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Diego Mauro: una nueva voz que combina terror, sensibilidad social y mirada autoral

Con una trayectoria construida entre Paraguay y Argentina, el director audiovisual y guionista Diego Mauro comienza a consolidarse como uno de los nuevos perfiles del cine paraguayo contemporáneo. Formado en Diseño de Imagen y Sonido en la FADU/UBA, su trabajo cruza el terror psicológico, la dirección de actores y las problemáticas sociales desde una narrativa visual marcada por la atmósfera, la emoción y una fuerte identidad autoral.

Manu Portillo
por Manu Portillo 2 Junio de 2026
2 Junio de 2026
Diego Mauro.
Diego Mauro. Cortesía

Luego de años desarrollando videoclips, campañas audiovisuales, fashion films y proyectos cinematográficos, Mauro atraviesa uno de los momentos más importantes de su carrera con El precio del pasaje, mediometraje en co-dirección con Leti Fleitas y realizado junto al gobierno del Paraguay, MITIC, MINNA y AECID, como parte de una campaña nacional de prevención y lucha contra la trata de niñas y adolescentes.

El realizador también se encuentra desarrollando Aurelia, su primer largometraje de terror, seleccionado en espacios internacionales de industria como MAFF / MAFIZ del Festival de Málaga y Ventana Sur, además de haber recibido premios y fondos de desarrollo cinematográfico en Paraguay y el exterior.

—¿Cómo empezaste tu camino en el audiovisual y qué fue lo que te llevó a dedicarte al cine?

A los 14 años llegó una cámara a la casa de una prima y mientras todos querían grabar reuniones familiares o situaciones sociales, yo no podía sacarme de la cabeza la idea de hacer ficción. Así empecé a escribir mi primer guion y empezamos a grabar pequeños cortos. Mi hermano siempre moría en las primeras escenas porque no quería actuar, así que mi prima y yo terminábamos protagonizando el 90% de las mismas. Entre los 14 y los 18 años hicimos unos siete u ocho cortometrajes, casi todos de terror. Reuníamos a toda la familia para estrenar nuestros materiales, fue una época hermosa, de mucha libertad creativa. 

Esa sensación de poder contar historias y transformarlas en imágenes, atmósferas y emociones, además dentro del género que más me apasionaba, me llevó a pensar seriamente en estudiar cine. Pero jamás imaginé que algún día podría dedicarme 100% a esto, y mucho menos en Paraguay. Por eso, después de tres años estudiando Arquitectura en la UNA, tomé la decisión de armar mis valijas e irme a Buenos Aires, donde me recibí en la carrera de Diseño de Imagen y Sonido en la UBA. Sentía que, para hacerlo realmente bien, necesitaba salir de mi país por la falta de oportunidades de la época, formarme y volver con todo ese conocimiento. Esta vez, entendiendo que la decisión ya no era solamente un juego entre primos.

—A lo largo de tu carrera trabajaste en distintos formatos y proyectos. ¿Qué tipo de historias son las que más te interesa contar hoy como director?

Desde muy chico sentí una atracción profunda por el terror y el suspenso. Creo que nunca supe contar ni expresar lo que veo o siento si no era atravesado por cierta oscuridad o por personajes complejos, conflictivos, incluso temibles. Pero, en esa búsqueda, siempre terminaba encontrándome con personajes desvalidos, olvidados, apartados o marginados. Y fue justamente desde ese lugar donde empecé a conectar con sus necesidades, su dolor y su enojo. Siento que esas últimas dos emociones, el dolor y la rabia, despiertan muchísimas preguntas en el espectador, porque hablan de heridas reales. Desde ahí empecé también a acercarme a cuestiones sociales, desde el terror de lo cotidiano, de lo real, de aquello que atraviesa a tu vecino, que lastima a un amigo, que le genera nostalgia a tu madre o que expone las carencias de toda una comunidad.

Entonces, fue desde ese lugar donde pude conectar ambos mundos. Amo las historias donde la justicia divina, la revancha emocional o cierta equidad hacia los sectores más vulnerables finalmente se hacen presentes. Películas como Carrie ayudaron a construir al guionista y director que soy hoy, personajes cargados de bagaje emocional, complejidad psicológica y objetivos muchas veces distorsionados, pero atravesados por una necesidad profundamente humana. Porque, en el fondo, todos convivimos con deseos, frustraciones o heridas que buscamos resolver. Para algunos puede ser conseguir un buen trabajo o comprarse una casa; el cine, en cambio, te permite contar cómo una joven humillada por sus compañeros decide vengarse de todos... y aun así, como espectador, terminás empatizando con ella.

Diego Mauro.
Diego Mauro. Cortesía

El precio del pasaje aborda una problemática extremadamente sensible y muchas veces silenciada. ¿Creés que el cine paraguayo todavía teme a incomodar cuando habla de violencia, explotación y desigualdad social?

— Creo que al paraguayo todavía le cuesta verse reflejado en la pantalla. Más allá de qué historia se esté contando, aún no tenemos una tradición cinematográfica tan extensa como la de los países vecinos, un cine que durante décadas haya construido personajes, conflictos y relatos capaces de interpelarnos profundamente como sociedad. Y cuando hablamos de temas tan duros y vigentes como la explotación, el abuso o la violencia, el impacto es todavía más incómodo, porque forman parte de nuestra realidad cotidiana. Ver eso expuesto en el cine es como mirarnos en un espejo: nos devuelve una imagen de aquello que muchas veces preferimos ignorar o frente a lo que hacemos la vista gorda.

Antes incluso de aceptar estos temas dentro de nuestras películas, como sociedad todavía nos falta enfrentarlos de verdad: con leyes más firmes, campañas menos tibias y castigos más severos para quienes perpetúan estas problemáticas en un país donde, muchas veces, meses después de ser detenido, un abusador puede volver a estar libre caminando por la calle. Por eso siento que el cine paraguayo sí está yendo por un buen camino. Estamos aprendiendo a contar nuestras historias. Tal vez llegamos más tarde que nuestros vecinos, pero finalmente nos despertamos. Y ahora el desafío es animarnos a meter todavía más el dedo en la llaga, tocar temas que incomoden, que nos hagan apartar la mirada de la pantalla porque nos enfrentan con nuestra propia falta de involucramiento, por ende, porque nos avergüenza reconocernos en ella. Ya sea el machismo dentro de una comedia, el abuso dentro de una película de terror o la corrupción dentro de un drama, parte de construir una identidad cinematográfica paraguaya también implica reconocer que nuestra sociedad, como el mundo entero, está profundamente herida. El cine no inventa esa oscuridad, el cine solo sostiene el espejo. La verdadera realidad está afuera, en nuestras calles, nuestras casas y nuestras escuelas.

Escena de El precio del pasaje, dirigida por Diego Mauro.
Escena de El precio del pasaje, dirigida por Diego Mauro. Fotograma

— La película trabaja sobre adolescentes atravesadas por abandono, pobreza y manipulación. ¿Qué responsabilidad ética sentiste como director al representar estas realidades sin caer en el golpe bajo o la romantización del dolor?

— Este trabajo lo realizamos codo a codo junto a la codirectora y productora Leti Fleitas. Desde el inicio tuvimos una visión muy clara: mostrar la realidad que desde hace tiempo atraviesa a muchas jóvenes desprevenidas y contarla desde la ficción, pero con una fuerte carga dramática, trabajando junto a actores y un equipo técnico de primer nivel. Como montajista del material final, también decidí narrar la historia de una manera simple pero efectiva, priorizando la claridad emocional y el impacto del relato por encima de los ornamentos visuales. La búsqueda estuvo puesta en construir una narrativa sensible y directa, acompañada por una banda sonora que potencie la atmósfera y la tensión emocional de cada escena. Si bien el proyecto nos fue propuesto inicialmente, tuvimos la posibilidad de intervenir el guion y encontrar un lenguaje muy cercano al de los jóvenes espectadores de hoy. Porque más allá de que el mediometraje pueda tener un recorrido por festivales, el verdadero objetivo siempre fue otro: llegar, a través del MEC, a colegios de todo el país y convertir esta obra en una herramienta de prevención real, capaz incluso de salvar vidas. Si logramos que aunque sea un adolescente se sienta identificado, reflexione o pueda evitar caer en una situación de riesgo gracias a esta historia, entonces nuestra meta ya estará cumplida. Todo lo demás, la búsqueda estética, la puesta en escena o los logros cinematográficos, pasa a un segundo plano frente al impacto humano que puede generar el material.

Escena de El precio del pasaje, dirigida por Diego Mauro.
Escena de El precio del pasaje, dirigida por Diego Mauro. Fotograma

— En Paraguay existe una generación joven de realizadores que comienza a conectar cine, activismo y debate social. ¿Sentís que estamos frente a un nuevo perfil del cine paraguayo más político y comprometido con su tiempo?

— Sí, definitivamente. ¿Cómo no hacerlo con todo lo que estamos viviendo en el mundo? Siento que atravesamos un momento profundamente oscuro y, honestamente, creo que todavía no terminamos de dimensionarlo del todo. Pero al mismo tiempo, esta época también parió una sociedad profundamente anestesiada, potenciada por la tecnología y las redes sociales. Vivimos alienados. Hoy podemos ver un video viral donde golpean o humillan a un joven por su raza, por ejemplo, y probablemente lo estemos mirando como un contenido más de entretenimiento. Y ahí es donde siento que entra nuestro rol como artistas: reflejar estas realidades, levantar la mano y dar un grito de stop. Invitar a mirar, a analizar, a procesar qué estamos dejando entrar a nuestro sistema emocional a través de nuestros sentidos todos los días.

— El audiovisual hoy compite con redes sociales, consumo rápido y algoritmos. ¿Cómo hacer que una obra con contenido social todavía logre interpelar emocionalmente a las nuevas generaciones?

— Soy partidario de que toda historia contada desde la verdad tiene posibilidades reales de llegar a buen puerto. Hoy más que nunca las audiencias conectan con emociones y personajes genuinos. Por eso creo que, antes de siquiera abordar una historia con temática social, la investigación es absolutamente fundamental. Conocer profundamente aquello que se quiere denunciar significa también conocer a los personajes, el conflicto, el contexto y hasta el propio clímax de la obra. Mi consejo siempre es el mismo: empaparse del tema. Tomarse el tiempo previo al rodaje para convivir con personas reales, escuchar experiencias reales y comprender problemáticas reales.

— Y en lo personal: después de dirigir El precio del pasaje, ¿qué cambió en tu mirada sobre el país y sobre las historias que decidís contar de ahora en adelante?

— El precio del pasaje me dejó muchísimas enseñanzas como director. Y no solamente desde lo profesional, como pensé en un principio. A puertas de dirigir mi primer largometraje, Aurelia, que también aborda una temática social muy dolorosa, entendí que más allá de la historia que uno quiere contar, si el equipo humano detrás del proyecto no funciona, la película puede caerse por completo. Con El precio del pasaje también terminé de comprender que en nuestro país todavía existen formas de esclavitud moderna. Hay personas capaces de privar de libertad a otros seres humanos a cambio de dinero, y enfrentarme de cerca a esas historias me conmovió profundamente. De ahora en adelante, y a las puertas de seguir contando historias atravesadas por problemáticas sociales, siento la responsabilidad de hacerlo con el mayor respeto y compromiso posible.

Escena de El precio del pasaje, dirigida por Diego Mauro.
Escena de El precio del pasaje, dirigida por Diego Mauro. Fotograma

Con una carrera en crecimiento y una mirada cinematográfica cada vez más definida, Diego Mauro representa a una nueva generación de realizadores paraguayos que apuesta por un cine capaz de generar conversación, memoria y sensibilidad social. Entre el terror, el drama y las heridas contemporáneas, su trabajo busca construir relatos honestos, incómodos y profundamente humanos. Mientras desarrolla Aurelia y presenta El precio del pasaje como una herramienta de concientización para jóvenes de todo el país, el director reafirma una idea que atraviesa toda su obra: el cine no está para escapar de la realidad, sino también para mirarla de frente.

 

* Manu Portillo es actor, productor y comunicador.

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