"Cajones ajenos", ensayo de Christian Kent
Según opina Novalis, "las cartas son los monumentos más importantes que el hombre puede dejar tras de sí". Si pensamos de manera menos exagerada, más sensible e íntima, como es natural en el lenguaje de las cartas, diríamos que son el testimonio más directo de la emoción humana.
En las cartas manuscritas hay un sentido de preciosidad o, si se quiere, un placer de la letra, un regodeo en la forma. Además, está el agregado de la caligrafía, que es una marca personalísima, irrepetible. Como la voz, la mano tiene su timbre.
Anduve leyendo cartas. El Epistolario íntimo de Vallejo (Alquimia ediciones, 2016), por poner un ejemplo.
Claro, sigue siendo Vallejo, uno lo descubre en la elección de ciertas palabras, y también en sus pensamientos, tan profundos como sencillos, tan criollos como universales, que concurren en una sintaxis frágil, contradictoria, que cada tanto parece romperse como la cola de una lagartija, para volver a crecer íntegra, fortalecida. Además de todo esto, hay otra cosa que falta en sus poemas y se encuentra en sus cartas, que es esa voz que no tiene por qué ni para qué mostrarse literaria. Su voz está descansando, está hablando con amigos, con colegas y, al hacerlo, se desviste de los trajes de escritura.
Me parece innecesaria la dicotomía entre poeta y persona. En el mejor de los casos uno es siempre poeta. Personalmente, no encuentro inteligente esa manía de separar, de dividir; una persona dividida es como una vasija rota. Yo veo en las cartas al poeta, pero con pretensiones distintas: escribiendo cuando no escribe, pensando cuando no piensa. Lo que no quiere decir que esas cartas no puedan considerarse como obras literarias o, incluso, si caemos en la trampa del género, decir que todas las cartas pueden serlo, pueden ser leídas como piezas literarias. De ser así, tal vez me gustarían menos, porque, en efecto, son menos alusivas que expresivas: Vallejo dice que sufre, que está solo, que está enfermo, que está contento, que ha escrito o no, escribe sobre cuestiones financieras y sobre temas de trabajo.
Claro que uno no confiesa en la carta ante un público, sino ante otra persona particular, ante el destinatario, quienquiera que sea. Puede que sea reprobable la confesión en la poesía, pero en las cartas es algo esencial; existe para que encontremos un espacio de cercanía con el que no está.
Lo reprobable, entonces, si es que hay algo que reprobar, es que acabemos leyendo estos papeles privados, que nunca pretendieron ser leídos por el grueso, pero sí solamente, en el caso de las cartas de Vallejo, por Gerardo Diego, por Juan Larrea o por Pablo Avril de Vivero. Pienso en ello mientras leo: ¿no somos acaso profanadores, espías morbosos de los cajones ajenos? Lo peor es que no me siento del todo mal, hay cierta satisfacción en esas modestas perversidades. Y el efecto es que quiero seguir leyendo. En la poesía, el lector es un tirano exigente que espera siempre instantes reveladores, pero en las cartas el placer proviene de lo más nimio. Por ejemplo: "No tengo cigarrillos. Voy a fumar un pucho reincidente" (carta de Vallejo a Óscar Imaña. Lima, 2 de agosto de 1918). O este otro, en la misma carta: "Estoy constipado, y a veces mis narices se ven en apuros sonoros y angustiosos". Y luego darse cuenta de que la palabra cotidiana de Vallejo, como algunos de sus poemas, está atestada de esos diminutivos que son tan peruanos: "Una estrofita decía...", "¿Sabrás como estoy en este momentito?...", "Así le he dicho a Nestítor te diga...". Sobre la guerra civil española, dice, así, a la pasada, en una carta a Larrea: "Habrá que esperar que el drama de la pólvora termine".
También llegó a mis manos otro libro de cartas: las de Saxe Commins, editor de la prestigiosa Random House durante la edad dorada de la novela estadounidense. Se carteaba con sus autores, que eran Eugene O'Neil (a quien llama Gene), Faulkner, Sinclair Lewis y algunos otros. El señor Commins hizo siempre lo que estuvo en sus manos por parecer invisible. Al principio de su carrera quiso ser escritor, pero se dio cuenta de que no podía hacerlo por sí solo, de que su talento era el de crear autores; es decir, escribir tras la figura de otro, tras el nombre de otro, desde la realidad del fantasma (ghostwriter). Su esposa, Dorothy Commins, no podemos juzgarla, creyó necesario publicar sus cartas y la personalidad del editor quedó descubierta.
En una entrevista, un periodista le preguntó a Commins cómo definiría su labor, a lo que respondió: "Hago limpieza y reparaciones". Ese era él, un hombre de trabajo, con pocas o ninguna excentricidad, que reconoció y pulió el talento de varios escritores de genio y nunca tuvo la urgencia de la notoriedad, aunque la misma haya tocado inesperadamente su puerta.
Tal vez eso sea lo único interesante de ese conjunto de cartas, la realidad de un notable hombre de letras que prefirió borrar su nombre de la literatura.
Hace no mucho vi una película llamada La Librería, uno de los personajes, un solitario lector, antes de empezar a leer arrancaba de los libros el retrato de los autores para alimentar el fuego de la chimenea. Yo estoy de acuerdo: se puede prescindir de los nombres y las biografías.
Lo detestable en el epistolario de Commins: la fantasía alimentada de que los escritores tienen vidas extraordinarias. O peor, la peligrosa mentira de que "hay que vivir mal para escribir bien".
* Christian Kent (Asunción, 1983) es autor de cuentos, fábulas, poemas y canciones. Algunas de sus publicaciones son Lieutenant (La Calle Passy Ediciones, Chile, 2011); Cuatro Cuentos (Okára Japu, Paraguay, 2014); El rey del planeta rojo (Arandurã, Paraguay, 2015); Fábulas (Libros del perro negro, Chile, 2016); Apócriphos (Arandurã, Paraguay, 2017); Ave Lira (Medusa, México, 2021); Perla del Norte (Rosalba, Paraguay, 2024). En 2020 publicó su primer álbum como cantautor bajo el título de Perros en el Cielo. Trabaja como editor independiente y colabora con diferentes publicaciones especializadas en literatura.