Precariedad sanitaria en Ineram
La denuncia del neumólogo y exministro de Salud Carlos Morínigo, que mostró platos casi vacíos y reveló que en el principal hospital respiratorio del país no hay leche para los pacientes, dejó al descubierto una precariedad alimentaria incompatible con cualquier noción de salud pública. La reacción fue inmediata: promesas de regularización, disculpas oficiales y llegada apurada de insumos. Pero el golpe ya está dado: el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias y del Ambiente Prof. Dr. Juan Max Boettner (Ineram) aparece hoy como símbolo de un sistema que obliga a enfermos graves a resignarse al hambre mientras el Estado mira para otro lado.
Ineram, un hospital de alta complejidad con pacientes en la miseria
El Ineram no es cualquier hospital: es el centro de referencia nacional en enfermedades respiratorias, con pacientes con tuberculosis, cuadros crónicos severos y personas extremadamente debilitadas que requieren una alimentación adecuada como parte del tratamiento, no como un extra.
Según relató el propio Morínigo en sus redes, muchos pacientes llegan con hambre, miedo y, en no pocos casos, sin apoyo familiar. Dependen del hospital para todo: medicamentos, contención y comida. Justamente sobre ese último punto se encendió la alarma: el médico expuso que el Ineram se quedó sin leche y que a personas que necesitan proteínas para recuperarse se les está ofreciendo apenas cocido negro y raciones insuficientes, con platos que parecen sobra.
La denuncia que estalló en redes: platos vacíos y comida para chancho
La imagen que detonó la indignación pública fue brutal en su simpleza: una bandeja con fideos y apenas unas láminas de zanahoria, presentada como comida para pacientes internados en el hospital de referencia respiratoria del país.
A partir de esa publicación, Morínigo describió un cuadro que va mucho más allá de un problema puntual de stock: habló de una precariedad alimentaria que golpea de lleno al servicio, de pacientes que le dicen que tienen hambre y de un nivel de resignación que ya naturaliza que por lo menos algo hay. Señaló que la comida servida es pobre en cantidad y en calidad, y llegó a calificarla como comida para chancho, una frase que rápidamente se viralizó y que sintetiza el nivel de indignidad que denuncia dentro del hospital.
Denuncia Precariedad sanitaria en Ineram
El médico insistió en un concepto que desmonta el discurso oficial: el tratamiento no es solo antibiótico. Es nutrición, calor humano y respeto. Y si el Estado falla en algo tan básico como alimentar dignamente a sus enfermos más frágiles, el mensaje es claro: la vida de esos pacientes vale poco para quienes manejan el presupuesto.
Lo que dijo Morínigo: prioridades políticas, hospitales de primera y de cuarta
El reclamo del neumólogo no se limitó a la cocina del hospital. Fue directamente al corazón de la agenda política y presupuestaria. En sus mensajes cuestionó que, mientras adentro del Ineram falta leche y la comida es indigna, afuera el Gobierno organiza actos, discursos, luces y celebraciones, incluso con financiamiento de Itaipú para eventos festivos de fin de año.
Morínigo denunció que existen hospitales de primera y de cuarta, interpelando la inequidad en la asignación de recursos. En paralelo, parte del personal de blanco se ve obligado a poner de su propio bolsillo para comprar insumos básicos, un síntoma extremo de un sistema que descarga su fracaso sobre quienes están en la primera línea.
El médico también advirtió sobre el costo del silencio: reconoció que su denuncia puede traerle problemas, pero sostuvo que callar frente a esta realidad mata tanto como la enfermedad. Con esa frase, puso sobre la mesa algo que el sistema sanitario suele barrer bajo la alfombra: el miedo de los propios trabajadores a denunciar carencias por temor a represalias administrativas o políticas.
La respuesta oficial: disculpas públicas, licitaciones desiertas y soluciones de urgencia
La avalancha de reacciones obligó a la dirección del Ineram a salir a hablar en cuestión de horas. El director del hospital, Felipe González, reconoció públicamente que la foto del plato difundido por Morínigo no se puede justificar, pidió perdón y asumió la responsabilidad por la situación, aunque la atribuyó a retrasos administrativos, licitaciones desiertas y problemas con oferentes que no se presentaron.
Casi en simultáneo, desde el hospital y desde el Ministerio se informó que los insumos alimentarios comenzaron a llegar después de la denuncia y que la provisión se estaba regularizando con el envío de leche y otros productos. El propio director admitió que, en el camino, rubros destinados al alimento de los pacientes del Ineram fueron tocados desde el nivel central para cubrir necesidades en otros hospitales.
Esa secuencia —escándalo en redes, presión mediática, disculpas, llegada apurada de insumos— revela un patrón peligroso: la gestión de lo básico no funciona preventivamente, solo reacciona cuando la indignación se vuelve pública. Y mientras la respuesta se arma a los apurones, los pacientes ya pasaron días, semanas o meses recibiendo comida precaria o directamente insuficiente.
Del Ineram a Ingavi: un sistema que repite la misma historia con la comida
Lo que pasa hoy en el Ineram no es un episodio aislado. Las denuncias por alimentos en mal estado, raciones miserables o falta total de provisión se vienen repitiendo en distintos puntos del sistema público y previsional. En el Hospital Ingavi del IPS, por ejemplo, funcionarios y asegurados denunciaron la llegada de comida en estado deplorable, incluso con gusanos, pese a contratos millonarios para el servicio de alimentación.
En otros momentos, hospitales regionales también quedaron sin provisión de alimentos, obligando a suspender viandas o a depender de donaciones para alimentar a internados. En los programas de almuerzo escolar, distintos distritos reportaron bandejas con gusanos o alimentos en condiciones no aptas para consumo.
El patrón es el mismo: contratos y licitaciones que se anuncian como grandes soluciones, empresas que fallan, controles que no actúan a tiempo y una institucionalidad que solo se mueve cuando el escándalo estalla en redes. En el medio, siempre los mismos perjudicados: niños, personas pobres, enfermos crónicos, pacientes internados.
El eco político: el caso llegó a Diputados, pero la deuda con los pacientes sigue
La potencia del reclamo de Morínigo fue tal que ya llegó al plano político. Un diputado pidió convocarlo al Congreso para que explique en comisión la situación del Ineram y la precariedad alimentaria de sus pacientes. Al mismo tiempo, el médico volvió a cuestionar que el Gobierno priorice eventos festivos financiados por Itaipú mientras en el hospital no hay ni coquito ni leche para los enfermos.
Esa contradicción —luces, shows y marketing político afuera; platos casi vacíos adentro— es hoy el corazón del conflicto. La crisis del Ineram obliga a preguntarse en serio dónde se están poniendo los recursos, quién decide las prioridades y por qué nadie vio o quiso ver que el hospital respiratorio de referencia del país estaba retrocediendo al punto de no poder garantizar un vaso de leche.
Más que una denuncia, una radiografía del Estado
La publicación de Morínigo no es solo un grito individual. Es una radiografía incómoda del Estado paraguayo en su versión más descarnada: un sistema que deja a pacientes con tuberculosis pidiendo comida, a médicos juntando plata para comprar insumos, a directores atajando licitaciones mal diseñadas y a la política celebrando afuera mientras adentro se cocina la resignación.
Si después del escándalo el Ineram vuelve a tener leche, puchero y menús mínimamente dignos, no será una victoria: será apenas una corrección forzada por la vergüenza pública. La verdadera medida de cambio será que ningún hospital vuelva a depender de un post en Facebook para que el Estado cumpla con lo más básico: que nadie pase hambre en una cama de hospital.
Hasta que eso no ocurra, la denuncia de Morínigo seguirá siendo, más que una noticia del día, un acta de acusación contra toda la estructura que permitió que el principal hospital respiratorio del país terminara alimentando a sus pacientes con lo que él mismo describió como comida para chancho.


