La década de 1940 fue traumática para el mundo. Los hechos son bien conocidos: el planeta se incendiaba en todos sus confines con la Segunda Guerra Mundial; la geopolítica, la economía y el poder mutaban, reemplazando actores e ideas. Si bien Paraguay no fue absorbido directamente por esa conflagración, en el campo de las ideas no salió indemne: los derroteros adoptados en esos años influirían decisivamente en su devenir.
No era para menos. El liberalismo atravesaba una profunda crisis tras el golpe recibido en 1929, y además enfrentaba la fuerte competencia ideológica surgida con la implantación del comunismo en Rusia a partir de 1917. Entre ambos extremos emergió el fascismo como una tercera vía que, en teoría, se presentaba como intermedia, aunque después de 1940 demostraría ser aún más radical.
Paraguay no fue ajeno a ese contexto. El fin de la Guerra del Chaco, en 1935, y la consecuente desmovilización de tropas sin previsión social alguna tuvieron efectos inmediatos. En febrero de 1936 estalló la revolución que inauguró una nueva fase: la del militarismo moderno, bajo el liderazgo de un héroe de guerra, el coronel Rafael Franco.
La experiencia política del coronel Franco agotó el ciclo de polarización del bipartidismo tradicional. Aunque fue derrocado en 1937, la semilla había sido plantada. Poco después, el general José Félix Estigarribia retomaría esa posta.
El país iniciaba un nuevo sistema político, aún bajo el marco constitucional de 1870, ya desfasado para la época y heredado de la posguerra de la Triple Alianza. No tardó el presidente Estigarribia en señalar que aquella Constitución decimonónica era fuente de conflictos y debilidad institucional, debido a la competencia ininterrumpida por el control del gobierno entre los partidos políticos. En julio de 1940 fue derogada y sustituida por la nueva Carta Política de 1940, cuyo preámbulo declaraba la caducidad de la Constitución de 1870 y redefinía las atribuciones del Poder Ejecutivo:
"Esa Carta ya no puede ser la de 1870, porque debe responder a nuevas necesidades, a nuevas doctrinas, a nuevos hechos y también a una concepción más nueva del Estado. El Gobierno se halla en el deber de señalar el derrotero de su labor pacificadora y constructiva..."
La repentina y trágica muerte de Estigarribia, apenas dos meses después de la promulgación de la nueva Constitución, impidió que fuera él mismo quien la implementara. La responsabilidad recayó en su sucesor, el general Higinio Morínigo, militar del Chaco, cercano a Estigarribia, institucionalista y apolítico en su formación.
Convencido de la necesidad de adecuar el país a los nuevos tiempos, Morínigo expresó el 6 de enero de 1942:
"Guerra a los trapos de color. Esa casta maldita dejó en nuestra tierra una semilla cuyos frutos han cuajado en nuestra miseria, nuestro atraso y nuestra ignorancia: la semilla del partidismo que dividió a los hijos de la madre común en dos bandos irreconciliables..."
Expresiones contundentes que reflejaban su pensamiento político y la coyuntura del momento.
En esa línea, se distanció de los partidos tradicionales y confió las altas funciones del Estado a los llamados "tiempistas", un círculo de intelectuales conservadores y antiliberales vinculados al diario El Tiempo. Entre ellos figuraban Sigfrido Gross Brown, Luis A. Argaña, Carlos Andrada y Aníbal Delmás, entre otros. Gobernó con este grupo hasta 1946, cuando la presión de los partidos hizo insostenible su continuidad.
Las tensiones internas, la proscripción de sectores políticos, el exilio de dirigentes y las dificultades económicas fueron erosionando la presidencia hasta desembocar en la revolución de 1947. El Partido Colorado quedó como único aliado político del gobierno, mientras que liberales, febreristas y comunistas se alinearon en la oposición.
La guerra civil fue cruenta y fratricida. Generó una nueva diáspora, familias enlutadas y el ostracismo de numerosos actores políticos y militares. En el plano militar venció el sector gubernista, lo que mantuvo formalmente a Morínigo en la Presidencia. Pero políticamente estaba aislado. Los verdaderos beneficiarios fueron los colorados, que no tardaron en reclamar la conducción nacional y el retorno pleno al poder, del que estaban alejados desde 1904.
El 3 de junio de 1948, Morínigo fue forzado a renunciar antes del plazo previsto. Asumió interinamente Juan Manuel Frutos, presidente de la Corte Suprema de Justicia, quien entregó la banda presidencial al presidente electo Natalicio González en agosto de ese año.
Sin embargo, dentro del Partido Colorado coexistían dos facciones ideológicamente enfrentadas: los "Guiones Rojos", de raíz nacionalista y popular, identificados con el pynandi vencedor de la revolución, y los "Democráticos", de formación más liberal y urbana. La tensión era inevitable.
Desde antes de asumir, Natalicio González enfrentaba conspiraciones internas. En octubre de 1948, el coronel Carlos Montanaro encabezó un intento de golpe con apoyo del entonces teniente coronel Alfredo Stroessner. El levantamiento fracasó gracias a la intervención del regimiento de caballería comandado por el general Raimundo Rolón.
Pero la conspiración no cesó. El 30 de enero de 1949, aislado políticamente, Natalicio González renunció ante la Cámara de Representantes.
Ante la vacancia, surgió como figura de consenso el general Raimundo Rolón Villasanti, ministro de Guerra y Marina, héroe del Chaco y hombre de reconocida trayectoria institucional. Asumió la Presidencia ese mismo día.
Rolón anunció de inmediato dos decisiones que marcarían su breve mandato: convocar a elecciones en un plazo de sesenta días y permitir el retorno de los exiliados. Además, se negó a indultar a los militares involucrados en el levantamiento de octubre de 1948.
Esa posición selló su destino político. El 26 de febrero de 1949 —apenas veintisiete días después de asumir— fue destituido. Felipe Molas López asumió la Presidencia, acompañado por figuras como Epifanio Méndez Fleitas y Liberato Rodríguez. Los oficiales insurrectos fueron reincorporados y Stroessner reasumió el comando de la artillería.
Así concluyó el "febrero más corto": un gobierno fugaz que intentó restablecer reglas institucionales en medio de una cultura política dominada por la conspiración. Las decisiones tomadas en esos años terminaron de encauzar el destino del país, torciendo una vez más su rumbo.