Artes visuales

Fabiola Adam: una vida tallada en madera

En esta entrevista, la xilógrafa y docente reflexiona sobre casi seis décadas dedicadas al grabado, la herencia de Livio Abramo y Edith Jiménez, y el reconocimiento internacional que la situó entre los grandes grabadores contemporáneos.
Fabiola Adam. Cortesía

Fabiola Adam (Asunción, 1946), una de las voces más consistentes del grabado nacional, se formó como maestra normalista en Villarrica y llegó al grabado de la mano de Livio Abramo en el taller "Julián de la Herrería" en 1965. Desde entonces, la madera no dejó de ser su territorio expresivo fundamental. Pertenece a esa generación de artistas mujeres que, junto a figuras como Edith Jiménez, Olga Blinder, Lotte Schulz y otras, sostuvieron con su trabajo las bases del campo cultural del país. Sus series El Luisón, La malavisión y Las islas constituyen un corpus fundamental para entender cómo el imaginario popular paraguayo fue traducido al lenguaje del grabado con una maestría que el circuito internacional ha sabido reconocer.

En el año 2000 Fabiola Adam recibió el Excellence Prize en la Bienal Internacional de Grabado de Qingdao, China, y en 2009 fue galardonada con el Prix de la Fondation Jean Chièze pour l'Art et la Recherche, uno de los premios más prestigiosos de Europa en el campo de la xilografía, otorgado cada dos años por la Fondation Taylor de París para distinguir a un grabador sobre madera de excelencia. El premio, instituido en honor al xilógrafo francés Jean Chièze (1898-1975), quien dejó un legado de más de dos mil planchas, situó a Adam entre los grandes nombres contemporáneos de esta disciplina a nivel mundial. El reconocimiento no fue casual: fue, como ella misma dice, "un trabajo que fue sudado".

Esta entrevista forma parte de una serie de conversaciones con mujeres artistas paraguayas cuyas trayectorias constituyen documentos fundamentales para la construcción de una memoria de las artes visuales.

—Usted de formó como docente en Villarrica y dos años después comenzó a estudiar arte. ¿Cómo convivieron desde entonces la educadora y la artista?

—Hacer convivir a la maestra y a la artista es una experiencia compleja pero, sobre todo, es muy enriquecedora, porque la artista explica muchas cosas, explica su tiempo, y la maestra generalmente enseña. Y entonces, al enseñar, también se refiere prácticamente a los mismos temas. Conviven muy bien. Es una convivencia activa dentro de lo que es la experiencia.

—En 1965 ingresó al taller "Julián de la Herrería" con Livio Abramo. ¿Qué significó para usted ese primer encuentro con el maestro?

—Mi encuentro con Livio Abramo fue una experiencia absolutamente enriquecedora, porque él era una persona que exudaba todo lo que puede dar un maestro. Era una persona creativa, pero al mismo tiempo alguien que se daba a los alumnos sin reticencia. El tiempo que pasé con él, que fueron nueve años, fue invaluable. Lo conocí en Villarrica, adonde había sido llevado por Ramiro Domínguez y Olga Blinder, que dieron un seminario allá. Cuando vi que Livio tomaba un pedacito de madera y lo tocaba así, como que lo acariciaba, fue algo que me impactó profundamente. Lo primero que pensé fue "lo que hace este señor es lo que yo quiero hacer". Ni sabía qué hacía, pero son esas cosas que te impactan y uno toma una decisión que después cambia la vida para siempre. Ciertamente Ramiro Domínguez fue mi maestro en Villarrica y fue quien me contactó con Livio. Inclusive ellos tenían una especie de broma: Ramiro le decía a Livio "te mandé a Teodora", porque según él yo tenía unas facciones muy parecidas a Teodora de Bizancio. Era como un juego para ellos. Pero yo nunca creí que toda esta experiencia tan fantástica de tantos maestros fuera a ocurrirme. Para ser una chica que vino de Villarrica y paró aquí en Asunción, casi sin referentes, tuve una suerte enorme.

—Tuvo además el privilegio de formarse y compartir con Edith Jiménez en el Centro de Estudios Brasileños. ¿Qué significó tener una referente mujer de esa talla en su formación?

—El color se lo debo a Edith, la madera a Livio. Edith Jiménez fue para mí una gran maestra. Livio siempre nos enseñó (a trabajar) en blanco y negro y un día a mí se me pasó por la cabeza que quería hacer color. Entonces Livio me tomó de la mano y me dijo: "Aquí está Edith, ella es la maestra". Desde ese día, Edith y yo trabajamos juntas durante mucho, mucho tiempo. Yo considero que el color se lo debo a Edith. Y no solo el color, sino la textura. Con ella aprendí las distintas capas que tiene un color y cómo poder ir desarrollando todo eso. Lo que ella me enseñó para mí es invalorable. Con Edith íbamos un poco antes al taller y trabajábamos juntas, para que cuando llegara el maestro ya estuviéramos en otra cosa. Éramos las aplicadas.

Centro de Estudios Brasileños, Asunción, 1986. De izquierda a derecha: Edith Jiménez, Livio Abramo, David Legal, Fabiola Adam, María Adela Solano López, Jacinto Rivero y Herta Hielb. Archivo: Toni Roberto. Cortesía

—En 1966 estudió Educación por el Arte en la Escolinha de Arte do Brasil con Augusto Rodrígues, y también compartió con João Rossi. ¿Cómo influyeron esas experiencias en su manera de entender el arte y la enseñanza?

—Trabajar con Augusto Rodrígues fue una gran suerte, porque él era una persona absolutamente creativa e impredecible. Un día podías hacer una cosa, otro día otra. Era una persona cambiante, porque como gran creativo, le salían las experiencias por las manos. Y con João Rossi fue la experiencia del metal. Él trabajaba en placas de aluminio, que era prácticamente un descubrimiento suyo. Ambos eran muy diferentes, pero ambos son grandes referentes de las artes visuales del Brasil. Yo creo que el destino me deparó muchas experiencias que nunca esperé. También tengo que hablar de Olga Blinder, quien dio en aquel seminario en Villarrica una conferencia sobre el arte en la educación y los nuevos modelos que probablemente se implementarían dentro del currículum escolar en el Paraguay.

—Habiendo estudiado también dibujo y pintura, ¿qué tiene la xilografía que la cautivó de manera tan profunda y duradera?

—Marcó mi vida. Yo, sin saber prácticamente nada, solo con ver las manos de Livio y la forma en que acariciaba la madera, decidí que eso era lo que quería hacer. Son esas fuerzas extrañas que te enamoran de algo para siempre.

—¿Podría describir su proceso de trabajo, desde que surge una idea hasta que termina de tallar la matriz y realiza la impresión?

—Yo comencé a trabajar en el grabado de forma bastante intuitiva. Cuando mis hijos estaban en la secundaria, me di cuenta de que no había nada que pudiera representar los mitos y toda esa alma campesina que estaba ahí y no estaba visualizada. Yo conocía una obra de Ramiro Domínguez ilustrada por Lotte Schulz, Las cuatro fases de Luisón. De ese fui tomando dos imágenes de cada secuencia de la luna. A Ramiro le gustó tanto que me pidió que pusiera el texto también dentro de la obra, como parte de ella. Fue un poco complicado para mí, pero lo hice. A partir de ahí empecé a trabajar primero en series y, en segundo lugar, en imágenes secuenciales. Descubrí que una secuencia es muy importante para un grabador. También descubrí que cuando una obra se sale de esa secuencia, por su propio peso expresivo, la imagen está ahí, es contundente, no cambia nada. Siempre trabajé en series.

Grabar es siempre una impresión. Un día, mirando los pájaros, me di cuenta de que tenían ciertas actitudes que también tenemos los humanos: que respetan al más grande, que hacen una cierta fila para comer, porque el más grande come primero y después vienen los otros. Le dije a mi esposo: "¿Te das cuenta de que los pájaros hacen esto?". Y él me dijo: "Ay, Fabiola, vos siempre con pajaritos en la azotea". Y de ahí salió la imagen. Para mí todas las imágenes resultan en un juego. Siempre tengo no solo un sentido lúdico de mi trabajo, sino una especie de juego en el que expreso mis sentimientos detrás de la obra. Pero siempre tiene un sentido de pertenencia. Toda mi obra es bastante autobiográfica. Algunas más, otras menos, pero todas tienen una referencia de lo mío. Yo no hablo de otras cosas que no sean mi experiencia. Creo que trabajar en una síntesis propia es muy importante, porque uno no puede hablar de cosas que no sabe o que no siente.

—Su obra ha sido exhibida en bienales de grabado en diversos países. En el año 2000 recibió el Excellence Prize en la Bienal de Qingdao, y en 2009 fue galardonada con el Prix Jean Chièze en Francia. ¿Qué significó ese reconocimiento?

—El premio Jean Chièze fue un regalo de Dios, porque que te premien los que trabajan en tu métier es muy importante. Es un premio concedido por la Fundación del Arte y la investigación, un premio adquisición, que fue instituido desde 1980 y tiene como objetivo mantener viva la tradición del grabado artesanal, premiando tanto a artistas consagrados como a nuevos talentos internacionales. Lo que es importante decir es lo siguiente: Jean Chièze, que murió en 1975, dejó dos mil planchas de madera. No es poca cosa, es un trabajo importantísimo. Después ilustró Hamlet con quince placas de metal, El elogio de la locura de Erasmo con veinte planchas, e Historias extraordinarias de Edgar Allan Poe con cincuenta y seis planchas. O sea que es un señor que dejó por lo menos dos mil trescientas planchas en su trabajo. Es un poco el trabajo de una vida, porque no se llega a un premio así con las manos vacías. Es un trabajo que fue sudado. Y que, gracias a Dios, fue alcanzado. El premio sigue vigente, es uno de los premios más importantes de Europa para grabadores sobre madera.

Obra de Fabiola Adam. Cortesía

—Cuando comenzó en el grabado en los años sesenta, ¿cómo era el ambiente para las mujeres artistas? ¿Había otras mujeres en el taller que la marcaron, aparte de Edith Jiménez?

—En el taller de Livio había mucha gente interesante e importante. No pasabas sin conocer a gente interesanísima. Ahí conocí a Margarita Sánchez Minela. Había una mesa para alumnos mayores, que estaba aparte, y después estaban los alumnos menores. La mesa de los mayores era absolutamente interesante, se tocaban muchísimos temas. Me acuerdo que estaba Marta Vargas Peña, por ejemplo. Y Jacinto Riveros, que siempre estuvo. Se podía hablar de todo. Y, sobre todo, se podía expresar lo que uno quería en un tiempo en que expresarse no era tan fácil, porque estábamos todavía en dictadura. Ahí hablábamos de todo, decíamos de todo y nos referíamos a todo. Era un espacio seguro. Y sí, había muchas artistas mujeres, realmente muchas. Cosa curiosa, porque cuando revisamos la historiografía del arte paraguayo son pocas las mujeres que toma la historia.

—Como profesora de xilografía en el Instituto Superior de Arte, después de tantas décadas, ¿qué buscó transmitir a sus estudiantes más allá de la técnica? ¿Cómo marcó la docencia su propia vida?

—La docencia en mi vida fue muy importante. Sobre todo, porque allí encontré mucho estímulo para trabajar. Muchas de las series que he realizado en mi vida las hice para mis alumnos. Fue un trabajo muy coordinado, porque yo hacía para ellos, pero al mismo tiempo me beneficiaba a mí misma. Era un estímulo constante. Yo siempre he procurado que mis alumnos (es lo que Livio decía a todos sus alumnos) suban de sus hombros para arriba. Porque él les sostenía abajo, así que de sus hombros para arriba. Yo siempre tuve esa idea también: que los alumnos apoyados por mí siempre van a ir para arriba. Tienen que ir para arriba. Porque para eso estamos los verdaderos profesores.

—Después de casi sesenta años dedicada al arte, ¿en qué está trabajando actualmente?

—Tuve que hacer una larga pausa en mi vida porque tuve un cáncer de colon. Esa experiencia, aparte de ser muy dura, te enfrenta a algo terrible. Porque uno trabaja para el futuro sin darse cuenta, vos sin querer decís "mañana voy a hacer tal cosa, pasado voy a hacer tal otra". Pero cuando no tenés mañana, es una experiencia terrorífica. Y cuando llegás a ese punto y eso se terminó, empezás a pensar de otra manera, con una claridad meridiana. Te enfrentás a lo que tenga que ser. Aparte de eso, me quedé con una neuropatía periférica. La quimioterapia me sacó la mielina, que es la sensibilidad que uno tiene. Hace que mis manos y mis pies no tengan sensibilidad. Cuando le pregunté al doctor si me iba a curar, me miró y me dijo: "No sabría decirte, Fabiola". Las preguntas difíciles son por definición las que más cuestan hacer.

Entonces tuve que empezar por reeducarme a mí misma. Y usé el mismo método que tenía de Livio Abramo: empecé pacientemente, tablita por tablita, a hacer las rayitas. Todo de a poquito, todo así, hasta que pude otra vez grabar. Cuando pensé que mis manos podían hacer alguna cosa que valga la pena, empecé a trabajar en una serie que es muy significativa para mí, porque es un poco la expresión de que tengo mañana. Después de eso hice otra serie que todavía no está terminada, porque mi taller no lo tengo armado. Lo desmonté cuando todo esto comenzó, y ahora tengo todo embalado. Pero es un trabajo que hice sobre el dolor. Y quiero hacerlo con una memorabilidad, de modo que no solo sea una serie de grabados, sino también una especie de catálogo de las imágenes más importantes.

Presente

Durante la entrevista, Fabiola menciona que recientemente ha colaborado con un escrito para el próximo libro de la artista, historiadora y antropóloga Fátima Martini. Me sorprendió descubrir esa faceta: su escritura, fluida y precisa. "Como guaireña, y sobre todo siendo ex alumna de Ramiro Domínguez, aprendés a escribir", dice con una sonrisa. "Y bueno, de poeta y locos todos tenemos un poco".

La trayectoria de Fabiola Adam condensa varias tensiones fundamentales del campo artístico paraguayo: la relación entre formación académica y práctica artística, el rol de la docencia como espacio de transmisión, y el lugar de las mujeres como agentes centrales en la consolidación del grabado nacional. Su paso por el taller de Livio Abramo, su formación con Edith Jiménez en el manejo del color, y sus estudios con Augusto Rodrigues y João Rossi en Brasil la inscriben como una artista que, habiéndose formado con grandes referentes, ha logrado consolidar una voz propia.

Obra de Fabiola Adam. Cortesía

Ya en 1989, cuando Fabiola presentó su primera exposición individual con veintidós xilograbados en el Centro de Estudios Brasileños, el propio Livio Abramo escribió el texto de presentación del catálogo Mitos y leyendas del Paraguay. Allí, el maestro destacó que sus series del Luisón y la Malavisión no eran ilustraciones anecdóticas sino un discurso visual con calidad plástica propia. En ese escrito, Abramo (1989) afirma: "Seriedad, denso sentido dramático y un lenguaje gráfico que busca la plenitud de su expresión, eso es el actual grabado de Fabiola que con estos trabajos transita por un nuevo camino en la gráfica paraguaya" [1]. Que el maestro reconociera en su alumna la apertura de un camino nuevo hace tres décadas hoy resuena más fuerte.

En un contexto donde la historiografía del arte paraguayo sigue siendo un territorio en construcción, registrar la voz de Fabiola Adam es fundamental. Su legado vivo, como docente en el Instituto Superior de Arte "Dra. Olga Blinder", como creadora, como testimonio de una época, ofrece puntos imprescindibles para pensar no solo el pasado del grabado en Paraguay, sino también el legado presente. 

 

Nota

[1] Abramo, L. (1989). Presentación. En Fabiola Adam, Mitos y leyendas del Paraguay: Xilograbados [Catálogo de exposición]. Embajada del Brasil; Centro de Estudos Brasileiros, p. 15.

 

* Juan Florenciáñez es artista visual e investigador. Actualmente cursa estudios de posgrado en Producción de Textos Críticos y de Difusión Mediática de las Artes en la Universidad Nacional de las Artes (Buenos Aires, Argentina). Cuenta con diplomados en curaduría y comunicación por la Pontificia Universidad Católica de Chile y participa en el programa de formación Espacio/Crítica del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro, Asunción.