El encuentro era más que un saludo protocolar: representaba, para Peña, la concreción de un deseo largamente acariciado, pero que hasta ahora había estado teñido de polémica y decepción.
La base para este momento está marcada por lo ocurrido a inicios de este año. Peña anunció con bombos y platillos que había recibido una invitación oficial para estar presente en la asunción de Trump, una ceremonia de investidura que la Casa Blanca celebró en el Capitolio. Incluso se declaró que esa invitación era histórica para Paraguay. Pero meses más tarde salió a la luz que esa invitación nunca había venido directamente del comité organizador del evento ni de la Casa Blanca. Sólo algunos mandatarios latinoamericanos, como Javier Milei de Argentina o Nayib Bukele de El Salvador, sí aparecían en la lista oficial.
Se confirmó que la invitación extendida a Peña correspondía, en realidad, al cupo de un congresista estadounidense, quien lo había incluido entre los invitados a la ceremonia, pero sin garantizarle ingreso al recinto principal del acto. Ante las críticas y burlas que surgieron, el gobierno intentó mitigar el impacto argumentando que el cambio climático en Washington obligó a trasladar el evento al interior del Capitolio, reduciendo el espacio para invitados, y que ese fue el motivo por el cual Peña quedó excluido del acto central. El episodio fue calificado como un papelón internacional.
Esa experiencia dejó para Peña una espina diplomática: viajar con expectativas de un acto de primer nivel, diseñar rutas de inversores y reuniones paralelas, y luego descubrir que su presencia oficial no estaba contemplada en el protocolo central.