El plebiscito soberano

El plebiscito soberano

Por Alan L. Redick

El Paraguay no tiene una democracia. La Constitución de 1992 se ha confeccionado de modo a blanquear y a dar inmunidad a los próceres de la “democracia” ('democracia' donde no tiene poder el pueblo); más adelante, una serie de políticos inescrupulosos tomaron ventajas de esta constitución hasta llegar a estos días, donde ni la misma constitución se ha respetado, y mucho menos la voluntad popular.

El ejercicio del poder necesita de un sistema de balance que asegure que no existan excesos; sin embargo, tanto en el ejecutivo como en el legislativo y el judicial, vemos que ese balance no existe. Cada uno hace lo que se le antoja y todos son intocables. El pueblo está condenado a elegir lo que se les presenta cada cinco años y aguantarse lo que sea.

La única vía que tienen los comunes, ya que no tienen representantes que los representen, es manifestarse escrachando o resignarse. Ha sido quizás el más ignorante de los parlamentarios, Carlos Portillo, el que brillantemente ha denotado la realidad en la que vivimos, donde están “ellos” (los políticos privilegiados o 'privados de leyes') y nosotros, a quienes Portillo nos definió como “los comunes”.

No puede ser que los comunes votemos a un presidente que luego traicione todos los principios por los que ha sido votado y tengamos que aguantarlo por años. No puede ser que existan ministros de la Corte que sean vitalicios y que hagan lo que se les antoje porque es imposible removerlos ya que sencillamente tranzan con los parlamentarios. No puede ser que tengamos parlamentarios como Rodolfo Friedmann, Zacarias Irún y Sixto Pereira, que sean intocables. No puede ser que se puedan promulgar leyes contra los intereses del pueblo sin que el pueblo tenga una forma de defenderse.

El pueblo debe ser soberano, no los políticos corruptos. Sí, es bueno que exista una Constitución Nacional o Carta Magna que proteja a las minorías del pueblo, pero es necesario que el pueblo tenga al menos una herramienta sencilla con la que pueda protegerse de los malos gobernantes y de las leyes en su contra. Un orden democrático así podría corregir varios de los problemas que tenemos, ya que nuestro sistema actual ya ha rebasado los límites de la vergüenza y nadie tiene miedo de nada pues no hay un órgano rector al que deban temer. Todo se arregla entre ellos con algún pacto de concordia.

Enmienda constitucional

Existe un miedo, no sin fundamentos, de la población con respecto a tocar la Constitución. Justamente, nadie se fía más de la clase política y se mira con sospecha cualquier intento de cambio, pues se sabe que solo es para responder a intereses sectarios y personales.

Según el Art. 290 de nuestra constitución solo hacen falta 30 mil firmas para una petición de enmienda. El texto reza: “...podrán realizarse enmiendas a iniciativa de la cuarta parte de los legisladores de cualquiera de las Cámaras del Congreso, del Presidente de la República o de treinta mil electores, en petición firmada”. Con 30 mil ciudadanos estamos facultados para pedir una enmienda.

“El texto íntegro de la enmienda deberá ser aprobado por mayoría absoluta en la Cámara de origen”. Pero, según estas letras, si no se origina en una de las cámaras deberá pasar directamente al Tribunal Superior de Justicia Electoral para que en el plazo de 180 días convoque a un referéndum. “Si el resultado de este es afirmativo, la enmienda quedará sancionada y promulgada, incorporándose al texto constitucional”.

Es decir, solo se agregaría un artículo sin que tenga que modificarse el resto.

En el Paraguay, en sus más de tres décadas de antidemocracia no se ha hecho un simple referéndum. Está claro que el referéndum en esta constitución es simplemente ornamental, ya que no tiene que ser vinculante necesariamente; es decir, no necesariamente deben hacer caso del resultado, puede ser simplemente una consulta, una referencia.

De darse, esta sería la Primera Enmienda Constitucional, y qué alegría tan grande sería si la primera enmienda no sea acerca de cuantos años más debe gobernar el 'mondatario' de turno, sino que sea una enmienda que reconozca el derecho del pueblo a defenderse del gobierno y el derecho del pueblo a servir como último rector del gobierno pudiendo remover a cualquier funcionario sin necesidad de juicio político ni nada, más que la simple voluntad de la mayoría requerida.

Como esta enmienda no afecta las disposiciones en el modo de elección, la composición, la duración de mandatos a las atribuciones de cualquiera de los poderes del Estado, o las disposiciones de los Capítulos I, II, III y IV del Título II, de la Parte I, no es necesaria una reforma, y por ende, no es necesario contar con una Constituyente que tenga que abrir la “caja de Pandora”.

Enmienda Primera: Del Plebiscito Soberano

El Plebiscito soberano reconoce el derecho del pueblo a protegerse del gobierno, servir de rector y determinar su destino político. A diferencia del referéndum (Art. 121), el plebiscito soberano es vinculante y debe ser considerado como mandato del pueblo absoluto.

A través del plebiscito soberano el pueblo podrá:

Vetar cualquier ley, decreto o sentencia; o tratados, convenios y acuerdos internacionales. En caso de que se vetase, ésta no podrá ser tratada nuevamente hasta pasado tres años, a no ser que la letra del plebiscito diga lo contrario y permita su tratamiento en menos tiempo.

Remover del cargo a cualquier funcionario público sin necesidad de presentar una razón o justificativo. Los cargos electos solo podrán ser removidos pasados un año de función.

Tener la opción de exigir que se llame a elecciones inmediatas en caso de que se remueva a un funcionario electo y no se quiera seguir la vía establecida.

Cualquier ciudadano que junte el número de 34 mil firmas podrá solicitar que se lleve a cabo un plebiscito soberano donde se apruebe o desapruebe la propuesta. No podrán instituirse más de dos propuestas por plebiscito. El número de votos requerido para la aprobación del plebiscito será mayor al 52 % de los participantes. En el caso de que se tratare de remover a un presidente, se deberá contar con más del 61 % de aprobación.

Las 34 mil firmas solicitantes serán consideradas declaraciones juradas y por tanto deben estar sujetas a las leyes contra el perjurio. Las firmas deberán ser expuestas en un registro público por 15 días, de modo a que se otorgue tiempo para su verificación pública.

De contarse con menos del 30 % de votos favorables, los proponentes deberán costear los gastos del plebiscito.

Una vez presentada la solicitad y confirmada después de 15 días, no se podrá anular, postergar o detener el plebiscito.

El plebiscito soberano es absoluto, no podrá ser vetado.

Justificación y razonamiento

El plebiscito soberano es derecho del pueblo y no un privilegio o una gracia. Con esto se evitarían los salvadores mesiánicos ya que el pueblo tendría la última palabra para defenderse y asegurarse que las instituciones funcionen como se espera que funcionen.

El plebiscito soberano no está previsto para modificar leyes. De hecho, una vez llevado el plebiscito a los votos, éste no podrá ser discutido, sino simplemente se podrá aprobar o desaprobar.

El plebiscito soberano soloes una amenaza para los malos gobernantes. Conseguir 34 mil firmas no es cosa fácil, y lograr una mayoría de votos tampoco, por lo cual, el abuso por parte del pueblo no será tanto problema, pero los gobernantes se cuidarán más, no solo de no actuar de mala manera, sino también de no respaldar a proyectos o personas que actúen contra los intereses del pueblo.

El Juicio Político no ha resultado muy favorable en nuestra historia institucional. Tampoco la perdida de investidura parlamentaria o del desafuero parlamentario. La autoridad última debe ser la autoridad del pueblo. ¿Podrá haber excesos? Imagino que sí, pero de última es preferible que el pueblo soberano ejerza ese exceso a que los funcionarios públicos abusen de sus prerrogativas.

No se necesitarán razones para proponer o aprobar. Se sabe ya que la justicia no funciona y de tener que darse oportunidades para negociaciones se desvirtualizarán las cosas. El mínimo de 30 % de aprobación garantizará que no se abusen de los plebiscitos y que se lleven a cabo solo cuando sean necesarios.

Las propuestas del plebiscito no podrán ser debatidas ni enmendadas en las urnas, lo cual garantizará también que sus proponentes se cuiden de proponer cosas sensatas. Si proponen cosas absurdas o extremas corren el alto riesgo de no cumplir con el requisito mínimo del 30 % y tengan que pagar.

Para remover a un presidente es bueno que se necesiten más del 61 % de los votos. En Paraguay los partidos tradicionales tienen más de un 35 % de votos. Raúl Cubas llegó a la presidencia pasando el 50 % de los votos. El problema es cuando un presidente llega con un 40 % y la oposición que no pudo ganar, se junta solo para derrocarlo; por eso, la cifra para el plebiscito soberano en este caso debe ser mucho más alta, de modo a asegurar que no se trate simplemente de una jugada política.

Un año de espera para remover cargos electos es también para proveer cierta oportunidad a quienes llegaron al poder gracias a elecciones. A veces las circunstancias juegan papeles indeseados y es bueno que los candidatos electos tengan cierta oportunidad, al menos para reafirmar su postura. Quizás incluso se pueda elevar el porcentaje, digamos que, dentro del año en el cargo, se necesiten 70 % a favor para remover a alguien. Siempre se debe estar a favor de proveer oportunidades en lugar de limitarlas.

Hay que recordar siempre que existen otros mecanismos. El Juicio Político y la vía judicial deberían ser los primeros canales. De hecho, los políticos y jueces se cuidarían mucho más sabiendo que el pueblo los puede juzgar en cualquier momento. Los mismos parlamentarios evitarían pactos contra el pueblo para defender a corruptos ya que el pueblo soberano los podría juzgar irrevocablemente.

El plebiscito soberano es una figura constitucional de emergencia. Si bien, el pueblo lo puede usar cuando quiera y las veces que quiera, la idea es que sea usado cuando se hayan agotado todas las otras instancias, pero tampoco debe limitarse a que sea usado como último recurso. Al menos en Paraguay, el pueblo sigue siendo conservador y mesurado. La gente va a preferir ver que se hayan intentado otras vías, pero esto no debe ser un obstáculo.

Cualquiera que proponga el plebiscito soberano debe considerar una petición razonable. Si lo que pide está fuera de la razón colectiva, corre el riesgo de que su moción no prospere e incluso deba correr con los gastos, en el caso de no llegar a un 30 % de votos favorables.

Para garantizar que los proponentes sean solventes, se podría pedir un deposito financiero de garantía. Inmediatamente, una vez que el plebiscito sobrepase los 30 % a favor de la moción, dicho depósito debe ser liberado. Los partidos políticos también pueden servir de garantes. Lo importante es, nuevamente, establecer garantías y no cuartar las oportunidades.

El plebiscito no tiene por qué ser costoso. Los antiguos griegos escribían sus respuestas en trozos de cántaros rotos y en ostras (de ahí el ostracismo). El plebiscito tampoco tiene que ser necesariamente a través del voto secreto; esa debe ser opción del proponente que puede solicitar un plebiscito nominal y declarativo. El riego del fracaso de la moción debe estar en el proponente.

El pueblo necesita de garantías y de mecanismos para defenderse del mal gobierno. Es verdad que pueden existir abusos, pero históricamente todos los pueblos en los que imperaba alguna forma de plebiscito soberano han prosperado cívica, cultural y económicamente.

Historia

En la Grecia de Pericles ya utilizaban una asamblea regular que se reunía en el Pnyx. Dicha asamblea constituía la máxima autoridad de la Polis o Ciudad-Estado. La Democracia ateniense fue la que trajo consigo al 'siglo de oro' de la cultura griega. Sirvió de modo a empoderar a la clase media y la clase baja, y gracias a eso florecieron las artes y el comercio. Contrario a lo que generalmente se dice, la democracia ateniense no fue efímera, sino que duró por muchos años.

En la Grecia democrática ni siquiera existían jueces. Los jurados eran a la vez jueces y eran elegidos por sorteo, de modo a evitar los sobornos. Tampoco había abogados. Al final, ambos litigantes nombraban la pena y el jurado debía votar por una de ellas. Eso evitaba que se lleven a cabo excesos, o sea, que ninguna de las partes pida algo extravagante ya que eso aseguraría la elección de la otra opción.

En Roma se dieron circunstancias semejantes. Contrario a lo que muchos creen, hasta los reyeseran electos en Roma (aunque no todos).

A inicios de la República romana los senadores (también electos) eran quienes gobernaban. Bien temprano (-451) se derogó una serie de leyes inscriptas en diez tablas; al año siguiente, los plebeyos o comunes, exigieron que se incluyan dos tablas más, y de ahí nace la Ley de las XII Tablas.

Los romanos tenían una serie de elecciones populares, pero de entre todas, las elecciones de la Asamblea de plebeyos eran las más democráticas. En ella solo podían votar los plebeyos y no se permitían patricios. La Asamblea era presidida y convocada por el tribuno de la plebe, y en dichas asambleas se elegían a los ediles plebeyos y a los tribunos de la plebe, al igual que también se aprobaban o no las leyes. Todo esto por simple mayoría.

Las leyes que pasaban a la Asamblea de plebeyos no admitían enmiendas ni debates; era simplemente una cuestión de aprobarlas o rechazarlas. La votación consistía en dos opciones: utirogas(como lo pides), o anti quodrogas (contra lo que pides). Desde el momento en que las aprobaban, se convertían en leyes.

El término plebiscito viene de dos palabras latinas: plebe (masa o mayoría) y scitum (decidido o decretado); de ahí el termino sciscere, que es decidir algo tras una discusión.

Hubo también una evolución en cuanto al poder que iban adquiriendo los comunes. Al principio, un poco después de la Ley de las XII Tablas, en el año 449 a.C. el Senado promulgó la Ley Valeria Horatia, por la cual se establecía que las leyes (que surgían de la Plebe) debían ser ratificadas por el Senado para que tengan fuerza de ley. Más adelante, en el 339 a. C. promulgan la Ley PubliaPhilonis que autorizaba la autoritaspatrum preventiva.

Fue recién en el 287 a. C. donde aparece la Ley Hortensia que establece que el Plebiscito es ley para todos, ya no necesitaba ser ratificada por el Senado y todos debían acatarla como ley. De modo que el plebiscito imperó en Roma por 925 años, y así gobernaron el Senado y el pueblo de Roma (SPQR).

Según nos dice Gaius, en las Instituciones, el plebiscito es la ley romana en su máxima jerarquía, “es lo que el pueblo manda y establece” (Plebiscitumest, quodplebsiubetatqueconstituit). A las leyes emanadas del plebiscito seguían los decretos del Senado, la constitución de los emperadores, los edictos legales y por último la opinión de los juristas o jurisprudencia (Constantautemiura populi Romani ex legibus, plebiscitis, senatus consultis, constitutionibusprincipum, edictiseorum, qui ius edicendihabent, responsisprudentium).

Iniciar el diálogo

Sé ya de antemano que muchos se opondrán a que se establezca un 'plebiscito soberano'.Otros se opondrán a que se haga una enmienda a la Constitución.

El caso de Chile levantó sin duda un estado de alarma en gran parte de la población paraguaya; pero justamente, si no queremos que algo similar ocurra en nuestro país, tenemos que tomar medidas necesarias para rectificar esta fallida pseudodemocracia.

En Paraguay no podemos seguir pidiendo al pueblo que vaya a escrachar, a manifestarse, a cortar rutas, a quemar el Congreso, etc. Tiene que existir una vía mucho más civilizada y justa para que el pueblo se defienda de la tiranía de sus gobernantes.

Hay que recordar que las corrientes políticas extremas prosperan en condiciones extremas, y donde ya no funcionan las instituciones. No existe fascismo ni comunismo en una sociedad que vive con cierta estabilidad social y económica, y donde funcionan las instituciones.

El plebiscito soberano es la última forma de poner orden y de establecer una protección al pueblo. El plebiscito soberano no puede proponer leyes como en una democracia, pero al menos tiene la garantía de defenderse de las malas leyes que afecten a sus intereses.

Habrá también muchos que darán “peros” legales. Me gustaría simplemente justificar diciendo que en un país donde se ha pisoteado tanto la Constitución, por qué no hacerlo al menos una vez a favor del pueblo. Pero no hace falta recurrir a eso, ya que el pueblo es soberano (o como rezaban los comuneros en Paraguay: vox populi, vox Dei; la voz del pueblo es la voz de Dios).

Aunque soy defensor de un sistema de leyes, también soy consciente de que a las leyes las crean los más poderosos y muchas veces solo a favor de ellos. Eso de que nadie debe estar por encima de la ley y de que la ley primero se cumple y luego se cuestiona es muchas veces usado solo para justificar los mayores abusos. No hay que olvidar que no hace mucho tiempo atrás la esclavitud era legal.

Considero que es fundamental que exista un sistema de ideas y principios inalterables que protejan a todos los seres vivos y al medio ambiente, no solo a las mayorías. Nuestra Constitución justamente resultó ser un embrollo lógico que funciona más como un código que como una constitución de principios. Establecer principios fundamentales e innegociables me parece necesario, pero imponer códigos intocables a generaciones futuras, no.

El poder debe estar en el pueblo, al menos para poder defenderse. El plebiscito soberano es un derecho del pueblo, no un privilegio ni una gracia. No es que la Constitución tenga que otorgar ese derecho al pueblo, solo debe reconocer ese derecho del pueblo. Nosotros, los mandantes, lo exigimos.

Los lobos solo gobiernan a pueblos que juegan a ser ovejas. El pueblo debe tener mecanismos civilizados para defenderse activamente. Hasta el agua en quietud produce veneno, y en aguas podridas es donde proliferas los parásitos y las larvas. No podemos seguir teniendo un sistema tan fértil para el tipo de políticos que tenemos.

Alguien ya dijo que esto no se puede hacer, y quizás esté en lo cierto, pero somos un pueblo que no desiste sin primero intentarlo. Ya en el pasado dijeron lo mismo, y hubo pueblos que sí lo hicieron, y prosperaron.

Muchos dirán que no se puede;habrá muchos que profetizarán el fracaso, muchos señalarán punto por punto el porqué el pueblo debe estar sometido. Pero el pueblo sípuede; solo necesitamos reconocer el amor hacia nuestra República y hacerlo; solo necesitamos reconocer el valor de nuestro pueblo heroico y hacerlo; solo hace falta hacerlo.

Los cambios se hacen, inteligentemente o a la fuerza. Ojalá nos movamos inteligentemente.

El mundo que no existe es un mundo que puede ser creado. Amén.