A Ignacio Telesca
El teniente observó por última vez el templo que multiplicaba su majestad bajo las luces agonizantes del crepúsculo. Era un hombre de tez blanca y hermosa presencia; su estatura de un metro y setenta y ocho centímetros lo hacían destacarse a primera vista. Con sus veintisiete años de edad, el físico de complexión robusta y fuerte, bien proporcionado sin ser grueso, daba muestra acabada de una exuberancia de salud y energía. Soldado de raza como era, desde pequeño soñó con engrandecerse en la carrera de las armas y el ejercicio del mando, por lo que se había incorporado a la milicia a los diecinueve años. Vigorosa y lozana, su fisonomía estaba iluminada por dos ojos negros, profundos, que cuando la ocasión lo ameritaba, podían contagiarse de dureza y rasgarse de relámpagos.
Luego de que los penetrantes ojos dieran una mirada postrera al mayestático templo, el teniente montó a lomos de su alazán, compañero fiel, y picó espuelas con dirección al cuartel de Paso de Patria.

* * *
Estábamos a 430 kilómetros al sur de Asunción, en Humaitá, en los primeros días de 1861. Erizado de bocas de fuego, el recinto que se erguía en una pronunciada curva del río Paraguay revelaba la noble perseverancia de un gobierno previsor, que había logrado colocar a la entrada de su territorio una imponente vanguardia, la cual había cooperado con eficacia en la firma de tratados con las naciones, neutralizando la siempre despierta codicia de los enemigos. La elección del sitio de construcción de la iglesia no había sido azarosa, se la había edificado allí porque era lo primero que al ingresar al Paraguay veían los extranjeros: se constituía así en un símbolo del país en proceso de modernización.
Todos hablaban del cercano evento de consagración de la iglesia de Humaitá, llamada oficialmente San Carlos Borromeo, nombrada así en honor al santo patrono del presidente don Carlos Antonio López, cuya vida declinaba -fallecería al año siguiente-, muy al contrario de las obras de su gobierno, que se encontraban en pleno apogeo. Construido por el coronel e ingeniero húngaro Franz Wisner von Morgenstern, la iglesia -de tendencias arquitectónicas europeizantes- era una de las más grandes y bellas de Sudamérica.
Al evento de consagración del templo asistieron, además del presidente y su familia, todos los ministros, los dignatarios civiles y militares y varios de los técnicos extranjeros contratados por el gobierno. Entre los invitados especiales estuvo el gobernador de la provincia de Corrientes acompañado de una abigarrada comitiva. Ya desde días antes, los vapores Tacuari, Mbotetey, Río Blanco, Paraná, Olimpo y Jejui habían arado las aguas del río en cumplimiento de su misión de acarrear gente, principalmente desde Asunción y de Villa del Pilar.
El teniente había participado del acto. Conocedor del matrimonio existente entre Iglesia y Estado, no le era dado faltar. La religión era un importante recurso para solidificar el sentimiento de nacionalidad y de pertenencia a la joven República que consiguiera su independencia apenas medio siglo atrás. El teniente, en sus encendidas arengas a los soldados bajo su mando, solía decir «ohayhúva hetã, omanóva hese, oho derechoite yvágape, ha katu otraicionáva oho okái Aña retãme» [1].
El teniente había llegado temprano en la mañana y cuando el vapor de guerra que lo traía estuvo a una corta distancia de la costa, había quedado picada su curiosidad al contemplar las puntas de las altas torres de la nueva iglesia de Humaitá: dos campanarios y una cúpula central. Después, una vez en tierra, pudo ver que el templo estaba cimentado sobre una magnífica explanada, cerca de la ribera. Al pararse ante la fachada de la flamante construcción, notó que el edificio poseía numerosas entradas que daban acceso a un corredor; sobre los arcos de las primeras puertas se veía una figura triangular en relieve, cuyas puntas tocaban los extremos laterales del templo. Elevando más la mirada visualizó el redondo escudo de la patria cerca del vértice principal y contempló una vez más -ahora desde mucho más cerca- las tres elegantes torres que coronaban la fábrica, en cuyo centro destacaba un reloj. Sin poder resistirlo más, ingresó al templo y vio que las tres naves estaban divididas por columnas, al pie de cada una de las cuales, mirando al centro podía verse una escultura de madera, de tamaño natural, perfectamente modelada. También observó que además del altar mayor con la efigie sagrada de San Carlos Borromeo, se levantaban cuatro retablos. Eran imponentes las columnas interiores de base hexagonal sobre las que se apoyaban las cabriadas de recio urunde'y, los tirantes y las vigas. El techo era de teja sobre tacuara.
La anunciada consagración del templo estuvo a cargo del anciano obispo Urbieta, quien sucediera en el cargo al obispo Basilio López, hermano del presidente. Con esa su voz grave que tan útil le hubiera sido en filas militares, el presbítero Daniel Sosa hizo la prédica del sermón en guaraní. Desde su lugar en el banco, el teniente pudo ver al brigadier general Francisco Solano López con su Estado Mayor, muy cerca de los jefes y oficiales de las tropas del campamento. Al voltear pudo también identificar a la señora Lynch con sus pequeños hijos y, en otro sector, a doña Prudencia Barrios sentada al lado de Pancha Garmendia. Concluida la ceremonia, Humaitá se convirtió en una fiesta. Los batallones de infantería ejecutaron ejercicios variados, mientras el reflejo de los fuegos artificiales rayaba las aguas del río Paraguay. Numerosas comparsas de máscaras recorrieron el campamento a la par de las bandas militares que entonaban diferentes aires. Un señorial arco del triunfo había sido erigido para que tuviera lugar el entretenido juego de la sortija.
Todo esto lo presenció el teniente. A ello había ido. Rio mucho cuando los soldados infructuosamente intentaron escalar el yvyra s?i [2] que en su extremo no enterrado sostenía el anhelado premio: una fina canasta de totora que contenía dinero, botellas de caña y un espejo con marco de oro traído por el hijo del presidente en su histórico viaje a Europa en calidad de ministro plenipotenciario. Aunque caían a tierra, uno tras otro, civiles y soldados, eran pocos los que no volvían a intentar la conquista de la cima. Todos se sorprendieron al ver a un viejito descalzo, de duras facciones, que se acercó al palo encebado decidido a intentar el ascenso. No escasearon allí las risas ni las burlas, nadie hubiera apostado por él ni una moneda cobre'i [3]. El anciano sacó de su bolsillo una botella verde que contenía una suerte de ungüento y se colocó una pátina sobre las plantas de los pies y también en las manos. Aspiró después hondamente la fragancia que emanaba del recipiente de vidrio.
-Ko'aga che ha [4], general -dijo el viejito mirando directamente a los ojos al teniente, que se había acercado mucho al obelisco de madera.
-Reñeascendete veráma nde, ta'ýra [5] -le dijo Hilario Marcó, que era su jefe directo, y todos rieron.
El viejito inclinó la cabeza ante el teniente y luego, de un salto, se encaramó al tronco y empezó a treparlo con absoluta seguridad y dominio. Enseguida llegó a la cima, tomó la canasta y descendió en menor tiempo del que había empleado para subir. Al estupor inicial por lo contemplado, siguió una catarata de aplausos de parte de los testigos. El anciano solo sonrió, luego de colocar la canasta sobre su cabeza, como un sombrero estrafalario de modas futuras.
Los bailes no cesaron: galopas, cielo, montonero, cielito, golondrina, palomita. En un trance de la fiesta, al teniente le tocó bailar con la hermosa Pancha Garmendia. Demostró sus grandes dotes de bailarín, lo que sorprendió a sus camaradas, porque ese hombre bravo de un arrojo infinito parecía tener todos los dones. Las hermosas mujeres kygua vera -larga cabellera abultada en rodetes trenzados en la que sobresalía la brillante peineta-, que rivalizaban en porte, presencia y gracia de movimientos, formaban fila para danzar con él. Fue un día repleto de felicidad.
Percatándose de que expiraba ya la tarde, el teniente se alejó un poco del epicentro de la alegría y fue hacia donde estaban reunidos, en bulliciosa ronda, unos oficiales y soldados. Comentó en el grupo que debía ir al cuartel de Paso de Patria, distante unos veinte kilómetros de Humaitá. Un soldado de rostro lampiño y mirada hirsuta advirtió que el camino era solitario, y que la poca iluminación lo convertía en un peligro para las patas de los caballos.
-Es cierto. Vaya al amanecer, teniente. Pase la noche aquí, ya vimos que no le faltará compañía -le dijo el oficial que fumaba un ostentoso cigarro.
En los rostros se pintó un rictus pícaro, borbotaron algunas risas y el teniente clavó la vista en una de las valquirias guaraníes en cuya áurea peineta reverberaban las incrustaciones de crisolita: era la que se movía con mayor deleite en ese baile que no mostraba amagos de finalizar y alguien con quien no había tenido la oportunidad de danzar.
-Hi ári hembypa la póra ko'ã jerére, che ruvicha [6] -afirmó un soldado joven, luego de santiguarse y el teniente volvió de su breve ensoñación.
-Ndaipóri ningo ivíspera-pe omanóva, lomitã. Ha che abogado kuéra ivale rasapa hína [7] -replicó decidido, tocándose el cuchillo que llevaba en la cintura primero y después el crucifijo que refulgía en su pecho.
Su saludo de despedida militar fue contestado por todos. Caminó hasta el lugar en el que había dejado su montado y cuando pasaba frente a la iglesia descabalgó. Observó una vez más, desde cierta distancia, la maravilla arquitectónica que se erguía a orillas del río Paraguay. Y luego de que sus ojos penetrantes dieron esa mirada postrera al mayestático templo, subió nuevamente al lomo de su alazán katupyry y picó espuelas con dirección al cuartel de Paso de Patria.
El camino estaba ciertamente despoblado. La luna en cuarto menguante semejaba un kygua vera que, aunque resplandecía con luz ajena, dominaba el cielo nocturno agujereado en todas partes por ininventariables luciérnagas. Los sonidos de insectos y el canto de aves ocultas entre la vegetación configuraban una polifonía de dudosa calidad. A causa de lo mucho que había bebido en la fiesta posterior a la misa, el teniente sintió ganas de despejar la vejiga. Anudó el caballo a un tronco caído e inició el proceso liberador. Cuando vio que su montado mordía algunas hierbas ávidas, cayó en la cuenta de que había olvidado por entero darle de comer y de beber. Ya varias horas llevaba la pobre bestia -a la que había dejado atada detrás del templo- con el estómago vacío. En solidaridad y consonancia, las tripas del teniente también se manifestaron: por haberse marchado más temprano no había alcanzado la hora de la cena.
Montó nuevamente, con la idea de llegar cuanto antes a Paso de Patria para alimentar a su caballo. No había transitado ni media legua cuando a un costado del camino vio una casita hecha de tacuarillas con barro y techo de paja. La vivienda, ubicada a pocos metros de una planta sobrecargada de frutos, consistía en una sola pieza y a su lado se levantaba un techo. Comprendió que el lugar estaba habitado, pues frente a la casa, colocada sobre varios leños en combustión, una gran olla exhalaba un concierto exquisito y apetecible. A pocos pasos de ella, un banquito de madera y una botella verde ya vacía cuidaban el menú. El teniente pudo ver a través de la ventana la inconfundible luz de una lámpara mbopi que se columpiaba perezosa a los antojos del viento.
Golpeó las manos para llamar la atención de algún habitante. Como nadie respondía, caminó hacia la casa. Cerca de la puerta de entrada vio un cántaro que reposaba sobre una gruesa horqueta de tajy clavada en el suelo de tierra, un typycha ñana [8] de alborotada cabellera colocado en posición de reposo y el sobrado que levitaba cerca del techo. Sobre una mesita de madera observó atados de diferentes hierbas. Vio el cedrón kapi'i y la yerba de lucero que son bálsamos para el estómago, el kok? amoroso para con el hígado y el ka'ar? antiparasitario. En una esquina resaltaba de verde la geométrica belleza de unas hélices de amba'y como las que su madre solía hervir para que él inhalara el vapor curativo. «Ajépa ipy'a guasu pe prójimo tenondete ho'uva'ekue pete? ñana omonguera hag?ua hete» [9], reflexionó el teniente. Al lado de las hojas del larguirucho aunque elegante amba'y se extendían las de una hierba mágica cuyo nombre no recordaba, pero que su abuela le había dicho que había sido usada frecuentemente por el cacique Avaporú para volverse invisible y hacer sus travesuras con total impunidad. En una esquina reconoció la hierba que una vez usaron en la casa para recomponer al perro de los zarpazos y dentelladas que había sufrido por parte de un jaguarete.
Si bien pudo nombrar algunos, la mayoría de los yuyos le resultaron desconocidos. Lo que más capturó su atención fue, sin embargo, la hilera de botellas sin etiqueta, la mayoría de ellas cargadas con líquidos de diferentes colores, algunas contenían lo que parecía ser sangre coagulada y unas pocas contenían tierra. Entre los frascos también vio rosas blancas, negras y cintas de diferentes colores. Identificó plumas de kavure'i en una de las bolsitas. Todo le pareció muy extraño.

-Buenas noches -dijo el teniente, aplaudiendo con mayor vigor.
El anciano de rostro aindiado que salió de la pieza no parecía en absoluto sorprendido de la visita tardía.
-Are'íma roha'arõ [10], general -saludó el dueño de casa.
Comprendió el teniente que estaba siendo confundido con alguien más, con un oficial mucho más adelantado en la jerarquía militar. Apenas se hubo aproximado unos pasos, reconoció en el dueño de casa al anciano que había conseguido bajar la canasta de premios del yvyra s?i.
-Mombyry gueteri chehegui umíva, karai [11].
El hombre de piel curtida por los años se arrugó en una sonrisa y avanzó otro paso hacia él. Dio la impresión de que se disponía a revelarle algo, pero luego puso la boca como cloaca de gallina y se la cubrió con la mano. Fue finalmente el visitante quien habló.
-Chéko teniente, batallón de policía-gua. Aikotev? oñemongaru ha oñemboy'umi che kavaju. Apagáta ndéve, che ru [12].
-Eguapy katu, ñasena potáma. Eñangarekomi hese, ajútama [13].
Dicho esto, el anciano tomó el caballo y lo condujo detrás de la casa. Al destapar la olla, el teniente pudo ver que en el interior se movía por la fuerza fragante del agua en ebullición, entre deliciosas burbujas, un ipokue kumanda. Por efecto de la cocción emergían súbitamente las islas volcánicas del queso junto con las enloquecidas semillas del poroto, para volver después a sumergirse como esperanza de náufrago. El lugar se convirtió en una fiesta para el olfato. Iba a declinar la invitación, excusándose en su prisa por llegar a Paso de Patria, pero es consabido que un paraguayo no puede negarse a consumir un hospitalario plato de porotos con pata. Observó una vez más a la distancia las botellas de líquidos extraños y recordó el ungüento empleado por ese anciano para conquistar la cima del palo encebado.
Tomó asiento en el banquito. Con la presencia súbita del viento norte, notó que en un costado había largas tiras de so'o piru [14] que caracoleaban sus cuerpos casi bidimensionales colgadas de un alambre que no se encontraba muy alejado de un rudimentario trapiche al que flanqueaban apiladas las líneas dudosamente rectas de la caña dulce. Reconoció también el inconfundible olor de la naranja pire, elemento fundamental para el cocido quemado. Hacia el otro costado se alzaba el pozo de adobe, con balde de madera y roldana. Más al fondo, ya apenas perceptible, una inveterada letrina. Viendo que la comida estaba lista, el teniente la sacó del fuego y colocó la olla a un lado. Volvió a pensar en rechazar la invitación, pues le pareció una comida muy pesada ya para la cena, pero al oír el rugido de sus tripas lo reconsideró rápidamente.
-Kóa okarúma. Ko'ag?a ñande ha. Oiméneko nde vare'áma reína [15] -dijo el viejo regresando con el caballo ahíto.
Pasó muy cerca de la olla, dio un puntapié a la botella vacía y después amarró el animal a un banco de madera. Acercándose afectuoso, el teniente acarició la frente de su montado. Dio luego la vuelta y no pudiendo ya dominar la curiosidad apuntó hacia las botellas que rielaban bajo el techo de paja.
-Mba'e piko umi mba'eita reguerekóva pépe, che ru [16].
-Che nio curandero, médico ñana mbarete [17] -le respondió el viejito.
Otra fue la denominación que se le ocurrió al teniente, pero no dijo nada en ese momento. Solo asintió con un ligero movimiento de cabeza, aunque no le pasó desapercibido el hecho de que al costado de la olla estuvieran ya colocados dos platos con sus respectivos cubiertos.
-Ko'ãichagua manjar ndovaléi ja'u ñane año [18] -dijo el cocinero mientras extendía a su huésped el humeante plato en el que los fragmentos de ipokue le guiñaban tentadores sus ojos de karaku.
Sentado en el banco de madera, que era poco menos que un tronco partido a la mitad y con incrustaciones de cuatro ramas poderosas de petereby, el teniente se dio a la tarea de consumir la cena. El otro comensal se enfrascó en idéntica misión. Quiso preguntarle sobre el ungüento, mas no le pareció apropiado interrumpir el tráfico de cucharas. Olfato y gusto. Kurat? y kurapep? [19]. Mutismo. Tal vez fuera una suerte de temor reverencial. Lo cierto es que había en la mirada del anciano algo que inducía al usualmente locuaz teniente al silencio y a la introspección. Finalmente, fue el payesero quien rompió a hablar entre los vapores sinuosos que ascendiendo desde su plato de loza le desdibujaban el torso y el rostro.
-Evirátapa. Heta gueteri o? [20].
-Ja'u katu. Chénte ajeservíta [21] -dijo el teniente al tiempo de manipular el cucharón para llenar primeramente el plato de su anfitrión.
Después de la cena copiosa, un sopor áspero lo fue envolviendo con su ysypo. Cayeron sin fuerzas sus brazos sobre las rodillas, sintió pesada la cabeza, también los párpados, y en el lento cerrarse de sus ojos vio cómo se difuminaba -esta vez por entero- la imagen del hospitalario y sonriente anciano. Finalmente, sentado sobre ese banquito de madera, encorvada la espalda, su frente halló acomodo entre sus dedos entrelazados.
Lo siguiente que el teniente vio fue una interminable fila de soldados paraguayos vestidos con la famosa camiseta pytã'i ndoikuaáiva aichejáranga [22]. Junto a cañones prestos para desatar su contenida furia, los soldados tenían los expectantes fusiles de chispa apuntando hacia el frente. El teniente se aproximó hasta el borde y vio que estaban colocados en la altura de una barranca, no lejos de un río. Contempló desde allí la trinchera que abajo se extendía hasta más allá de donde su vista podía alcanzar. La planicie ubicada entre la barranca y el río estaba repleta de charcos de agua, bañados, lagunas. Fango. El terreno era arcilloso, un pantano; era notorio que había diluviado en el lugar, no mucho tiempo atrás. El dispositivo de defensa era formidable: cualquier ejército que llevase el ataque, por numeroso que fuese, con seguridad quedaría sepultado al pie de esas trincheras. Al extender la vista más al frente, el teniente pudo verlos: cuatro columnas de soldados que avanzaban en dirección a ellos. El numeroso grupo estaba compuesto de batallones de infantería, cuerpos de caballería a pie, unidades de artillería a caballo que portaban piezas rayadas y obuses. Con sus dorados y vistosos trajes, las tropas vestían uniforme de parada, seguras de una pronta victoria. En otra columna se destacaban los soldados que portaban escaleras para trepar la barranca.
Cuando los atacantes estuvieron al alcance de los fusiles de chispa paraguayos, se oyó la diana y apareció un hombre que montado en un brioso corcel daba órdenes. Trácata, trácata, trácata. El oficial se movía por toda la línea. Trácata, trácata, trácata. Tronaban los cañones y las coheteras contra la masa de atacantes que semejaba un nido de avispas violentado por un felino. Convergía la muerte en la planicie vuelta cementerio. Piña ha metralla amandáucha okukúi [23]. Los veinte mil atacantes eran diezmados. Los fusiles de chispa agujereaban vidas enemigas, había soldados que perecían enredados entre los afilados abatíes, formados de troncos de madera dura terminados en triples y cuádruples horquillas; otros caían exánimes en los fosos. Los charcos de agua se volvieron sangre. Los cadáveres de sus compañeros dificultaban el avance del ejército enemigo. Gallardos y sucesivos, los asaltos se estrellaban contra el infranqueable muro de fuego guaraní. El teniente nunca había visto tanta muerte junta. Asfixiado por el humo de los disparos, retrocedió unos metros y pudo ver nuevamente la llegada sobre su brioso alazán del hombre que, cubierto por el polvo de la batalla, estaba al frente del ejército paraguayo. "Néike, lomitã, que hoy es el día de la victoria. Oguereko porãma ohóvo hikuái" [24], gritó el jinete que comandaba las acciones. Aunque solo conseguía verlo de espaldas, con la espada levantada, ordenando y arengando, el teniente sintió admiración y orgullo por ese compatriota.
Las descargas de enfilada abrían profundas grietas en las columnas atacantes; compañías enteras caían al suelo como juguetes de plomo bajo el fuego mortífero que los trituraba a pedazos. "No pasarán". No consintió márgenes ni orillas la carnicería. La muerte hervía su cosecha entre el espeso humo gris negruzco que limitaba la visibilidad. Había enmudecido la música. Los ayes de dolor y desesperación contrastaban con los gritos estentóreos de quienes intuían cercana la victoria. Estaba tapizado el suelo de jirones de hombres y de caballos, de fragmentos todavía palpitantes de vida que pronto dejaría de serlo. Alrededor de cinco mil cadáveres quedaron a los pies de aquellas trincheras. La respiración fragante de las plantas de aromita y sus flores de alegría amarilla contradecían un poquito el hedor de la muerte.
Siente el teniente que su cuerpo se agita hacia adelante y hacia atrás. Convulsión diminuta. Empieza a despertar y en el último vapor de su entresueño, ya a la vuelta casi de su duermevela, observa la retirada presurosa del enemigo y escucha el toque de trompa que anuncia la victoria guaraní en esa batalla. El teniente despierta del todo, con la sonrisa dibujada en los labios y con una alegría intransferible porque si bien ignoraba muchas cosas de lo que acababa de ver, sabía con axiomática certeza que ese hombre que dirigía aquella batalla victoriosa y cuya voz sonaba imperativa por encima del fragor de los cañones era él.
-Repirakutu reína, che ruvicha [25] -le dice el anciano que lo había estado sacudiendo para despertarlo.
-Che ropevy'imi sapy'a [26].
Va el payesero hasta el sobrado y de allí saca un pote de miel negra y el queso que lo tenía envuelto en hojas de banana. Alcanza el postre a su invitado y también se sirve. Otra vez a comer en silencio. Cuando una gota de miel negra cae en la pierna derecha del pantalón del teniente, el anciano clava de inmediato la vista en la oscura manchita e inclina hacia atrás la cabeza. Una honda tristeza que le empaña y enrojece los ojos parece haberse apoderado súbitamente de él. El teniente no lo nota, porque se halla meditando en las imágenes bélicas que acababa de presenciar. Todo lo que vio fue tan vívido como vivificante fue la victoria. Terminado su postre y ya fuera del repentino pozo anímico, el anfitrión va hasta el cántaro y trae un vaso de agua que el otro comensal no tarda en vaciar.
Después de dar cuenta de algunos fragmentos blanquecinos que se levantaban apenas sobre la superficie del rebañado plato, el teniente se levanta y, tras hacer una reverencia con la cabeza, pasa la mano a su anfitrión.
-Agradecido, che ru. Mboýpa adeve ndéve [27] -pregunta el teniente.
El desdentado anciano cierra los ojos y niega con la cabeza, después se cuadra y el teniente le responde el saludo militar. Advenediza y adventicia, una brizna de brisa sopla tenuemente su aliento de tempestad en estado larvario, de viento recién nacido, y con ese su hálito extemporáneo y vestigial, estampa sobre los dos hombres que enfrentan sus presencias a la soledad de aquel paraje una caricia muda y balsámica.

Siente el caballo el peso del jinete y reinicia la marcha. Solo cuando su reciente huésped está ya a una distancia prudencial, el hombre viejo baja la mano que tocaba un costado de su cabeza, sonríe misterioso y dice despacito, como para sí mismo: "Ñane retã la araka'eve ndikatumo'ãiva opaga pe odevétava ndéve [28], general".
Se agacha y recoge del suelo lo que había pateado antes, la verde botella en la que todavía quedan algunas gotas del líquido mágico con el que condimentara la cena. Se para otra vez y observa cómo, devorado por la distancia que crece, se va empequeñeciendo la figura del teniente José Eduvigis Díaz, su reciente huésped, y la de su animoso corcel. Trácata, trácata, trácata. Corre que corre. Trácata, trácata, trácata. Casi que vuela. Trota el caballo y trata de hender con cascos prontos el campo. Contento viaja el jinete sobre el veloz animal que con la crin constelada de abrojos va levantando el polvo de aquel camino de Curupayty, a pocos kilómetros ya de su destino en Paso de Patria.
Notas
[1] Quien ama a su patria, quien muere por ella, va directo al cielo mientras que quien la traiciona va a quemarse al infierno.
[2] Palo encebado.
[3] Un doceavo de real.
[4] Ahora es mi turno.
[5] Te ascendieron instantáneamente, hijo.
[6] Además, abundan los fantasmas en esta zona, mi jefe.
[7] No hay quien muera en la víspera, muchachos. Además, tengo abogados muy poderosos.
[8] Escoba de yuyos.
[9] Verdaderamente ha tenido coraje el primer hombre que consumió una hierba para curar su cuerpo.
[10] Ya hace rato lo espero.
[11] Todavía está alejado de mí ese rango, señor.
[12] Necesito que den de comer a mi caballo. Voy a pagar, padre.
[13] Sentate, ya vamos a cenar. Cuidala un momento, ya regreso.
[14] Cecina.
[15] Este ya comió, ahora es nuestro turno. Estarás hambriento ya.
[16] ¿Qué son todas esas cosas que tenés ahí, padre?
[17] Yo soy curandero, un médico yuyo.
[18] No es bueno que alguien como solito esta clase de manjares.
[19] Cilantro y zapallo.
[20] ¿Vas a comer más? Todavía sobra mucho.
[21] Comamos. Pero me serviré yo mismo.
[22] Camiseta colorada que no conoce de misericordia.
[23] Las bombas piña y la metralla caían como granizos.
[24] Ya van teniendo su merecido.
[25] Entraste en un duermevela, jefe.
[26] Me dio mucho sueño de repente.
[27] ¿Cuánto te debo?
[28] Es nuestra patria la que nunca va a poder pagarte por todo lo que te va a deber.
Sobre el cuento y el autor
El presente relato pertenece al libro inédito de Javier Viveros El cañón Cristiano y ha sido recogido en Cartografía mínima de vidas ajenas, antología digital de cuentos publicada por la editorial argentina EOS Villa.
Viveros es autor de numerosos libros que cubren varios géneros, como novela, poesía, teatro e historieta. Textos suyos integran antologías de países de América y Europa. Parte de su obra ha sido traducida al guaraní, francés, alemán, inglés, japonés, esloveno y portugués. Fue finalista del Premio Internacional de Cuento “Juan Rulfo” en 2009. Un jurado del PEN Club de los Estados Unidos galardonó su obra Fantasmario en 2018, año en que recibió el Premio "Roque Gaona" por su obra de teatro Flores del yuyal y quedó finalista del Concurso Regional de Nouvelle organizado por la Editorial Municipal de Rosario (Argentina). Recibió mención honorífica en el Premio Municipal de Literatura 2020. Es miembro de número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y académico correspondiente de la Real Academia Española. Es director de la editorial Rosalba.