El lector moreliano

El lector moreliano

Frente al libro clásico, es decir, el libro fundamental u obligatorio, aparece el reflejo del libro monstruo, el libro olvidado o eludido. En esta sombra de la biblioteca suele escudriñar cierto tipo de lector, que renuncia a buscar donde todos están buscando, entre las páginas luminosas de un libro hasta el hartazgo revisado y validado y, en cambio, prefiere hurgar en párrafos menos previstos. Este es el sistema de Morelli, visitado por Cortázar en Rayuela y por Conan Doyle en la serie de Sherlock Holmes. En lugar de enfocarse en la sonrisa de La Gioconda, que es donde se fija el ojo fiel a los caminos de la crítica establecida, la mirada sospechosa se esfuma entre los montes azules del trasfondo, en ese paisaje abstracto que promete hallazgos, emociones, pistas menos evidentes.

Cortázar se aventura por esta vía en un libro-juego, en una novela que renuncia a las pretensiones históricas y más “serias” del género para dedicarse a la diversión, a una convención como la del juego de la rayuela o descansito, como decimos aquí, según la cual los niños fluctúan en una sola pata entre el cielo y la tierra. En este marco, la segunda mitad del texto se plantea como “capítulos prescindibles”. Entonces, el lector que sigue el camino de lo esencial ha recibido la licencia del olvido, y puede abocarse exclusivamente a la primera parte, relativa a la historia, a la diégesis, al argumento, a la lectura trágica, en fin. Pero el lector moreliano o ginsburgeano, sobre todo, se interesará en lo prescindible, en aquello que es susceptible de ser omitido o proscrito, en el detalle del cuadro que parece ser olvidable, según indican los caminos trillados por las lecturas institucionales.

Todo paraguayo debe leer Yo el supremo, o al menos citarlo como un talismán ineludible en el templo de la literatura paraguaya. Esa predisposición, personalmente, me invita a huir de acercamientos más íntimos. Me cuesta confabular con relatos que, a pesar de las intenciones de sus autores, adquirieron el carácter de monumentos. Bajo la sombra de las lecturas obligadas, de los clásicos, otros brotes más frágiles disputan secretamente un asomo a la luz de la memoria. Pienso, por ejemplo, en la reaparición de Ñande Ypy Kuéra, de Narciso Colmán, un libro que no ha perdurado como tal, pero cuyas fábulas han penetrado en la memoria popular anónima, infiltrándose en el campo de la mitología, de la leyenda. Por más que un escaso público erudito haya podido acceder a los pocos y viejos ejemplares de esta obra, sus imaginaciones resuenan en los alambrados, en el silbido de los pájaros, en los miedos colectivos que transitan la selva impenetrable. El pacto de ficción se ha desbordado, dando lugar a un extraño fenómeno: un libro que es menos conocido que sus historias.

Luego, uno piensa en este mismo fenómeno cada vez que decide publicar. En la desmedida tarea de construir y sostener un sistema literario para luego destinarlo al mínimo espacio donde unos pocos lectores mastican el bocado efímero del “libro nuevo”. Es un trabajo con modestísimos réditos materiales, cuya mayor ganancia es una palmada, un apretón de manos, una esporádica mención en una revista igualmente incógnita. Sin embargo, a uno le parece haber donado un órgano, un riñón, un ojo, una pierna, a uno le parece haber participado de un desmembramiento mágico y espera que sus partes se esparzan para que germine la emoción, la conspiración, el juego.

Desde luego, la primera motivación no es esa, uno escribe sobre todo por la importancia que tiene el proceso en sí mismo, porque allí uno da con pensamientos, con construcciones estéticas, revelaciones, reflexiones, etcétera. Uno articula en la metáfora aquello que jamás hubiese podido pensar desde la lógica habitual y, mientras eso esté ahí, tendrá sentido seguir escribiendo. Pero cuando uno decide que además es pertinente publicar, al menos desde mi experiencia, es porque reconoce que la obra se enriquece con los distintos puntos de vista, que las pistas o indicios del texto se tornan disponibles y fértiles para la pluralidad. En cierta medida, recién allí se realiza como obra artística, en tanto que sus contenidos pueden ser actualizados histórica e inagotablemente por las posibles lecturas.

Refiero una anécdota reciente. Tuve la oportunidad de editar la plaquette de un poeta y amigo. En una conversación telefónica le pregunto qué tal le había ido con el libro, a lo que él me responde: “El poeta es un arqueólogo del futuro”. Entonces imaginé a la gente del futuro estudiando nuestros libros como objetos arqueológicos, como testimonios de un cierto tiempo pasado. ¿Escribimos hoy para lectores inimaginables? ¿Es el lector ideal de mis cuentos un sujeto telepático, cyborg, ignorante de la realidad del papel y del libro? Como sea, el caso es que el lector contemporáneo, si en algún lugar existe, nos ignora porque nuestros signos están destinados a ser la voz de mañana. Por un lado, me suena como un consuelo de tonto, pero, por otro lado, me hace pensar en la idea del libro monstruo, en el libro sombra que no tiene la intención ni la paciencia para adecuarse a las preferencias de su tiempo. Deliberadamente oscuro, escurridizo, por encima de los entendibles temores que plantea el ser esquivado, ignorado, dejado en la banca. La complacencia es amiga de la fórmula, de los modelos de conflicto, de ciertos usos establecidos del idioma y de la imaginación, mientras que la displicencia permite un terreno de libertad, permite derribar los supuestos de cómo debe escribirse para hallarse de nuevo el punto de partida, es decir, en la necesidad de reinventar el juego de la palabra y la imaginación.

La inclinación por el libro olvidado, por el autor menor, tiene una razón que podría llamarse estratégica. La memoria es también aquello que decidimos, por la razón que fuera, olvidar. La literatura universal y sus clásicos es un programa de selección de lecturas que en su conjunto conforman cierta idea de la literatura, de la estética, de la cultura. Ese programa se construye sobre la base de un mar de lecturas prescindibles, irrelevantes, donde el lector moreliano, aficionado a los indicios, a lo menos perceptible, puede abrevar nuevas formas y discutir el territorio de lo obligado, de lo fundamental, de lo clásico.

* Christian Kent (Asunción, 1983). Cursó la carrera de Literatura y Lengua Hispánicas en la Universidad de Chile. Ha publicado numerosos poemarios y libros de cuentos.