Alicia Guerra: Una vida hecha de escenas, pigmentos y voces
Su nombre está presente en momentos decisivos del audiovisual nacional. Formó parte del fenómeno 7 cajas (2012), interpretó a Carmela en Las herederas (2018), dio vida a Beatriz en Descansar en paz (2024), brilló en la serie Sombras en la noche, protagonizó Cándida (2004) y aportó su presencia en títulos televisivos como La Chuchi y González vs. Bonetti. Pero reducirla a una filmografía sería empobrecerla, Alicia es también pintora, escritora, maestra y directora, una artista total cuyo universo se despliega en capas de memoria, ritual y transformación.
Hoy, en un momento de plenitud creativa, regresa a la pantalla con Solo por unos días, una serie que funciona tanto como reencuentro con el público y como reafirmación de un oficio que ella ha convertido en forma de vida. En Guerra, actuar, escribir, pintar o enseñar no son gestos aislados: son parte de un mismo pulso, un mismo diálogo interior que no cesa. Aquí, el diálogo que matuvimos con ella.
—Te expresás en varios lenguajes -actuar, pintar, escribir, dirigir, enseñar- y todos parecen conectarse en una misma sensibilidad. ¿Cómo se contaminan entre sí esas prácticas? ¿Qué pasa cuando la actriz escribe, cuando la pintora actúa o cuando la maestra observa a su propio personaje?
— En mi caso, todo atraviesa todo. No hay compartimentos estancos. Cuando pinto, dialogo con la escena o con los personajes que estoy pintando; cuando actúo, me imagino la acción como si fuera pintura; cuando dirijo, pienso en capas, texturas, luces. El arte, al final, es un gran lienzo en 3D: se mueve, tiene sonido, respira. Y yo no puedo quedarme quieta mirando desde afuera. Necesito meterme, cuestionarme, hablar con lo que hago. Sobre todo, cuando pinto y cuando escribo, que son lenguajes donde dialogo muchísimo con el trazo, con la palabra, conmigo misma. Hablo sola, incluso. Dicen que es propio de artistas, de solitarios o de locos; no me atrevo a decir de genios, eso es otra conversación. Pero sí: dialogo permanentemente. Cuando escribo, cuando pinto, cuando actúo. Y en ese flujo todo se contamina, todo se atraviesa, y también nos dejamos atravesar por lo que estamos creando.
— En esta etapa de plenitud artística volvés a ocupar papeles protagónicos con una presencia que combina serenidad y fuego. ¿Cómo vivís ese protagonismo desde la madurez del oficio, cuando el arte ya no se persigue, sino que se respira?
—Esta etapa la vivo con libertad. Para algo tiene que servir la "fabuleza", ¿no? Nos pasamos media vida diciendo "no me importa lo que piensen los demás", pero recién en un momento casi siempre después de muchos golpes y muchas luces ese clic llega de verdad. Y cuando llega, lo sentís en el cuerpo: no me importa lo que digan los demás. Así, sin comillas. Hoy habito el protagonismo con alegría, con fe, con una confianza nueva. Siento que todavía voy a hacer muchas cosas más que las que ya hice. Y justamente esa serenidad, esa plenitud, esa libertad conquistada son el motor para seguir creando: obras más maduras, más honestas, tal vez mejores, y quién sabe... quizás incluso más artísticas.
—Tu pintura y tu escritura comparten algo esencial: una mirada introspectiva, casi ritual. ¿De qué manera esos lenguajes se filtran en tu proceso actoral? ¿Podríamos decir que cada personaje que interpretás es también una forma de autorretrato emocional?
—Creo que siempre estamos haciendo un autorretrato en todo lo que hacemos. Siempre se filtra algo de nosotros, incluso cuando intentamos evitarlo. Cuando pinto, me pinto; parte de mí queda ahí, en ese color o en esa forma. Lo mismo cuando escribo: algo mío aparece, me toca, me atraviesa. Y en la actuación esto es aún más evidente: es imposible no poner algo de uno mismo. Claro que hay personajes de los que te separás completamente, pero siempre existe un punto de contacto humano, una grieta por donde entrás o dejás que el personaje entre en vos. Queramos o no, siempre hay un pulso autorreferencial, una pequeña confesión emocional en cada rol que interpretamos.
—Como directora, escritora y docente, has formado y acompañado a nuevas generaciones de intérpretes. ¿Qué rasgos reconocés hoy en la escena paraguaya que te entusiasman y cuáles sentís que necesitan transformarse?
—En estos últimos años, con la formación de tantos jóvenes en distintas escuelas -ya sea desde lo teatral o lo audiovisual, desde la actuación o la creación-, empezó a pasar algo que me entusiasma muchísimo: la posibilidad de contar historias propias. Antes, si no traías un texto de afuera y lo adaptabas -aunque el material fuese espantoso, con tal de que los derechos estuvieran vencidos-, ya servía. Hoy no. Ahora las nuevas generaciones escriben desde su vivencia, desde su colectivo, desde su tribu, desde su generación. Cuentan lo que les toca, lo que les duele, lo que imaginan. Y creo que eso es lo mejor que nos está pasando en la escena paraguaya y en el audiovisual. Claro que falta mucho, muchísimo, pero partir de la base de que cada quien pueda narrar su propio mundo es un avance enorme y una transformación que ya no tiene vuelta atrás.
—En una entrevista afirmaste que, si no hay silla, inventás la tuya. ¿Qué significa hoy esa frase en términos de independencia creativa y de supervivencia simbólica dentro de una industria que todavía tiende a encasillar a las mujeres artistas?
—Cuando dije "si no hay silla, me invento la mía", hablaba de algo que hoy entiendo todavía con más claridad: el artista tiene un compromiso. Quienes ejercemos este oficio vivimos en una práctica constante, en una exploración que no descansa, y eso implica inventar caminos donde no existen. No conformarnos con la queja ni con ese discurso tan nuestro de "acá nunca se puede", "nadie hizo antes", "yo tampoco voy a poder". Nuestra obligación es otra: si no hay, lo inventamos. Si no me hacen lugar, me lo creo yo. No me van a dejar afuera solo porque el espacio no estaba pensado para mí. Y lo sigo creyendo: aún faltan inventarse muchas sillas para poder colarse en la mesa grande. Sobre todo, desde los colectivos, desde la diversidad, desde quienes nunca tuvieron un asiento reservado. A veces hay que hacer la silla, otras veces hay que hacer muchas... y otras, simplemente, hay que subirse a la mesa.
—Durante la época de La disputa y Ríos de fuego contaste una anécdota entrañable: unas chicas trans te reconocieron y corearon una frase icónica de la serie. ¿Cómo recordás ese momento y qué lectura hacés hoy de la representación del colectivo trans en el audiovisual paraguayo?
—La anécdota fue durante La disputa, la primera miniserie de ficción fuerte que hicimos allá por 1990. Era un sueño ser parte de ese equipo: Agustín Manzoni dirigiendo, Arturo Fleitas como compañero, y era un momento fundacional para el audiovisual paraguayo. Había mucha expectativa: ¿La gente lo entenderá?, ¿lo verá?, ¿nos acompañará? Y un día, volviendo a casa en el Ford Fairmont de mi papá, doblamos por una esquina donde siempre estaban las chicas trans. Ellas eran parte del paisaje, de la risa, de la noche. Y de repente una me mira, me señala y grita la frase que mi personaje decía en la serie: "¡Salí de mi cuarto!". Todas las demás se dieron vuelta al mismo tiempo y repitieron el grito. Mi papá frenó despacito, se rio y dijo: "Bueno... ahora sí, triunfaste". Pienso mucho en eso cuando miro la representación de la diversidad hoy. Porque justamente ahí siento que todavía estamos en deuda. En los cortos hay más espacio para historias del colectivo, pero en los largometrajes, en lo que más circula, falta muchísimo. Seguimos contando demasiadas historias desde el protagonista varón, con la mujer como acompañante. Faltan historias de mujeres, y faltan -y duelen- las historias del colectivo trans contadas desde su humanidad. Hay tanto por narrar. Falta, falta.
—Tu historia también está marcada por un linaje artístico. ¿Cómo influye ese legado en tu manera de crear? ¿Qué significa pertenecer a una genealogía de arte y seguir reinventándola?
—Con los años una empieza a sentir que siempre está haciendo un homenaje a su familia. Durante mucho tiempo pensé que ese homenaje iba dirigido a mi papá. La actuación era mi rebeldía. Y, sin embargo, entendí que el homenaje verdadero era para mi mamá. Mi papá era el artista visible, pero mi mamá era la fuerza. Podía haber estado donde quisiera y, aun así, eligió estar con el artista, sostenerlo, apuntalarlo. Sin ella, él no hubiese existido como tal. Ese linaje me atraviesa. Heredé la sensibilidad de él y la fortaleza de ella. Si hoy puedo crear, es gracias a esa mezcla. En cada cosa que hago hay un pedacito de ese homenaje.
—Si tuvieras que condensar tu búsqueda actual en una sola palabra -una especie de manifiesto íntimo-, ¿cuál sería y por qué?
—Hay una palabra que me aparece con fuerza: reconto. Reconto como recordar y revisar, pero también como volver a contar lo vivido y lo no vivido aún para darle sentido. Reconto como semilla: contar para seguir, para dejar algo a otros. Es un reconto de mis padres, de todas las Alicias que fui, de mi familia paraguaya, de mis afectos. Es tiempo, memoria, transformación. Pero no desde la nostalgia, sino como energía para avanzar. Mi búsqueda hoy es eso: un reconto vivo, que respira y que todavía quiere seguir contándose.
—Solo por unos días marcó tu regreso a la ficción televisiva. ¿Qué significó esta serie en lo emocional, lo profesional y lo simbólico?
—Cuando pienso en Solo por unos días, la primera palabra que me aparece es "revancha". No de venganza, sino de volver a empezar. Hacía casi veinte años que no hacía ficción, y cada vez que parecía que arrancábamos, los procesos se cortaban. Esta serie me devolvió una fe que necesitaba: la sensación de que podemos arrancar otra vez. Para mí es uno de los rayos de la rueda: sin esos rayos, la rueda no existe. Necesitamos muchos para que gire. En lo personal, fue de lo más bonito que me pasó en años. El proceso, la familia que se arma, el disfrute diario. Estoy profundamente agradecida.
—¿Qué le dirías a quienes hoy sueñan con dedicarse a actuar, escribir o crear, y se enfrentan al "no"?
—Si realmente amás esto, si sentís ese fuego, ese impulso es tu motor. No necesitás certezas cuando ya tenés esa fe íntima de que, si no hacés arte, algo en vos se muere. Vivimos una transformación enorme. Ya no existe lo seguro. La creatividad siempre encuentra su lugar.
Dedicate a lo que amás. Ese deseo puede ser lo que el mundo necesite. Tenete fe. Cuando caminás desde tu pasión, el camino aparece. Siempre aparece.
Escuchar a Alicia Guerra es acompañar un pensamiento en movimiento, un reconto que se despliega mientras habla. Ella encarna una forma de resistencia y de belleza: la del artista que inventa caminos, que se rehace, que honra la memoria y sigue avanzando. Su presencia en Solo por unos días confirmó algo esencial: la madurez también es una forma de libertad. Y en esa libertad, Alicia sigue creando en escena, en un lienzo, en la palabra, como quien escribe una historia que todavía quiere contarse.
* Manu Portillo es actor, productor y comunicador.