Valdovinos huye y abre incertidumbre sobre rumbo económico
La salida de Carlos Fernández Valdovinos del Ministerio de Economía y Finanzas no cierra un ciclo de éxitos, sino que abre una etapa de incertidumbre en el corazón mismo del modelo económico de Santiago Peña: el ministro que defendió hasta el final la solidez macroeconómica, el ajuste fiscal y la reforma de la Caja Fiscal deja el cargo cuando el Gobierno arrastra deudas millonarias, reconoce una "economía de guerra" y ya no logra sostener sin fisuras el contraste entre las estadísticas y la realidad cotidiana de la ciudadanía.
La historia de la salida
El nombre correcto del ahora exministro es Carlos Fernández Valdovinos. Su salida fue oficializada este martes 31 de marzo de 2026 por el Poder Ejecutivo mediante el Decreto Nº 5706, que aceptó su renuncia y designó como ministro interino a Juan José Galeano Paredes, hasta ahora asesor económico de la Presidencia. En la versión oficial, el cambio se enmarca en una "nueva etapa" del gobierno orientada a consolidar el crecimiento y fortalecer la eficiencia del Estado. Sin embargo, en el plano político la lectura fue mucho menos amable: varios reportes señalaron que fue Santiago Peña quien decidió apartarlo, en medio del desgaste que ya venía acumulándose desde hace semanas.
Ese detalle no es menor. Formalmente, el decreto habla de renuncia aceptada. Pero públicamente, la propia comunicación política del Gobierno presentó la movida como una decisión presidencial dentro del "segundo tiempo" de la administración. Esa dualidad deja al descubierto que la salida no parece responder a una partida serena ni a una misión simplemente concluida, sino a una ruptura forzada por el desgaste fiscal, la presión política y el costo que empezó a tener el sinceramiento brutal que implicó la frase "economía de guerra". Eso es una inferencia, pero está respaldada por la secuencia de hechos: primero se habló de ajuste drástico, luego se multiplicaron los cuestionamientos por la falta de liquidez y finalmente llegó el relevo.
Del blindaje a la caída
Hace apenas dos semanas, Fernández Valdovinos había negado que fuera a renunciar. Dijo que sería "una incoherencia" apartarse del cargo mientras seguía al frente de un plan de ajuste fiscal y de una reforma estructural como la de la Caja Fiscal. También insistió en que el cinturón debía ajustarse dentro del Estado porque "al país le va bien, al fisco no", una frase que buscó separar la macroeconomía del problema de caja del Tesoro. Ese intento de contener la crisis le dio algo de aire momentáneo, pero terminó agravando el daño político porque dejó expuesto que, detrás del discurso de estabilidad, el Gobierno enfrentaba una restricción severa de recursos.
La contradicción fue evidente. El mismo ministro que en marzo todavía defendía su permanencia porque estaba empujando reformas de largo plazo terminó fuera del cargo apenas días después de que la reforma de la Caja Fiscal se convirtiera en ley. La Ley Nº 7633 fue sancionada el 17 de marzo y promulgada el 18 de marzo. Es decir, la pieza central que él había presentado como un motivo para no irse quedó aprobada y casi de inmediato se consumó su salida.
El gran arquitecto de la ortodoxia fiscal
Fernández Valdovinos no era un ministro cualquiera. Fue uno de los hombres clave del proyecto de Peña desde el arranque del gobierno y uno de los rostros más visibles de la promesa de orden macroeconómico. Bajo esa conducción, Paraguay consiguió dos hitos que el oficialismo exhibió como pruebas de credibilidad: Moody's otorgó el grado de inversión en julio de 2024 y Standard & Poor's elevó la nota soberana a BBB- en diciembre de 2025, con lo que el país pasó a tener grado de inversión con dos de las tres grandes calificadoras.
Ese logro, sin embargo, nunca alcanzó por sí solo para ordenar el frente interno. El Gobierno siguió usando esos reconocimientos como respaldo de su narrativa de éxito, junto con otros datos oficiales recientes: inflación anual de 3,1% en 2025, crecimiento del PIB de 6,6% en 2025 según el reporte difundido por el Banco Central, y una tasa de pobreza monetaria total de 16,0% en 2025 según el INE. Son números potentes en el papel y explican por qué Valdovinos siguió defendiendo hasta último momento la fortaleza de la macroeconomía.
Pero la política no terminó discutiéndose en el terreno de la planilla Excel. Incluso pocos días antes de caer, el exministro salió a defenderse de las críticas que señalaban que el Gobierno podía ser exitoso en la macro y fallido en la micro. El propio debate público ya giraba sobre esa fractura: crecimiento, inflación y pobreza mostraban una foto favorable en los indicadores, mientras el malestar social seguía anclado en el costo de vida, el bolsillo y la sensación de que esa mejoría no llegaba de manera tangible al ciudadano común.
La economía de guerra que terminó devorándolo
El punto de quiebre fue cuando Fernández Valdovinos decidió sincerar la situación fiscal y habló abiertamente de una "economía de guerra". El Gobierno explicó ese giro por una menor disponibilidad de recursos causada por un tipo de cambio del dólar inferior al previsto en el Presupuesto y por una desaceleración en el crecimiento de la recaudación tributaria. El propio MEF informó después que al segundo mes de 2026 el déficit fiscal acumulado era de 0,5% del PIB y que los ingresos totales habían caído 5,1%, mientras la recaudación tributaria se contrajo 1,2%.
Ahí se quebró el discurso. Porque una cosa es celebrar el grado de inversión, el crecimiento y la baja inflación; otra muy distinta es admitir que el Estado entró en modo de supervivencia, con recortes, priorización extrema del gasto y caja insuficiente para atender todos los compromisos. La frase "economía de guerra" funcionó como una confesión política: mostró que el Gobierno no estaba administrando abundancia, sino escasez. Y esa confesión terminó golpeando directamente al ministro que la pronunció.
Las deudas que dejaron al descubierto la crisis
El principal agujero del modelo apareció en la deuda con proveedores del Estado. En el sector de la construcción, gremios empresariales denunciaron que la deuda por obras públicas ronda los USD 360 millones y advirtieron que nunca antes se había llegado a un nivel semejante de atraso con contratistas. En el rubro de salud, la deuda con proveedores fue reportada en USD 1.027 millones al corte de marzo, aunque en algunas instancias legislativas y gremiales se habló incluso de montos mayores al incorporar otros servicios e intereses.
A eso se sumaron los atrasos vinculados al programa Hambre Cero. El Gobierno realizó desembolsos parciales a proveedoras en febrero, pero los reportes indicaron que la deuda seguía creciendo y que solo el funcionamiento mensual del programa demandaba unos USD 35 millones, con un ritmo de acumulación de pasivos de alrededor de USD 1,7 millones diarios según empresarias del sector.
En otras palabras, el ministro que fue presentado como garante del equilibrio dejó detrás una administración obligada a patear pagos, negociar factorajes, priorizar urgencias y convivir con un empresariado cada vez más asfixiado. Desde el punto de vista político, eso destruyó la idea de que el ajuste era simplemente una herramienta técnica para cuidar las cuentas. Empezó a verse, más bien, como una estrategia para preservar la foto fiscal aunque eso implicara trasladar el costo financiero a constructoras, farmacéuticas y otros proveedores. Esa lectura crítica aparece de manera explícita en análisis y reacciones publicadas este mismo martes.
La Caja Fiscal, victoria insuficiente
Si hubo una bandera que Fernández Valdovinos defendió hasta el final fue la reforma de la Caja Fiscal. La nueva ley elevó el aporte estatal al 10%, mantuvo el 16% para sectores superavitarios y fijó el 19% para sectores deficitarios, además de introducir nuevos criterios de edad y años de servicio para distintos regímenes. El Gobierno la vendió como una medida indispensable para la sostenibilidad previsional.
Sin embargo, ni siquiera esa victoria legislativa consiguió salvarlo. La reforma fue aprobada en medio de fuertes tensiones con el Congreso, de críticas contra el propio ministro y de acusaciones de que el Ejecutivo tuvo que ceder por "realidades políticas". El hecho de que Valdovinos saliera apenas después de esa sanción deja una señal clara: la ley podrá haber sido su último triunfo administrativo, pero no alcanzó para recomponer su autoridad política ni para tapar el desgaste que ya había provocado la falta de liquidez.
Qué deja su salida en el gobierno de Peña
La renuncia de Fernández Valdovinos golpea a Peña en dos planos. Primero, porque se va uno de los ministros más emblemáticos del gabinete, uno de los pocos con peso técnico propio y proyección internacional. Segundo, porque cae justamente el funcionario que encarnaba la promesa de orden, disciplina y racionalidad económica. Si hasta el ministro estrella abandona el barco en medio de deudas, ajuste y crisis de caja, el relato de control empieza a resquebrajarse de forma mucho más visible.
Además, la salida ocurre en un contexto de otros cambios dentro del Ejecutivo, presentados como parte del "segundo tiempo" del gobierno. Eso puede ser leído como reconfiguración política, pero también como un intento de Peña de administrar el costo de una gestión que ya muestra señales de fatiga en varias áreas.
Qué puede pasar ahora con la conducción económica
En el corto plazo, todo indica que no habrá un volantazo brusco. El interino Juan José Galeano viene del riñón de la Presidencia y su nombramiento sugiere continuidad antes que ruptura. La propia señal oficial insiste en que el objetivo sigue siendo consolidar el crecimiento y fortalecer la eficiencia del Estado. Por eso, la hipótesis más fuerte es que el Gobierno intentará preservar las anclas macroeconómicas que le dieron reputación ante los mercados y las calificadoras: disciplina fiscal, defensa del grado de inversión y continuidad del discurso de estabilidad.
Pero continuidad no significa tranquilidad. El próximo conductor económico tendrá que resolver rápido al menos cuatro frentes: recomponer caja, desactivar la bomba de deuda con proveedores, sostener la implementación de la reforma de la Caja Fiscal y evitar que la crisis de liquidez termine contaminando más al resto del gabinete. Si no logra mostrar pagos, hoja de ruta y margen de maniobra, el problema dejará de ser solo del MEF y pasará a ser una crisis política integral del gobierno. Esta es una proyección razonada a partir de la situación actual de ingresos, déficit y pasivos acumulados.
También habrá que mirar la relación con el sector privado. Las deudas con constructoras y farmacéuticas ya no son una molestia administrativa; se convirtieron en un test sobre la credibilidad del Estado como pagador. Y cuando un gobierno consigue grado de inversión, pero al mismo tiempo deja que crezca la percepción de que no honra a tiempo sus compromisos internos, empieza a convivir con una contradicción peligrosa.

