Instalado desde hace muchos años en Washington DC, donde dirige el Programa de Estudios Hemisféricos y Latinoamericanos de la Eliott School of International Affairs, en la George Washington University, el profesor Diego Abente Brun estuvo en un lugar privilegiado para observar los acontecimientos que la semana pasada sacudieron Estados Unidos y sorprendieron al mundo: la toma del Capitolio.
Abente Brun fue senador, embajador y ministro de Justicia y Trabajo, representante residente de la OEA en Ecuador, consultor del BID, del Banco Mundial y del Instituto de Estudios Sociales de la Universidad de Essex, así como autor y/o editor de más de treinta y cinco libros y artículos en revistas académicas de Chile, Estados Unidos, Paraguay y el Reino Unido. Consultado por El Nacional con respecto a la actual situación política en Estados Unidos, estas fueron sus respuestas.
¿Hasta qué punto los hechos registrados en el Capitolio pueden marcar un punto de inflexión en el ejercicio político democrático?
El asalto y toma del Capitolio demuestra que las democracias pueden morir. La destrucción de la democracia desde adentro de la misma democracia siempre fue una posibilidad -y una realidad en ciertos casos-, pero pocas veces ha quedado tan en evidencia como ahora y nada menos que en Estados Unidos. Esto sucede cuando actores políticos centrales comienzan a socavar las instituciones, se resisten a aceptar su funcionamiento independiente y cuestionan su legitimidad. Por ejemplo, negarse a reconocer los resultados electorales que fueron confirmados por las autoridades electorales de los estados y las cortes, incluso la Corte Suprema. Se plantearon más de 50 acciones judiciales y todas fueron rechazadas, muchas de ellas por jueces republicanos conservadores. No se presentó una sola prueba fehaciente y el propio fiscal general que investigó las denuncias, un hombre de la más absoluta confianza de Trump, reconoció que los mismos eran incuestionables. Sin embargo, el presidente se negó a aceptar los resultados, insistiendo en que eran fraudulentos, que él había ganado arrolladoramente, e incitó a sus seguidores a lo que ha sido considerado como una virtual insurrección. Esto nunca había sucedido con anterioridad y representa un fuerte golpe a la democracia.
¿Cómo ve el escenario estadounidense en los próximos cuatro años?
Complejo. En primer lugar, hay que señalar que la democracia norteamericana ha demostrado su resiliencia y las instituciones resistieron este fuerte embate autoritario. Pero restan grandes desafíos por enfrentar. Entre ellos, será necesario reconstruir el sentido de que Estados Unidos es un país, uno. Eso implica superar la patología de la virulenta división maniquea que fracturó al país de una manera casi existencial. Los extremistas de derecha radicalizada y los grupos supremacistas, racistas, fundamentalistas religiosos y negacionistas se autodefinen como la única y auténtica personificación del país y por tanto consideran al resto de la población como antinorteamericana. Es decir que mucho más de la mitad de los norteamericanos serían antinorteamericanos. Es una concepción y un lenguaje de guerra civil. La competencia política ya no trata de resolver diferencias de preferencias políticas o de políticas públicas, sino de realidades existenciales y mutuamente excluyentes.
¿De qué manera cree que el cambio de administración va a afectar la política de Estados Unidos con respecto a América Latina?
La expectativa fundada es que la política hacia América Latina cambie. Mencionaría cuatro áreas. En primer lugar, se espera la adopción de un nuevo tono y enfoque que pase del estilo confrontacional e imperativo a otro de cooperación y diálogo. Sin condicionalidades estridentes y enfatizando los incentivos positivos. Segundo, la expectativa es que se pondrá un mayor énfasis en la cooperación en áreas de interés común descuidadas, como la defensa del medioambiente, el fortalecimiento de la democracia y la vigencia de los derechos humanos, así como la cooperación sanitaria contra la pandemia y otros desafíos a la salud pública. En tercer lugar, se espera un cambio en la política migratoria, lo que afectará muy significativamente a México y los países del Triángulo Norte. Ello implicaría también una cooperación económica significativa sin condicionalidades difíciles de aceptar. Finalmente, en el caso de Venezuela se anticipa una política orientada a la búsqueda de una salida negociada.