La lengua guaraní en el templo sinfónico de Beethoven
La Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven ocupa un lugar de preeminencia en la historia de la música occidental. Su cuarto movimiento, construido sobre la célebre "Oda a la alegría" de Friedrich Schiller, se ha convertido en uno de los emblemas más reconocibles de la fraternidad humana. El Teatro Municipal fue hace unos días el escenario del proyecto "Háa vy'avete", que permitió al público disfrutar del «Himno a la alegría» cantado en guaraní.
La experiencia reunió a la Orquesta Sinfónica del Congreso Nacional, más de cien voces corales y destacados solistas, bajo la dirección del maestro Diego Sánchez Haase. El acontecimiento —que excedió el plano musical— configuró un gesto lingüístico que resonó también en el plano simbólico: una lengua precolombina en diálogo con una de las obras capitales del repertorio sinfónico europeo.
El proyecto, impulsado por Fernando Robles y trabajado junto al antropólogo Cristóbal Ortiz, combinó el guaraní coloquial con vocablos del mbya (una de las seis variantes de la familia lingüística guaraní). Esa convivencia de registros aureoló la obra de una densidad singular, puesto que implicó la reinterpretación de Beethoven desde otra sensibilidad lingüística.
En esta entrevista, Sánchez Haase reconstruye el origen del proyecto, los desafíos de adaptar al guaraní una partitura pensada desde la fonética alemana y la dimensión histórica de una experiencia que proyecta nuestra lengua mayoritaria hacia uno de los territorios más exigentes de la música universal. Iniciativas como esta fortalecen el camino hacia una presencia plena del guaraní en todos los ámbitos de interacción social.
—¿Cómo nació la idea de interpretar la última sinfonía de Beethoven con el "Himno a la alegría" cantado en guaraní?
—La idea es del amigo don Fernando Robles. Es un antiguo proyecto. Recuerdo que ya hace varios años me habló del mismo. Robles trabajó en la traducción junto al antropólogo Cristóbal Ortiz, y luego el proyecto quedó estancado por falta de apoyo para la financiación. En el año 2024, don Fernando presentó el proyecto al FONDEC, y consiguió una parte del financiamiento que requería. Para lograr esa financiación, ya se había realizado la adaptación del texto a la música, una gran labor que estuvo a cargo del maestro Nicolás Ramírez Salaberry. Luego, ya trabajamos arduamente en la organización del proyecto con el Cabildo, la OSIC, los coros, la selección de solistas, etc., así como en la obtención de otras fuentes de financiamiento, como el fundamental apoyo de la Delegación de la Unión Europea en Paraguay, la empresa Tecinci, el Hotel Cecilia, Bohéme Flores, y otros. Lastimosamente, Cristóbal Ortiz falleció en el camino, y no pudo ver su trabajo hecho realidad.
—¿Quién realizó la traducción?
—La traducción del texto de Schiller fue realizada conjuntamente por Cristóbal Ortiz y Fernando Robles. Entre ambos combinaron el uso del guaraní coloquial con palabras del mbya guaraní. Don Fernando trabajó luego en la métrica de los versos, para que puedan ser adaptados a la música de Beethoven sin mayores inconvenientes. Y luego el maestro Salaberry adaptó las sílabas a la escritura musical original de Beethoven.
—¿Qué exige Ludwig van Beethoven de un director en una obra de esta magnitud?
—Siempre me gusta la frase de Leonard Bernstein, quien decía que cuando uno se encuentra con la Heroica (la tercera sinfonía de Beethoven), se encuentra por primera vez con Beethoven, el gigante. Dimensionálo que es cuando te enfrentás a la Novena, la obra cumbre no solamente de Beethoven sino de toda una época. Beethoven exige mucha madurez, claridad de ideas, conexión profunda con la obra y con los músicos, autocontrol y un tremendo estado físico para conducir y empujar exitosamente esta mole sonora que dura cerca unos setenta minutos.
—La Novena Sinfonía suele asociarse con una idea universal de fraternidad. ¿Qué sucede cuando ese mensaje universal es transmitido en guaraní?
—Y creo que se hace aún más fuerte la idea de fraternidad, porque es como que se fusionan y se hermanan —así como dice el texto de Schiller— dos culturas, dos lenguas completamente distintas, bajo las alas de la alegría y de la esperanza por la fraternidad entre los hombres. La Novena es un vehículo de difusión muy poderoso de ese mensaje de hermandad, que necesita retumbar con fuerza en el mundo de hoy. Por eso creo que esta convergencia de la música de Beethoven con nuestro idioma guaraní es trascendental.
—¿Qué le aporta nuestra lengua mayoritaria a una obra nacida en el corazón de la tradición sinfónica europea?
—Le aporta riqueza a la riqueza que ya tiene la obra, y sobre todo a su mensaje. Beethoven no es solamente alemán o europeo, es universal, y en ese sentido, creo que no existe ningún impedimento para que un idioma originario de Sudamérica se integre a una de las cumbres del sinfonismo europeo.
—¿Hay algo en la sonoridad del guaraní que haya revelado una nueva dimensión del texto de Schiller?
—En realidad, para mí fue asombroso escuchar, mientras estudiaba la obra, los dos primeros versos que canta el barítono como recitativo —que no son de Schiller, sino que son de Beethoven como preparación a los versos de Schiller—, en primer lugar por el impacto de escuchar las primeras palabras en guaraní, y también porque parece que el guaraní le da un carácter menos imperativo que el alemán. Es como que en alemán el bajo da la orden a los amigos de "dejar de escuchar estos sonidos, para oír sonidos más agradables", y en guaraní es como que el bajo pidiera a los amigos que cesen las disonancias y que se escuchen melodías más dulces. Para los que hablamos ambos idiomas, es muy interesante notar en estos versos introductorios, la diversidad expresiva de ambas lenguas.
—Desde el punto de vista musical, ¿qué desafíos planteó cantar en guaraní una partitura pensada originalmente para el alemán?
—Para mí, la música es el reflejo del idioma que habla una región y un compositor. La abundancia de consonantes en el alemán influye también en la articulación de la frase musical. Y creo que ese fue el mayor desafío: adaptar la estructura musical pensada en la articulación del idioma alemán, a la "dulzura" del idioma guaraní. Entonces cambian criterios de articulación musical, porque —además— la música de Beethoven está muy bien elaborada en cuanto a figuras retóricas que reflejan en la música lo que expresa el texto de Schiller. Esta correspondencia entre texto y figuras retóricas musicales se ha conservado muy bien con la traducción de Robles y Ortiz y la adaptación de Salaberry.
—¿Hubo dificultades de acentuación, ritmo o fraseo al adaptar el guaraní a la línea vocal de Beethoven?
—En algunas palabras se tuvo dificultad en cuanto a la acentuación. En el inicio mismo, el coro canta en alemán la palabra Freude (alegría), que se acentúa en la primera sílaba, y sin embargo, en guaraní se canta vy'a, con acentuación en la segunda. También, en algunas frases, se tuvieron que agregar pequeñas figuras rítmicas para que pueda encajar el texto. Esto es normal en la traducción de obras musicales. Ocurre bastante, por ejemplo, en el oratorio "El Mesías", de Haendel, cuando se canta en alemán u otro idioma, en lugar del inglés original.
—¿Sentiste que ciertas vocales, consonantes o cadencias del guaraní se integraban especialmente bien a la música?
—Sí. Hay varios pasajes en el que el texto se integra directamente y sin ningún inconveniente así como está pensada la música. En otros, la cantidad de sílabas en guaraní duplicaba la cantidad de sílabas del texto original en alemán, y hubo que pulir eso.
—¿La adaptación priorizó fidelidad semántica, cantabilidad, ritmo o emoción?
—Yo creo que el equilibrio entre todos esos elementos, y además, el cuidado de las vocales en los pasajes que son especialmente agudos, que son muchísimos, y que requieren de dominio técnico para lograr el color sonoro de dichas vocales.
—¿Hubo repercusiones del acontecimiento en la prensa local e internacional?
—La verdad es que ha tenido una repercusión impresionante, que ha superado todas nuestras expectativas. Tres agencias internacionales de noticias cubrieron el concierto, y la noticia recorrió el mundo a través de medios como la Deutsche Welle, Abc de España, Folha de São Paulo, de Brasil, medios de Estados Unidos, Sudamérica y hasta China. La prensa local también ha dado un fuerte destaque, y eso ayudó mucho a que el teatro haya rebosado ese día, llenándose el aforo ya una hora antes del inicio del concierto (y quedando afuera unas doscientas personas).
—¿Se podría decir que el público supo percibir el esfuerzo técnico y simbólico que había detrás de esa decisión?
—En mis 35 años de carrera, no recuerdo haber visto desde el escenario una ovación tan prolongada, que superó los cinco minutos con el público de pie y expresando sus «bravi» de manera tan calurosa. Creo que es la mejor muestra de que el público disfrutó enormemente del espectáculo y supo premiar la idea, la calidad lograda y el gran trabajo realizado.
—¿Cómo se sostiene la tensión espiritual y musical del último movimiento?
—Con ese autocontrol que tiene que saber equilibrar la alegría de una música eufórica sin perder la conexión profunda con los músicos de la orquesta, el coro y los solistas, para que el tremendo mensaje pueda llegar finalmente a la audiencia, de manera a que esta pueda conmoverse profundamente, como ocurrió en el Municipal.
—Tenés una ópera en guaraní —Ñomongeta— y también un motete para coro a capella —Kirito ra'arõvo— que fue estrenado en el Festival Bach, en Leipzig, el año pasado, ¿qué te motiva a dar espacio a nuestra lengua vernácula en tu trabajo artístico?
—También tengo una obra llamada "Ñembo'e", para soprano solo, que es una plegaria por la paz del mundo. El guaraní tiene una gran expresividad y una riqueza rítmica maravillosa que, de ser bien aprovechadas, puede encender la chispa creativa que nos lleve a componer grandes obras. Además, por más elaborada que sea una composición que esté concebida dentro de las estructuras de la música clásica universal, el guaraní le da esa identidad tan paraguaya, tan nuestra, y que nos sumerge en lo que somos verdaderamente, y de dónde venimos, para extraer nuestra propia voz y proyectarnos al mundo con nuestro sonido, nuestro sonido paraguayo.
—Después de esta experiencia, ¿qué obra te gustaría escuchar algún día en guaraní?
—Como bachiano fanático, tal vez me gustaría escuchar una buena traducción de La Pasión según San Mateo (que va a cumplir 300 años en el 2027), pero también del Mesías de Haendel, por citar solo a dos obras que tienen, para mí, la misma universalidad de la Novena de Beethoven.
* Javier Viveros es magíster en Lengua y Literatura Hispanoamericana por la Universidad Nacional de Asunción y doctorando en Letras por la Pontificia Universidad Católica Argentina. Ha escrito novela, poesía, teatro e historieta. Es miembro de número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y académico correspondiente de la Real Academia Española. Es ministro de la Secretaría de Políticas Lingüísticas.