Invitado como miembro fundador del nuevo "Board of Peace" impulsado por Donald Trump, Santiago Peña se mostró en Davos como un presidente que quiere jugar en ligas mayores: firmó el acta, habló de paz y consensos, empujó temas regionales como Venezuela y, en paralelo, vendió a Paraguay como plaza confiable para inversión y energía limpia.
Un asiento en primera fila: la invitación de Trump y la firma que puso a Paraguay en la foto
En Davos, en pleno Foro Económico Mundial, Santiago Peña apareció en un escenario donde cada gesto se lee como señal política. No fue un viaje más: el presidente participó de la ceremonia de constitución de la llamada "Junta por la Paz" (Board of Peace), una iniciativa promovida por Donald Trump, que se presentó como un mecanismo internacional con foco inicial en el alto el fuego y la reconstrucción en Gaza, pero con ambición declarada de proyectarse a otras crisis globales.
Peña llegó a ese acto con el valor agregado —para consumo interno y externo— de haber sido invitado de manera especial por Trump y de firmar como "miembro fundador", compartiendo espacio con una lista acotada de mandatarios y representantes de países que, por afinidad política o interés estratégico, se alinearon a la nueva plataforma. En su mensaje público, el propio presidente paraguayo definió esa participación como un "honor profundo" y celebró la apertura de un espacio para "volver a poner la paz en el centro de la agenda mundial".
Qué es la "Junta por la Paz" y por qué genera ruido
La propuesta lanzada por Trump se presentó con tono grandilocuente: un organismo para destrabar conflictos, acelerar reconstrucciones y mostrar resultados donde —según el relato de sus impulsores— los mecanismos tradicionales vienen quedando cortos. Ese marco es, justamente, el que hace que la iniciativa despierte sospechas y preguntas incómodas: su diseño, su financiamiento, su legitimidad y su eventual relación (o competencia) con estructuras multilaterales ya existentes.
En Davos se habló, además, de requisitos y condiciones que dejaron a varias capitales mirando de reojo. En ese clima, la presencia de Peña tuvo doble filo: por un lado, lo proyecta como actor que "está" donde se cocina la conversación mundial; por otro, lo ata a una apuesta geopolítica que todavía no muestra reglas claras, alcances definitivos ni un consenso amplio entre potencias y aliados tradicionales.
Lo que dijo Peña: diálogo, consensos y el intento de meter a Venezuela en la agenda
En sus declaraciones posteriores a la firma, Peña insistió en una línea discursiva que busca acomodar a Paraguay en un lugar "presentable" dentro del tablero: principios firmes, apuesta por el diálogo y construcción de consensos. Bajo esa fórmula, el presidente procuró despegar la participación paraguaya de una adhesión ciega y venderla como presencia responsable en un espacio de negociación internacional.
Pero no se quedó solo en lo abstracto. Peña empujó una idea concreta: que la Junta incorpore el caso Venezuela en su programa de trabajo. El planteo apunta a instalar que la crisis venezolana —aunque no encaje en el molde clásico de conflicto armado— tiene impacto humanitario, migratorio y político suficiente como para ser tratada en una instancia que dice querer abordar los grandes focos de inestabilidad del planeta.
Ese movimiento es, también, un mensaje regional: Paraguay busca recuperar volumen diplomático, marcar postura en un tema donde históricamente sostuvo una posición dura, y aprovechar un micrófono global para colocar un asunto latinoamericano entre guerras, crisis energéticas y reacomodos de poder.
Davos por fuera de la "Junta": energía limpia, inversiones y el "pitch" de Paraguay
El viaje tuvo una segunda capa: la agenda económica. Peña participó de un conversatorio centrado en movilizar inversión en energía limpia para economías emergentes y en desarrollo, un terreno donde Paraguay suele presentarse con ventaja comparativa por su matriz energética y su potencial para atraer proyectos industriales y tecnológicos que buscan electricidad competitiva y "limpia".
En paralelo, el presidente desplegó reuniones orientadas a reforzar la narrativa de estabilidad y confiabilidad. En un encuentro de trabajo con autoridades del BID, la conversación giró sobre desempeño macroeconómico, agenda de desarrollo apalancada por el sector privado y proyectos estratégicos, además de una hoja de ruta política: capitalizar la presidencia pro tempore del Mercosur para empujar los próximos pasos del acuerdo Mercosur-Unión Europea, con el BID ofreciendo acompañamiento técnico y de articulación.
La señal que buscó emitir Peña es nítida: mientras se sienta en la mesa política con Trump, también muestra carpeta económica, contactos financieros y mensajes para inversores. Es el "doble carril" típico de Davos: política dura para las cámaras y, en paralelo, lobby económico en salas cerradas.



