Cuerpos que recuerdan el agua
En una época donde el agua se evapora de nuestras reservas tanto como de nuestras narrativas, una obra como Cuerpos de Agua no solo se vuelve necesaria: se vuelve urgente. El Colectivo Artístico Incesante, formado por Aramí Cañete, Fátima Galeano y Micaela Martínez, debuta el jueves 26 y el viernes 27 de junio, a las 20:30, en el Teatro de las Américas del CCPA (José Berges 297), con una propuesta escénica que se mueve entre la danza contemporánea, la performance sensorial y la poesía visual.
En ese cauce creativo, el trabajo del artista interdisciplinario Fabián Da Silva no es accesorio: es un tejido que respira junto al cuerpo. Director de arte de esta propuesta, Da Silva acompaña la construcción del universo escénico como quien construye una memoria compartida: hecha de vapor, ausencia y tensión.
¿Cómo fue tu primer encuentro con la idea de Cuerpos de Agua?
Mi primer acercamiento fue una invitación para sumarme como director de arte. Pero más que una propuesta escénica, lo que me llegó fue una necesidad colectiva de recordar el agua. Desde ahí empecé a pensar la obra no solo como un espacio físico, sino como un cuerpo más. Un cuerpo que respira, que se seca, que guarda memorias. Me pregunté: ¿cómo se siente el agua en la nuca?, ¿cuándo fue la primera vez que mojaste los pies en un río?, ¿qué queda cuando esa sensación desaparece?

Desde lo escénico, ¿cómo se traduce esa relación con lo líquido y lo ausente?
El agua tiene una presencia tan fuerte como su ausencia. El desafío fue no ilustrarla, sino dejar que lo que no está se sienta. Trabajé con materiales que no tienen forma fija: hilos, transparencias, telas que caen y no caen. El espacio escénico no está ahí para decorar, sino para habitar, para doler. Lo que se construyó fue una atmósfera, no una escenografía. Un estado que el público pueda atravesar como un cauce seco.
¿Qué materiales y recursos visuales elegiste para crear ese universo?
Trabajé con tanzas plásticas recicladas. Son livianas pero resistentes, frágiles pero cortantes. Vibran con el sonido, rozan al cuerpo, responden al movimiento. También incorporamos telas que absorben o reflejan la luz, plisados que simulan oleajes, texturas densas como barro y otras volátiles como vapor. La luz, que desarrollamos junto a Santiago Shaerer, no busca iluminar: lava la escena, se escurre, se corta. Como el agua, no siempre está donde se la espera.

La obra trabaja la memoria del cuerpo como archivo. ¿Cómo dialoga la escenografía con esa idea?
No concebí la escenografía como un fondo, sino como una red que se entrelaza con el cuerpo. Los hilos son como recuerdos suspendidos: a veces se enredan, a veces cortan el paso. La escena se convierte en una extensión del cuerpo y viceversa. El cuerpo ya viene marcado por su historia con el agua —baños en arroyos, el miedo a la sequía, las primeras lluvias— y el espacio escénico amplifica esas marcas.
¿Y la dimensión política? ¿Está presente desde lo visual?
Sí, absolutamente. La decisión de usar materiales reciclados habla de los residuos, de lo que contamina y de lo que podría sanar. Hay una crítica al uso y al desecho, pero también una posibilidad de resistencia y resignificación. No hay que mostrar una canilla seca para hablar de crisis hídrica. Basta con mostrar un cuerpo que ya no fluye. Lo político está en lo sensorial: en lo que se siente aunque no se diga.
¿Cómo fue el trabajo con el colectivo y las intérpretes?
Fue un proceso horizontal, como una conversación abierta que se da con el cuerpo. Cada ensayo fue un laboratorio de escucha, error y hallazgo. Nada se resolvió de forma unilateral. Aramí, Fátima y Micaela tienen una forma de crear muy honesta, no están apuradas por el resultado. Me enseñaron a detenerme, a confiar en lo que no tiene forma todavía. En esa inestabilidad también hay una fuerza.

¿Qué cambió en vos como creador a partir de este proyecto?
Me transformó la forma de pensar la escena. En lugar de partir de una estética, partí de una sensación compartida. En vez de imponer una imagen, dejé que surgiera desde la memoria. Aprendí a integrar los lenguajes que manejo —luces, espacio, vestuario, sonido— como una sola respiración. Cuerpos de Agua me recordó que también diseño desde mis propias memorias, desde mis propias ausencias.
¿Qué le dirías al público que se acerque a ver esta obra por primera vez?
Que vengan con el cuerpo abierto. Que no busquen entender, sino sentir. Esta no es una obra que se explica: se atraviesa. Cuerpos de Agua no da respuestas, pero sí plantea preguntas muy profundas: ¿cómo se vive un cuerpo seco?, ¿qué recordamos del agua?, ¿qué hacemos con su ausencia? Es un ritual poético. Una inmersión emocional para no olvidar lo que alguna vez nos tocó y hoy quizás ya no.
* Manu Portillo es actor, productor y comunicador.