas unos sacos de maíz con gorgojos y olor a humedad.

Un inmenso cansancio dobló mis rodillas, y estoy aquí, sentada en el último peldaño. Perdida en el transcurrir del tiempo que espero a don Federico, con la boca reseca, la vista nublada y el estómago retorcido en mil nudos. En algún momento... don Federico cerró la pequeña puerta de madera sabiendo que estaba dentro. Apenas un instante, lo suficiente para que se cruzarán nuestras miradas; la suya, con un fulgor de hielo de vacía transparencia, la mía, con la sal de una súplica inútil. Creo que alcancé a abrir la boca... no dije nada, me impidieron los golpes del martillo sobre los clavos, los clavos en la madera, el pesado mueble de la despensa sobre la pequeña puerta del sótano.

No sé cuánto tiempo pasó. Pero vendrá por mí, no puede demorarse. Es sólo cuestión de paciencia. ¿Mañana?... ¿o será hoy?... viaja de regreso a su patria. No puede irse sin mí, tiene la obligación de llevarme, comenzaremos juntos una verdadera vida lejos de esta ciudad provinciana de mala muerte.

 

Nota de edición: El volumen de cuentos "Esquinas negras" de Gloria Muñoz Yegros, será presentado el próximo viernes 29 de agosto.