Lo que era una fiesta cívica se convirtió en un infierno en pocos segundos tras el estallido que desembocó en el enfrentamiento entre la Polícia Nacional e infiltrados que mancharon el reclamo legítimo de una población cansada de la corrupción, falta de garantías, sin acceso a la salud pública, desempleada y con los bolsillos vacíos por la crisis económica.
La batalla se concentró en inmediaciaciones de la Comandancia de la Polícia (Presidente Franco y Nuestra Señora de la Asunción) en un radio de 600 metros. La cantidad de manifestantes e infiltrados superó a los efectivos policiales.
Los comercios, especialmente los locales gastronómicos, que esperaban facturar con la gran presencia de personas, tuvieron que cerrar sus puertas y ventanas a las apuradas de modo a evitar daños.
Los que no se salvaron fueron las fachadas de instituciones públicas, en especial el ministerio de Hacienda, cuyo edificio acusó la peor parte e incluso registró un principio de incendio.
La fachada de la Subsecretaria de Estado de Economía no se salvó de la lluvia de piedras. Las calles quedaron llenas de piedras que fueron utilizadas por los manifestantes; mientras que muchos vehículos que tuvieron que ser abandonados por sus dueños fueron destruidos y carneados.